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JOSÉ MARÍA MERINO. ESCRITOR

«Hay una ciberadicción cada vez más peligrosa»

 

El autor leonés publicará en diciembre ‘Aventuras e invenciones del profesor Souto’. JESÚS F. SALVADORES -

10/08/2017

e. gancedo | león

«Merino, ese cuento es mío...». Eso era lo que le recordaba el profesor Souto al escritor y académico José María Merino cuando se le aparecía de improviso para reclamarle la paternidad de una historia concreta. Nacido como un lingüista que «pierde el sentido de las palabras», de personaje ocasional o recurrente en la proteica narrativa breve de Merino ha pasado ahora a protagonizar todo un volumen, Aventuras e invenciones del profesor Souto, que Páginas de Espuma publicará en diciembre.

—Por fin, después de tantas apariciones más o menos imprevistas, el profesor Souto se ha aupado al título de uno de sus libros. ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Fue una exigencia suya a la que no se pudo negar?

—En efecto, fue una exigencia suya a través de nuestra común amiga la profesora Ángeles Encinar… El profesor Souto ha sido ya protagonista de muchos cuentos y textos míos, y le parecía que convenía que se reuniesen todos; se lo comunicó a la profesora Encinar, ella habló conmigo, y el asunto fue cuajando… hasta que se formó el libro Aventuras e invenciones del profesor Souto, que ella edita y prologa.

—¿De dónde y cómo nace el profesor Souto, ese personaje siempre en busca del otro lado de la realidad? ¿Es como el envés de José María Merino?

—Nació por casualidad. En 1987, El País publicó cuentos durante el verano, en unos cuadernillos que el periódico incluía. Me pidieron uno y se me ocurrió el de un lingüista que pierde el sentido de las palabras… Y le bauticé sin saber que existía un lingüista en la Universidad de Salamanca con tal nombre. Cuando lo supe, abochornado, decidí que al publicar el cuento en un libro le cambiaría el nombre, y le llamé Souto. Desde entonces, bastantes veces, al imaginar un cuento se me aparece Souto y me dice «Merino, ese cuento es mío»… Lo cierto que en él hay, en efecto, muchas cosas en las que me siento implicado: la profesora Encinar, en el prólogo, se pregunta si es un alter ego o un suplantador…Bueno, a mí me encanta el tema del doble, y creo que hay, por lo menos, «otro yo» dentro de cada uno de nosotros. Souto tiene bastante de mi otro yo.

—¿Qué es lo que más admira y lo que más detesta de Souto?

—Admiro su fascinación por los signos, su intuición para buscar y encontrar lenguajes en los espacios más inesperados. Y detesto su obsesión exagerada por el asunto, que lo lleva muchas veces a perderse en la alucinación… Parece mentira, con lo inteligente que es.

—¿Todos los cuentos los protagoniza este huidizo y singular estudioso? ¿Qué es lo que tienen en común los relatos, qué los va hilvanando?

—Directa o indirectamente, él es, en efecto, el protagonista del libro, que está constituido por dos partes: la primera reúne lo que pudiéramos llamar «cuentos canónicos», catorce, la mayoría ya publicados pero también algunos inéditos, y la novela corta La dama de Urz. La segunda parte presenta reflexiones y ensayitos del profesor Souto, así como numerosos minicuentos, todos inéditos. Y lo que une a todo el libro es la profunda relación de Souto con los signos, y las posibles y lamentables equivocaciones que ello puede suscitar.

—Vivimos en la época del triunfo de los ‘youtubers’ y de los fogonazos de Internet, de gentes y hechos que viven unos segundos de gloria para ser reemplazados, casi de inmediato, por otra ocurrencia o impacto. ¿Cómo ha de sobrevivir la literatura en este mundo?

—Esperemos que esa nueva tecnología del cogitus interruptus no afecte a nuestro pensamiento simbólico, pues la literatura representa, como ficción narrativa, una de las formas sustantivas de lo que nos hizo la especie que somos… Pero del mismo modo que empezamos a ser así, podemos dejar de serlo. Al fin y al cabo, como especie tenemos menos de doscientos mil años… Pero ojo, se me ocurrió un cuento para una antología de ciencia ficción en el que presentaba a la difusa y gigantesca nube de las comunicaciones como una Inteligencia cada vez más independiente y sobrehumana (la Definitiva) que acaba haciéndose dueña del mundo, y no sabes la furia que desperté en las redes sociales. Me pusieron a parir, como diría el clásico. Y es que hay una ciberadicción instantánea que me parece cada vez más peligrosa…

—¿Qué tiene la literatura, la gran literatura, que no tiene Facebook (por ejemplo)?

—Ser capaz de analizar y de descifrar con toda clase de matices los comportamientos humanos, tanto en lo más profundo de su ser como en la complejidad social. La literatura es la historia verdadera y verosímil de lo que somos. Como me gusta repetir, la realidad no necesita ser verosímil. Y la realidad de las redes sociales, tan interesante para la comunicación, es en sí misma dispersa, fragmentaria, y su complejidad no obedece a una perspectiva coherente. Si eso sustituye a la literatura, sufriremos una pérdida gravísima en lo que hemos llegado a ser tras muchos siglos de lucha por racionalizar nuestro conocimiento de las cosas y de nosotros mismos. Aunque creo que, desde la catacumba, hay gente que seguirá practicando la literatura de verdad.

—¿La principal labor de la literatura es procurarnos la felicidad... o todo lo contrario?

—La principal labor de la literatura, anterior a la filosofía y a la ciencia, es ayudarnos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo en que vivimos, conocer nuestro corazón, hacernos más sabios en lo humano. De eso puede resultar felicidad o desdicha, pero la mayoría de las veces eso que llamamos felicidad viene para muchos a través de la Fe, coactiva e irracional por naturaleza. La sabiduría verdadera no tiene por qué producir felicidad…

—Ahora mismo, quizá, hay un escritor joven que se desespera al ver cerrarse ante él todas las puertas del universo editorial. Desde sus muchos años de oficio, ¿qué le diría a ese joven?

—Si de verdad es escritor, escribirá a pesar de todo, porque escribir nos ayuda también a comprender mejor lo que es cada uno de nosotros. El proceso de escribir es en sí mismo gratificante. Quien escribe puede llegar a tener un éxito muy satisfactorio, pero los mejores momentos de la escritura son esos en que imaginas y materializas lo imaginado mediante palabras escritas, aunque nadie lo lea… Y hablo desde muchos años de experiencia como escritor.