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«Fue el general Bosch el que engañó a Lozano»

Víctor del Reguero avanza la investigación que dará un vuelco a la ‘verdad oficial’ de la Guerra en León. Filandó n «Hay que recuperar la memoria y la dignidad de quienes dieron su vida por lo que creían un mundo mejor» «Los protagonistas fueron los que estaban allí, matando o muriendo, huyendo o sobreviviendo» «Para contar los sucesos de 1934 en León estamos trabajando con expedientes que tienen 4.000 folios» «No se saben muchas cosas de Castaño porque su figura no se ha estudiado con la dimensión que merece» «Hubo guerra en la montaña, en particular en Villamanín, Pola de Gordón o Busdongo» miles de documentos, cartas, consejos de guerra, imágenes... un estudio definitivo revelará secretos de los protagonistas de la historia provincial desde la dictadura de primo a la de franco

 

El historiador Víctor del Reguero coordina la investigación sobre la guerra en León junto a Wenceslao Fernández Oblanca fygsd yfsuydg fuy gdsf ysd yufusyg df uysdfuy sdyu fsuy dfuy -

cristina fanjul
05/03/2017

Desde hace meses, Víctor del Reguero y Wenceslao Fernández Oblanca trabajan en un ambicioso proyecto de investigación sobre la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la guerra civil y la represión en León y su provincia, en el que se pretende arrojar luz y recuperar la figura de personas que hasta ahora han permanecido en el olvido. Este trabajo cuenta con la colaboración de otras personas que aportarán sus conocimientos sobre la insurrección anarquista de 1933, los movimientos culturales de la época o la represión en la comarca de El Bierzo. Wenceslao Álvarez Oblanca es autor de libros como La represión de postguerra en León: Depuración de la enseñanza, 1936-1943 y coautor de La Guerra Civil en León e Historia del anarquismo leonés. Víctor del Reguero ha escrito otros libros relacionados con este periodo histórico, como Laciana: República, Guerra, Represión o la recuperación biográfica del arquitecto y ex ministro republicano Amós Salvador Carreras. Entre otros trabajos en común, hace tres años editaron Da miedo el futuro, una edición comentada de los diarios del primer alcalde de León tras el golpe militar, Enrique González Luaces.

—¿En qué consiste el proyecto en el que están trabajando?

—Es una serie de libros que contarán qué pasó en León durante los veinticinco años que abarcan la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil y los primeros tiempos de la posguerra, con la represión o la guerrilla. Un periodo apasionante, en el que León cambió tanto como el resto del mundo. No se trata de un trabajo de historia sobre la guerra en León, porque lo fundamental ya se conoce. Es más bien la idea de ofrecer claves y nombres de qué pasó, por qué pasó, cómo paso y por quién pasó. Y ayudará hasta extremos inimaginables a contar con ese contenido previo, porque mostrará cómo eran la vida, la política o los intereses antes de, y cómo la guerra aniquiló y cambió todo. Una ciudad donde todos se conocían y convivían convertida, como el resto del país, en un escenario de violencia y antagonismos que desembocó en una guerra civil.

—¿Me puede adelantar algo?

—Estamos trabajando con documentos que hasta ahora nadie ha tocado, con prensa de la época y con la colaboración de familiares de los protagonistas, para armar con todas esas piezas un puzzle que permita aportar novedades y acercarse a aspectos inéditos. Este trabajo es muy gratificante, no solo por lo que tú mismo vas descubriendo sino porque te hace posible vivir cosas muy emotivas. Hace unos días contacté con la hija de un maestro muy importante de la montaña central, que era socialista y fue asesinado. Vive en Alicante. Nos envió una foto de su padre y nosotros ya teníamos una en la que estaba él, con otros colegas en las Misiones Pedagógicas, pero no le conocíamos y no sabíamos que era él. Y acabo de enviarle una copia para que ella también pueda tener una foto de su padre que no tenía.

—¿Se acude poco a las fuentes y a la investigación y se escribe de oídas?

