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TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO | escritor

«Este es mi homenaje a los indefensos»

Aleación de memoria y literatura, hasta tal punto fusionadas que resulta imposible saber dónde empieza una y dónde termina la otra, ‘Años de mayor cuantía’, el nuevo libro del autor zamorano-leonés Tomás Sánchez Santiago, supone una ampliación o ensanche de su alabada ‘Calle Feria’ , que recibió el premio de novela Ciudad de salamanca en 2006. «Uno sólo puede recordarse de modo fragmentado, quizá como un espejo hecho añicos», dice «Vivir me lleva a escribir, a la responsabilidad de atender todo aquello que el ruido del mundo desdeña» «Uno empieza guiando a su criatura pero de pronto notas que vas tras ella, que sigues una ruta inesperada»

 

jesús f. salvadores -

«Este es mi homenaje a los indefensos» -

e. gancedo
27/05/2018

Todas las personas tenemos un sistema de computación de nuestras vidas más allá de calendarios y relojes —escribe Sánchez Santiago—. A poco que se rasque en la intimidad de cualquiera, veremos que para sustituir el lenguaje de las fechas se suelen usar como referencias de anclaje datos vitales, rememoraciones, hechos particulares o públicos que nos afectaron o, al menos, quedaron por alguna razón misteriosa fijados en la memoria. Y en ocasiones, un rasguño inapreciable de la vida puede crecer por su cuenta hasta colonizarnos sin pedir permiso; pasado el tiempo es cuando aprendemos que lo imprevisible pesa a menudo más que lo que habíamos cargado con supuesta convicción duradera. A esos años de mayor cuantía me refiero». Y ese es el título del nuevo libro del veterano narrador, poeta y profesor, una potente alquimia literaria donde, ante todo, el lector descubre que la memoria es el principal ingrediente de la literatura y que todos nadamos, de un modo u otro y como en una suerte de líquido amniótico, en eso que algunos llaman ficción.

—¿De dónde surgen estos ‘Años de mayor cuantía’? ¿De la memoria o de la literatura? ¿De lo visto, lo celebrado, lo sufrido... o lo leído y más o menos asimilado; o es una mezcla de ambas cosas?

—Irremediablemente, es una mezcla de lo que pudo suceder así y de lo que, por su cuenta, la imaginación modela a su manera. En el fondo es lo que hacemos todos los seres humanos aún sin proponérnoslo: rememorar es también imaginar, fabular. Necesitamos levantar un relato seguro, una foto fija de lo que ha sido nuestra vida. Y así nos hacemos creer a nosotros mismos que las cosas sucedieron como nosotros las vamos activando en ese espacio inestable, lleno de aristas y ángulos, que llamamos memoria.

—¿Cuánto tiempo exactamente lleva elaborando el libro y qué formas ha ido adoptando durante todo este lapso?

—Todo libro responde a un proceso extraño, a una combinación de imposiciones y obediencias en la que la perpetración consciente del autor queda desmentida por otros asaltos imprevistos. Al menos conmigo siempre ocurre eso, tanto en la poesía como en un libro como este. De modo que uno empieza guiando a su criatura pero de pronto se da cuenta de que vas tras ella, siguiendo una ruta que no esperaba. Es lo que también ha sucedido con Años de mayor cuantía desde que comenzó a formarse hace unos doce o catorce años.

—Libros como este, ¿crecen con uno mismo, hasta tal punto que resulta difícil ‘parirlos’, desprenderse de ellos?

—No lo creo así. Uno sabe que el destino de un libro es ese, salir a la luz. Entregarlo a los demás para que completen, cada uno a su modo, lo que uno ha dejado así, con fisuras y fallas y callejones sin salida. Después, en la lectura numerosa, todo se aclara o se explica por razones insospechadas. Un lector me decía no hace mucho que era evidente que el espejo hecho añicos de uno de los relatos iniciales simbolizaba la memoria en la que uno solo puede verse así, descompuesto… No lo había pensado nunca pero puede ser válida esa interpretación; yo ya la asumo.

—Hay quien cree que la literatura es solo pasatiempo, distracción, acompañamiento... otros, en cambio, mantienen que lo leído se convierte en parte de nuestra vida, modela nuestra personalidad, nos enseña o traza caminos y acaba por ser indisoluble de lo que somos. Entiendo que usted forma parte de esa segunda facción...

