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CULTURA ■ ENTREVISTA

«En la Vasco viví momentos terribles como médico»

Luis Fernández publica a los 88 años su cuarta novela, algo también autobiográfica .

 

Luis Fernández Arias Argüello, ayer, en su domicilio. RAMIRO -

23/08/2017

manuel c. cachafeiro | león

Luis Fernández Arias Argüello vive retirado en Antimio de Arriba. Atrás quedan muchos años como médico en la Hullera Vasco Leonesa. Ahora, a sus 88 años, acaba de publicar su cuarta novela, ‘Crónica ilustrada de un emigrante’, donde se funden recuerdos de toda una vida, también de sus tiempos en la cuenca minera de Santa Lucía.

«Crónica ilustrada de un emigrante —explica— está inspirada, en cierto modo, en un indiano, conocido mío, que regresó a España con un capitalito al poco del fallecimiento de su esposa, del corralito y del hundimiento de la economía en la Argentina. Venía con la idea y la esperanza de que la concordia entre los españoles, la reconciliación, el perdón y el olvido, conseguido con la modélica transición, el fin de la dictadura y el advenimiento de la soñada democracia, hubieran trascendido a las siguientes generaciones».

—¿Son recuerdos personales?

—En cierto modo, así es... Lo que se aprende de niño, las vivencias, los recuerdos y experiencias perduran para siempre. Y, sobre todo, cuando uno ya es viejo, resurgen con sorprendente lucidez. Los niños de mi generación vivimos épocas sangrientas, terribles, inimaginables en la época actual o en otros lugares de la Guerra Civil. Eximidos del cuidado y de la disciplina de padres y maestros, los juegos de los guajes consistían en hacer la guerra por nuestra cuenta, con la pólvora, las bombas y las balas que abandonaban los soldados de la república, los milicianos en su huida a sus lugares de origen, al tomar Asturias las tropas franquistas en octubre de 1937. Alguno de estos episodios dramáticos, los describo en la novela.

—¿También es autobiográfica?

—En toda obra literaria, aunque no sea biográfica, inevitablemente el autor arrima de pasada experiencias y recuerdos propios. Esta novela es en realidad una crónica, salpicada de anécdotas personales, de relatos verídicos y de sucesos históricos, que abonan y esclarecen la autenticidad de los hechos narrados.

—¿Y el argumento?

—El argumento estriba en el empeño de un emigrante en restituir el buen nombre de su padre, una persona cumplidora y responsable, cuando se entera a su regreso a España, después de diez lustros de ausencia y dudas filosóficas, de que su muerte no fue debida a una negligencia en el trabajo, como se aceptó oficialmente, sino a motivos más oscuros y relacionados con asesinatos que también se empeña en aclarar, descubriendo a los culpables, y los misterios, ambiciones y desvaríos que encierran esos actos abominables.

—En los últimos años ha escrito varios libros. No se puede decir, en su caso, que la vejez sea sinónimo de menos intensidad en el trabajo.

—En mi época, la dedicación de un médico rural a la atención de los enfermos requería, prácticamente, además de las consultas y visitas, estar disponible las veinticuatro horas del día, incluyendo domingos y festivos. Escribir una obra de cierta relevancia exige mucha entrega y concentración. Cualquier interrupción, o el tener la cabeza en otras preocupaciones, precisa después un esfuerzo mental extraordinario para retomar el hilo del asunto y proseguir con el razonamiento. Y si el corte es habitual, mejor no empezar la labor. O, por fuerza de la afición, escribir cuentos o relatos cortos, que es lo que más practicaba entonces. Con la jubilación, como le dije, me atreví, modestamente, a enfrentarme con obras de más envergadura, con tiempo y tranquilidad.

—¿Qué recuerda de aquellos tiempos como médico en la Vasco y en la zona de Gordón?

—En los primeros años, nieve, frío, hambre, miedo y calamidades. Había agua corriente en contadas casas y las colas en las dos fuentes del pueblo eran interminables.

—¿Ha cambiado mucho la medicina?

— Se ha deshumanizado. Se ha perdido el contacto entrañable entre el enfermo y el médico. Se carece de tiempo para reconocer y conocer al ser humano y sus circunstancias personales y familiares, conocimientos fundamentales para establecer un diagnóstico correcto y un tratamiento efectivo, pero poco agresivo y con sentido común. Marañón señalaba tres grandes rémoras en la medicina de su tiempo: El dogmatismo, el cientificismo y el profesionalismo, que, en resumen, son pedantería verbal, afán de protagonismo y lucro. Pues a esto hay que añadir ahora la lacra de la protocolización, que a la larga hará inviable, económicamente, la Seguridad Social. Por temor a los tribunales, el médico tiende a cubrirse las espaldas con analíticas exhaustivas, radiografías, escáneres innecesarios, ecos, tomos y toda la parafernalia a su alcance, demandada imperativamente y cada vez más por algunos pacientes para procesos superfluos. Pero, ¿quién se atreve a negarse? La naturaleza es imprevisible. Un simple sabañón puede devenir en una trombosis cerebral y muerte. ¿Y quién la predice?

—¿Podría ser también un argumento un médico de aquellos de entonces como usted?

—De hecho, en esta hay algún capítulo expresamente dedicado a los accidentes mineros mortales, que eran muy frecuentes entonces, a la escasez de medios y al aislamiento climatológico, que obligaba a las más arriesgadas determinaciones. En trasladar a un herido en aceptables condiciones a la capital en invierno era empresa poco menos que imposible.

—Tuvo que vivir momentos muy duros.

—Terribles. Los describo en la novela.

—¿Su próximo libro?

—Acopio información sobre acontecimientos históricos en el Gijón del Conde de Noreña, Alfonso Enríquez, bastardo del primer Trastámara, para plasmarlos en otra novela.

Ya se verá...

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