—Generalizar no es justo, pero se acude poco a las fuentes porque se necesitan medios y tiempo. Y por tanto, más que de oídas se escribe de copy paste, con faenas de aliño que repiten siempre los mismos tópicos y los mismos errores. También contribuye a ello que los archivos públicos están, salvo alguna excepción, en una situación muy mejorable. La atención ha retrocedido mucho en estos últimos años porque se les han quitado muchos medios. No sé si hacer esto es mejor o peor que hacer otra cosa, pero es nuestra manera de trabajar. Por ejemplo, para contar los sucesos de 1934 en León estamos trabajando con expedientes que tienen 2.000 ó 4.000 folios, que hay que leer y analizar, lo cual lleva mucho tiempo. Y estamos trayendo materiales de Rusia o de México, que nunca se han utilizado.

—¿Hay mucha historia ficción alrededor de la Guerra Civil? ¿Y alrededor de la guerra en León?

—Como en todo, depende de quién lo vea y quién lo cuente. Es la vida: los hay que tienen sus prejuicios y los llevan al extremo, y los hay que conocen la realidad pero no la reconocen. Un grupo de generales fueron patrocinados y alentados a levantarse contra el gobierno para salvar a España de la horda marxista, frente a una República que los proletarios veían burguesa y los burgueses veían proletaria. Un bando tenía la legitimidad y otro no la tenía. Y a partir de ahí hubo muertos aquí y allá, pero unos planificaron la matanza de forma mucho más sistemática y mucho más prolongada en el tiempo. Esto, que son dos obviedades, todavía es objeto de debate. En León puede decirse que no hubo guerra como tal, pues la sublevación triunfó en la ciudad el 20 de julio, aunque sí la hubo en una parte de la provincia, concretamente la montaña, línea de frente hasta la caída de Asturias en octubre de 1937. En particular la zona de Villamanín, Pola de Gordón, Busdongo… Lo que sí hubo fue una guerra dentro de la guerra, una retaguardia desproporcionada que dejó miles de fusilados, paseados, desaparecidos, presos, huérfanos, viudas...

—Póngame algún ejemplo reseñable.

—Uno de los más significativos puede ser el del capitán Lozano. Se han escrito ríos de tinta sobre él, no pocas veces pura ficción o con elucubraciones sin fundamento. Y lo peor, maliciosamente, porque es el abuelo del presidente Zapatero. Se ha publicado que el 19 de julio regresó de San Pedro de Luna, pueblo hoy anegado por el embalse, estaba pasando unos días con su familia en casa de su hermana, y se había presentado a la autoridad militar, encomendándole el coronel Lafuente que hiciera funciones de enlace con las autoridades civiles. Obviamente lo engañó, pero no fue Lafuente, sino el general Bosch. Lo sabemos porque hemos conseguido una copia de la declaración que prestó el propio capitán Lozano donde explica con todo detalle todo: el 19 llegó a León en el coche de línea y fue directo a la Comandancia Militar, donde no encontró al general, al que vio poco después en el Gobierno Civil. Y allí le dijo eso para engañarle, porque los mandos militares de la ciudad ya estaban en la conspiración. Luego fue a casa a ponerse el uniforme y volvió al Gobierno Civil, pero como no había nadie, fue a cenar al Novelty y a dormir a casa. Y el día siguiente, al producirse el golpe militar, lo detuvieron en el Gobierno Civil. El dato de que fuera Lafuente o Bosch no tendría otra trascendencia más allá del detalle, si no fuese porque ya en 1934 Bosch había trabajado para apartar al capitán por ser socialista y le había encomendado un espionaje en el cuartel del Cid, temas de los que no se ha hablado nunca.

—¿Hasta qué punto hemos sido confundidos por ‘verdades ideológicas’?

