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cultura ■ entrevista

La gran promesa del teatro leonés

■ El actor Iván Serrano triunfa con obras como ‘Depertar de primavera’ y ‘Noches blancas’
■ También hace televisión.

 

El actor de Veguellina de Órbigo Iván Serrano, en una calle de Madrid. RAQUEL P. VIECO -

16/02/2018

pacho rodríguez | madrid

Este niño no pisaba charcos. Pisaba escenarios. Escenario que veía, escenario que pisaba. Lo acariciaba. Sin saberlo. Si le dejaban. Y si no, lo intentaba. Por lo tanto, Iván Serrano (Veguellina de Órbigo, 1991) era un alumno chollo para su profesorado a la hora de armar la función infantil del colegio y un seguro para salvar el momento en el que la timidez hace dar un paso atrás.

Por su cuenta, Iván Serrano, en su casa de una familia normal leonesa, ajena a la farándula, él soñaba en clave de artista. Mira a sus recuerdos y se ríe: «Me veía hasta los programas más casposos que ponían en la tele». De ahí a la escuela del CHF de León y luego el momento crucial de su paso por la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático), en Madrid (donde es titulado licenciado desde hace cinco años), a estos días en los que sigue viviendo en la capital, lo que está claro es que Iván apuesta por una profesión de riesgo: ser actor. Con la titulación deberían dar un paracaídas. Parte de culpa la tienen gratas experiencias como recibir ya hace diez años un premio a mejor actor de manos de Carmelo Gómez con su grupo de teatro de entonces en el IES Río Órbigo.

Tampoco es que creyera que todo iba a ser fácil, pero el veneno del teatro ya estaba inoculado en sus deseos. Ha hecho cortos (ganó el premio Pávez a mejor actor protagonista por La belleza), hace anuncios, participa en películas, pero es en el teatro en donde desarrolla actualmente toda su verdad actoral. Aquella obra con su instituto se llamaba Aquí no paga nadie... Tomó nota. Pero ya es actor y sabe que es una profesión tanto de largo recorrido como de impulsos, tanto de golpes de suerte como de carrera de fondo. Y energía le sobra para las travesías del desierto que también forman parte del itinerario. Ha trabajado en cortos como Room for rent,  Amargo,  200 decisiones. En teatro, también, en El circo, La dama boba, Despertar de primavera (El musical), La boba discreta.

—Hablemos de experiencia actual. ¿Qué hace un leonés como usted en un oficio como el de actor en una ciudad como Madrid?

—Actualmente formo parte de una compañía de teatro que se llama Buria, que creamos para poner en pie obras diferentes. Con Despertar de primavera estuvimos en el Auditorio de León. Noches blancas, otro montaje, ha tenido muy buena acogida. Pero tenemos más. Y hacemos un teatro que abarca muchas posibilidades. Noches blancas nos ha dado muchas satisfacciones.

—¿Cuál es la satisfacción de un actor haciendo teatro de verdad, y no el de famosos o el de redes sociales diciéndose a sí mismos que son muy buenos?

—Pues la de siempre, supongo. Que al acabar te venga alguien a decir que habían sentido algo. Nos pasa con Despertar de primavera. Y está muy bien porque es una obra que remueve temas de verdad. Y no es fácil.

—Pero como el teatro tiene una mala salud de hierro, el teatro permanece, pero a veces mata a los actores, ¿en qué consiste su carrera?

—Ahora he hecho un trabajo en Centro Médico (La 1 de TVE). Hago anuncios. Me gustaría trabajar más en televisión, pero sin dejar el teatro. Me ha hecho mucha ilusión participar en Media hora (y un Epílogo), de Epigmenio Rodríguez. Y sí, me gustaría trabajar un poco más lo de la tele, que es un mundo al que es más difícil acceder si no te mueves con representante.

—Llegando desde el teatro, debería ser fácil... ¿No?

—Son energías diferentes las que tienes que poner en marcha. La tele es un plano. El teatro es hablar con las personas que tienes delante. Aunque haya miles de personas viéndote en televisión, el trabajo que haces es más íntimo. Lo apasionante del teatro es que no hay ningún filtro. En el teatro eres tú y el público.

—¿Cuál es el placer que se siente al ser actor?

—En cine, teatro o televisión, a lo que yo aspiro es a disfrutar. Quiero pasármelo bien con mi trabajo. En un escenario o detrás, pero nunca dejaré de ser actor.

—¿Y cuál es placer predecible que puede detectar sobre lo que sienten los que le ven?

—El hecho de actuar es el placer de comunicar. El placer de que actúes y te comuniques con los que te ven. Y ver que la gente siente lo que haces. Que le puede favorecer o ayudar. En realidad, ese es el mayor regalo. Lo que sienten los demás al verte.

—Pase lo que pase, ya ha hecho un recorrido de actor. Si mira atrás, seguro que había algún cómplice. Sus amigos o amigas que compartían con usted el teatro, ¿dónde están?

—Tenía una profesora que se llamaba Maruja, que fue gran parte de que yo quisiera dedicarme a esto. Y tenía compañeras imprescindibles, como María Martínez, Aída Fernández, Irene López o Lorena Guerra.

—¿Han sido listas o se dedican a la interpretación?

—¡Han sido listas! Por ejemplo, María es enfermera. Y Aída se dedica a cosas de turismo.

—¿Y usted se arrepiente de haberse dedicado a la cultura en un país como España?

—Con 5 años le decía a mi madre: yo quiero ser actor, cantante, actuar. Y en eso estoy.

   
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