—Sí. Aunque el entretenimiento es parte del ser humano, es una manera de disimular mientras nos dirigimos hacia el final… Pero puede suceder que sea ese entretenimiento lo que nos traiga la muerte. En Mondoñedo, la patria de Cunqueiro, hay un puente denominado así, Puente del Pasatiempo, y la leyenda responde a esa misma función de entretener para no evitar la muerte. Pero bueno, no nos pongamos trágicos. Yo solo acierto a decir que mi modo de estar en la escritura quisiera rebasar esa simple función de divertir, de entretener, tan propicia al show en que se ha convertido a la cultura. En todo caso, me gustaría estar más cerca del verbo ‘encantar’.

—¿Por qué ese afán por etiquetar y encuadrar, por meter en tarros las cosas? ¿Qué le sugiere ese silencio o ese escepticismo de muchos editores ante los textos que no ‘encajan’?

—Supongo que son razones de comodidad, de pereza. Los preceptistas (y también los inquisidores de la escritura: editores, críticos, etc.— tratan de sujetar eso tan resbaladizo, tan fluido y fuera de órbita que es la escritura. Y entonces aparecen marbetes, preceptos y juegos de límites que, con un buen concurso de altavoces mediáticos, quedan así por siempre. Mientras tanto, algunos escritores se afanan en desbarrar, en desordenar lo previsto utilizando el lenguaje con audacia y pasión. Y sin remilgos. Vallejo, Céline, Gamoneda… dan buena cuenta de ello.

—¿Qué impresiones le han transmitido los primeros lectores de ‘Años de mayor cuantía’?

—De todo. Un libro poliédrico, con ángulos y lados diferentes, no puede dejar contento del todo a casi nadie. Estaba destinado a eso. Pero uno lo escucha ya a media distancia. En realidad, el escritor ya está en otra parte cuando el libro revolotea en el aire del mundo.

—¿De qué se siente más orgulloso: de lo que ha leído, de lo que ha escrito o de lo que ha vivido?

—No tengo mucho sentido del orgullo, sea ello lo que sea. Vivir es un acontecimiento que me hace feliz. Y a la vez me lleva a escribir, a la responsabilidad de atender con la escritura todo aquello que el gran ruido del mundo desdeña. Bergamín decía que no era lo mismo ‘lo que pasa’ que ‘lo que sucede’. Y yo he procurado distinguir entre ambas alternativas, tanto escribiendo como leyendo. Y tal vez, viviendo. Solo puedo contestar así a esto.

—¿Tiene algo que ver el enloquecido mundo de la literatura actual con el que a usted le rodeaba cuando comenzaba a dar tus primeros pasos en él? ¿A qué autores no dejará nunca de ser fiel?

—Escribir me sigue pareciendo una actividad maravillosa, la única que puedo practicar con insistencia: vincularme en soledad al mundo mediante palabras, merodear entre ellas para hacer una especie de dibujo que interprete lo que hay, lo que yo veo. En ese sentido, nada ha dejado de ser como era cuando descubrí lo que era la poesía, la narrativa. Y algunos de aquellos nombres siguen encendidos en mi conciencia de lector: Stevenson, Poe, Cortázar, Claudio Rodríguez…

—Cuéntenos algo de la maravillosa fotografía que ilustra la portada...

—Es una historia agridulce. Vi la foto pero en malas condiciones. Y yo quería que fuera la que presidiera el libro, como una figura protectora: la de la señora Transi, la castañera, a la que acudíamos de niños una y otra vez como si ella nos convocase. Por fin, conocí a su hijo Antonio y le expliqué lo que quería. No me puso trabas y me cedió la fotografía original, que él conservaba. Así pudo llevarse al libro. Pero Antonio nunca pudo ver a su madre así, en la novela (ni leer el texto en que ambos aparecen) porque falleció inesperadamente días antes de la presentación. Lo que yo quería que fuese una fiesta se convirtió en un drama. Así es la vida, una vez más. Pero ahí queda aquella mujer pobre y trabajadora que nos encendió tantas tardes a los niños de entonces con su mercancía dichosa. Es mi homenaje a ella, a tantas personas como la señora Transi. A los indefensos.

   
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