—Los valores suelen ser más solventes que las verdades. Sobre todo, porque se basan en el respeto los demás y hacia uno mismo, el amor o la amistad, el compromiso o la lealtad. Los valores van en la conciencia. Por el contrario, las verdades son preconcebidas y tienen fecha de caducidad. Y más las verdades ideológicas, inventadas en base a determinadas condiciones para alimentar versiones interesadas con pretensión de fundamentalismo. Entonces, el socialismo temía que el fascismo que se extendía por Europa se hiciera con el poder en España, y el fascismo surgía como contrarrevolución al comunismo soviético, y ambas tendencias justificaron con eso actuaciones violentas que terminaron con la República. Era natural que entraran en colisión y frente a ellos solo estuvo lo que se llamó la tercera España. Lo llamativo es que en cierto modo hoy se sigue confundiendo o más bien contaminando cuando se justifica esa violencia o el golpe militar, o cuando se enaltece la dictadura. Todavía lo vemos estos días.

Imagen de la performance realizada por el artista Luis Melón que consistía en poner los nombres de los republicanos que estuvieron presos en San Marcos. Abajo, desfile militar de las tropas franquistas en la plaza de Botines

—¿Hubo buenos y malos?

—En el salvajismo ideológico o visceral de la época, hubo quien se disfrazó detrás de una ideología para solucionar rivalidades o fobias personales y quien murió aferrado a sus ideas. También hubo quien se vio atrapado por la tragedia. A poco que te acerques a la mayoría de historias personales no hay bandos, no hay buenos y malos de manera clara. Sobre todo, porque no está tan clara la línea que separa una cosa de otra. Ese maniqueísmo es irreal en la propia vida. Y puede servir de ejemplo una historia que he contado en el libro Las gafas del Belga respaldada con documentación. En 1938, Marcelo Jorissen ayudó a un minero y concejal socialista de Laciana, salvándolo de un seguro fusilamiento, mientras interactuaba frente a altos militares junto a algunos falangistas pidiendo que otro minero que estaba protegido en una bandera de Falange fuese sacado de allí y traído a San Marcos. Al primero lo salvó y lo llevó al destacamento de presos que MSP tenía en Orallo. Sobrevivió muchos años y siempre reconoció que era gracias a él. Al segundo lo fusilaron sin otra opción. Esa actuación tan poliédrica la hizo un hombre que, por lo que he leído de sus cartas y visto de su trayectoria, actuaba absolutamente al dictado de su conciencia. Siempre hay matices muy importantes, claves que se nos escapan y detalles que dan la nota humana de los conflictos trágicos.

—¿Qué sabemos y qué no sabemos de Miguel Castaño?

—Miguel Castaño es un símbolo porque era la autoridad democrática de la ciudad y fue fusilado. Pero Miguel Castaño es mucho más que eso. La pregunta que no se ha hecho es por qué es importante su figura: ¿por su larga trayectoria política que va de la mano de la periodística, por su coherencia personal y por los resultados de su gestión pública, o solo por haber sido fusilado? Era un hombre hecho a sí mismo, un hospiciano al que ciertos privilegios dan oportunidad de estudiar y que termina siendo periodista y, de ahí, director y dueño del periódico republicano. Hay artículos que escribe bien joven que dan muestra de su clara conciencia de clase. Está su papel como uno de los primeros concejales socialistas de León. Y su prestigio y su carisma, que le hacen alcalde. Todas las cosas que consiguió siendo alcalde y diputado, su proyecto de ciudad, las cartas que escribe a su familia antes de ser fusilado… un caballero, un personaje con una talla política indudable. En términos cuantitativos y cualitativos, es con creces el mejor alcalde que ha tenido León. No se saben muchas cosas porque su figura no se ha estudiado con la dimensión que merece.

—¿Cómo se vivió en León los primeros días del golpe?

—Posiblemente con miedo, zozobra y desconcierto. No era la primera conspiración ni el primer golpe militar contra la República y nadie sabía si iba a triunfar o no iba a hacerlo. De hecho, la ciudad estuvo dominada por los mineros asturianos que viajaban a Madrid engañados por Aranda y exigían armas al gobernador en León. Uno de los mejores testimonios es el que recoge Enrique González Luaces en sus diarios. Al tomar posesión como alcalde nombrado por la autoridad militar, cuenta que está completamente solo, no hay nadie más, no cuenta con nadie, y es consciente de que si la suerte cambia él será el primer fusilado.

