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Diario de León | Martes, 22 de mayo de 2012

MARCELO FIGUERAS. NOVELISTA

«Es una novela decidida y tenazmente insensata»

A finales del año 2000 Marcelo Figueras visitó Israel para cubrir la segunda Intifada para la revista española Planeta Humano. De esa experiencia límite surgieron las historias que cuenta en Aquarium (Ed. Alfaguara): cuando ya no quedan esperanzas, en medio del sinsentido, más allá de la alienación del lenguaje, contra toda lógica, contra el desamparo, contra la muerte y el odio, un hombre y una mujer, Ulises e Irit, reinventarán el amor.

E. A. / A. G. 22/01/2012

­­­—Una cita de Ne me quitte pas, canción de Jacques Brel, abre su libro Aquarium. Dice así: «Yo te inventaré / palabras insensatas / que comprenderás». ¿Es esta una obra insensata? En ese caso, ¿es más o menos insensata que usted mismo?

—En el mundo que nos ha tocado en suerte, nadie que crea que la tolerancia puede desactivar un odio anciano (y ya estamos: nadie, tampoco, que decida consagrar su vida a la literatura) se hará acreedor del adjetivo sensato. Y sin embargo este mismo mundo vive deparándonos sorpresas. Causas consideradas perdidas cobran vigor y tuercen lo que parecía un destino inevitable. Artistas maravillosos y nada complacientes se hacen oír entre el ruido. Alguna gente opta por el camino de la indignación, y con toda la razón del mundo. Habiendo crecido entre dictaduras y crisis económicas, yo estoy harto de que me digan no se puede. En consecuencia vivo, y escribo, para probar lo contrario. En este sentido, Aquarium es una novela decidida y tenazmente insensata.

—La idea del libro parte, sin embargo, del encargo que le hizo una revista para escribir un reportaje sobre la segunda Intifada, una tarea que exige mucha sensatez. ¿Cómo recorrió el camino de una experiencia tan real, como vivir el conflicto israelopalestino a pie de calle, a escribir una fábula que se nutre de ella?

—La tarea del cronista de guerra es aún más insensata que la del escritor, y sin embargo tiene una razón de ser poderosísima: hay que encontrar maneras siempre nuevas de contar el viejo horror de la violencia para que no se nos vuelva habitual, para que no se nos naturalice, para que no lo aceptemos como lo inevitable.

Está claro que podría haber extendido mi reportaje original y permanecido debajo del alero de la no ficción. Pero la novela me permitía lo que la crónica me vedaba, que era plantearme la posibilidad de lo imposible (¿Es posible el amor entre dos personas que no comparten un idioma común? ¿Es posible que la vida no termine cuando dicen que termina?). Y como yo vivo reclamando intensidad a los escritores, hubiese supuesto traición de mi parte darle la espalda a lo vivido. Después de haber escapado de palos y bales, de haber sido gaseado y de haber visto la sangre de un médico pintando el umbral de su casa, no encontré modo más personal de reflejar la experiencia que concibiendo una historia (¡Los escritores somos así!). Mi esperanza es que no haya perdido nada de su poder original.

—Además de las referencias a Israel, donde estuvo haciendo aquel reportaje, en el texto aparecen frecuentemente alusiones a la idiosincrasia argentina y a su historia. Un argentino que es psicólogo, un cura de origen español, un alzamiento militar… ¿En este libro –sobre la aventura de un argentino en Israel- cuánto hay de exploración de su propio país?

—Muchísimo. Si Ulises e Irit pueden amarse a pesar de no hablar el mismo idioma, es porque (más allá de las diferencias puntuales) han compartido experiencias similares. Ambos crecieron en sociedades marcas por la violencia, la intolerancia, la persecución del disenso. Y ambos están hartos de los muros que los poderes establecidos levantan entre las gentes de buena voluntad, apostando a que el miedo los mantenga aislados y desunidos.