—¿Cómo influyó el 34 en la solución que el 36 tuvo en León?

—Los hechos y la documentación demuestran que tuvo una influencia determinante. Haber sido procesado o condenado o haber participado en los sucesos de 1934 era un estigma que no pasaba desapercibido en los juicios sumarísimos de 1936, 1937 ó 1938. Sobre todo, en las cuencas mineras, pero también en la ciudad, donde en contra de lo que se puede pensar pasaron cosas aquellos días, aunque muy pocas para las que los que las organizaron soñaron que iban a pasar. Azaña dice en sus diarios que era quimérico pensar que iban a ganar aquella partida con una huelga por muchos motes de revolucionaria que le pusieran. Es una reflexión bastante apropiada sobre aquello.

—¿Cuántos libros de los que se han escrito en León en los últimos años tienen algo de veracidad?

—Supongo que en cualquier libro se aporta veracidad y en todos, por poco que sea, hay algo aprovechable. Aunque solo sean las fotos… Lo que ocurre es que en algunos lo que se cuenta ya se sabía, por lo que decíamos antes de que no se va a las fuentes originales y se recurre al copy paste. También es verdad que hay fuentes desconocidas, a veces perdidas, como el libro que escribió hace cuarenta años Santiago Blanco en Venezuela, un excepcional testimonio para conocer lo que se cocía en Asturias y León en aquellos años y, sobre todo, que hubo canallas y héroes en las dos partes.

—¿Hay que saldar cuentas con la historia?

—La historia es dinámica y se debe ir completando y enriqueciendo con nuevas investigaciones que lleven a conclusiones y corrijan errores. Más que saldar cuentas, también es lógico recuperar la memoria y la dignidad de quienes dieron su vida por la aspiración de lo que entendían un mundo mejor. Es importante que los descendientes que deseen recuperar los restos de sus antepasados y darles una sepultura digna, si saben dónde están o pueden estar, tengan la opción de hacerlo y ayuda y aliento del Estado para ello. Pero tampoco es saldar cuentas con la historia, es lo justo. Saldar cuentas con la historia podría ser pensar por qué se mantienen todavía determinados nombres en el callejero, en la más absoluta ilegalidad. O por qué no se reparan determinados agravios. Hace unos días, en Luanco se reconoció a Cristino García poniéndole su nombre a un parque. Es el símbolo español de la Resistencia en Francia, donde oficial y sentimentalmente es un héroe. En su tierra han tenido que pasar cuarenta años de democracia para que se le haya reconocido.

—Dime los protagonistas reales de aquellos días en la ciudad y en la provincia.

—Los protagonistas fueron los seres humanos que estaban allí, matando o muriendo, huyendo o sobreviviendo. Su memoria es fundamental. La iluminación de esas zonas ambiguas, el prisma de claroscuros de sus vidas, la fijación de los hechos que puedan conocerse y contarse. Sin etiquetas de blanco y negro, buenos y malos, sino entrando en las causas reales y humanas que marcan siempre todas las actuaciones y más en momentos como los que les tocó vivir. El factor humano que acompaña y tantas veces marca cualquier suceso histórico. Por decir algún nombre, ¿fue más protagonista Emilio Francés que Teresa Monge, María Sánchez Miñambres que David Martín Ticio o el falangista Luis Crespo que Roa de la Vega? El hijo de Antonio Rodríguez Calleja, médico de mi pueblo, socialista, que tuvo que huir con su familia para no terminar en una cuneta, me contó setenta años después en Chile, de donde no había vuelto nunca, la mirada de aquel niño que cuando el coche se alejaba veía desde el cristal hacerse cada vez más pequeña su bicicleta nueva, apoyada en la pared de un prado verde. Y lo definió en una frase: «era como un desenlace absurdo en un drama cierto». Aquel niño también fue protagonista.

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