Aquarium fue escrita en un momento en que la Argentina se aproximaba a una nueva cornisa, como si la tremenda experiencia de la dictadura no hubiese servido para nada. No podía menos que preguntarme si, como todo el mundo parecía sugerir, repetir errores era inescapable, un destino, el karma de una especie buena para nada que no sea la destrucción. Aquarium me ayudó a sobrellevar aquellas noches de incertidumbre, a no bajar los brazos, a no darle la razón a los agoreros. Poco después mi país escapó de la amenaza del abismo (La condena de días atrás a Astiz, el Tigre Acosta y otros verdugos es otro de los signos de su buena voluntad).

—El protagonista se llama Ulises Jorge Rosso y la historia trata de un viaje a un lugar muy lejano –de Buenos Aires a Tel Aviv, pasando por el aeropuerto de Barajas-, un viaje dificultoso de búsqueda de algo perdido –sus dos hijos- en la compleja sociedad contemporánea. Ha convertido a un psicólogo argentino en protagonista del mito de la Odisea griega…

—Como dice un amigo mío: después de Homero y de Joyce, cualquiera que le ponga Ulises a su protagonista tiene que estar un poco loco. Y la verdad es que no puedo discutirle mucho. Pero tenía la esperanza de que el nombrecito fuese un karma no tanto para el escritor como para el protagonista, que es consciente de su peso inescapable. A Ulises se le hace evidente lo que todos deberíamos tener claro, nos llamemos como nos llamemos: que la llegada al sitio intensamente deseado sólo ocurrirá en tanto salgamos al mundo y corramos el riesgo de extraviarnos. Nadie encuentra por azar, aunque el hallazgo parezca fortuito; sólo encontramos aquello que, lo sepamos o no, hemos estado buscando.

—El espacio y el tiempo de la narración son actuales, pero usted enraíza la esencia del relato en un concepto tan antiguo como el del daimon griego, «el espíritu guía». ¿Por qué le interesa tanto esa idea?

—Me interesaba la idea del daimon porque expresaba lo reprimido. Los antiguos creían que todos contábamos con la asistencia de una suerte de espíritu benevolente, suerte de ángel pagano de la guarda, que nos iluminaba en los tramos esenciales de nuestras vidas. Pero el ascenso del cristianismo desató la persecución de aquella idea, porque sugería que el hombre podía dar por buena la inspiración de su daimon y por ende desconocer la autoridad de la Iglesia. ¡Si le habrán tenido miedo a la noción, que ordenaron destruir el rostro del daimon que formaba parte de tantas estatuas clásicas!

Para escritores como Byron y Yeats, conectarse con su propio daimon era sinónimo de abrirse al fuego interior, incontaminado por las convenciones sociales y religiosas.

La cuestión de lo reprimido sigue pareciéndome importante, porque aunque la especie humana simula no negarse ya a nada, sigue presa de una variante del pacto fáustico. Aceptamos reprimir una parte vital de nuestro ser (nuestro deseo de verdadera independencia, de no vernos sometidos a las formas modernas, y por ende más perversas, de la esclavitud), con tal de que los poderes establecidos repriman a aquellos que se nos presentan como amenaza a nuestro bienestar: inmigrantes, devotos de religiones que nos parecen incomprensibles, gente de sexualidad que no se conforma con lo convencional… Pocos parecen advertir que los que juran que estamos rodeados de monstruos son precisamente aquellos que más se benefician con el pacto; y por eso se apresuran a firmar sobre la línea de puntos, convencidos de que así obtendrán una seguridad que no existe porque no es propia de este mundo.

También se sugiere que está bien reprimir ciertas pulsiones propias porque sin duda son oscuras. Pero lo que se busca, más bien, es que reprimamos nuestra capacidad de alentar esperanzas y trabajar en pos de la alegría. Ese es el daimon personal a quien apelé, en todo caso, durante la escritura de Aquarium.

—En el libro, el narrador omnisciente dice: «Yo soy el escritor. O si prefieren, el daimon de Ulises». ¿Y Ulises, el protagonista, tiene algo que ver con usted?

—Todos mis personajes tienen que ver conmigo. Hasta los más reprochables. Lo cual, en el caso particular de Aquarium, incluye por supuesto al narval del acuario de Tel Aviv, ese mamífero marino con cuerno de unicornio que a simple vista nos revela que lo imposible no lo es, ni lo será nunca.

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