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Diario de León | Martes, 22 de mayo de 2012
E. G. 11/12/2011
Al leonés Rogelio Blanco —más concretamente es cepedano, y más aún, del pequeño pueblo de Morriondo— la mayor parte de los lectores lo identificará con los puestos de responsabilidad que lleva de-sempeñando desde hace décadas en los ministerios de Educación y de Cultura, aunque habrá quien recuerde también algunas obras salidas de su pluma, esos exhaustivos retratos y recogida de textos selectos en torno a la filósofa María Zambrano o sobre el ilustrado Pedro Montegón, entre otros heterodoxos personajes de nuestra piel de toro. Pero lo que ahora da a conocer es algo completamente nuevo. Dismundo es ficción, una visión tan acre como tierna de una aldea perdida en la que no es difícil adivinar las nieblas, los piornos y la vida de pura supervivencia que fue norma diaria para las comarcas leonesas hasta hace no mucho tiempo.
—¿Cómo llega ‘Dismundo’ a este mundo?
—El culpable de todo es Juan Gelman. Coincidimos en el avión, regresando de un viaje a México, y le interesó que yo estuviera escribiendo unas cuartillas sentado en mi asiento, aprovechando esas horas de vuelo. Yo le dije que eran unos relatos, cosa de poco. «Oye, ¿por qué no me lo mandas cuando llegues a España»?, me pidió. Bueno, pues le envié el cuento que ahora encabeza el libro, Doña Bibina, las ovejas y la escuela de Dismundo. Y me llamó directamente: «Esto es una maravilla. Me has emocionado», lo dijo así. Me pidió que le mandara otro, y yo hice lo propio con Gaudencio y la circunferencia. «Con ese me has hecho llorar», respondió el premio Cervantes.
—Y de ahí surge el libro.
—Sí, de su empeño porque publicara esos relatos en forma de libro, un libro del que él tenía que hacer el prólogo. Finalmente lo pusimos en manos del editor Jesús Egido, quien lo ha sacado bajo el sello de Reino de Cordelia, y con espléndidas ilustraciones del también leonés Toño Benavides.
—¿Qué diablos es Dismundo y dónde está, en qué mapa podemos encontrarlo?
—Dismundo de los Brezales es un lugar, un lugar... no agradable. Obviamente recuerda los montes forrados de brezo de nuestras comarcas, pero en realidad es un espacio de la imaginación, mostrado a base de pinceladas, de cuadros, de escenas, a la manera impresionista. Ninguna de ellas lo explica por sí misma, sólo el conjunto da forma a ese mundo. Un mundo de gran pobreza material que, en muchos sitios, e incluso en nuestro país, sigue existiendo.
—¿Qué les ocurre a los habitantes de esta aldea apartada y olvidada?
—La pobreza los acompaña de manera permanente, pero esa escasez de medios no conlleva necesariamente una pobreza espiritual, más bien al contrario: la ternura y la ingenuidad aparecen por doquier en un escenario muchas veces tocado por el drama. Y esa ternura impregnan a casi todos los personajes. No tanto con diálogos, pues no son muy habladores. Es una obra más ejemplarizante que oral. Más que lo que dicen, es lo que muestran, cómo se comportan ante las pruebas que les presenta la vida.
—Destaca en estos relatos la presencia de los niños...
—Sí, ellos sienten esa realidad agotada y su máxima obsesión es asomarse a lo alto del Otero que marca el límite de la aldea y asomarse para ver qué hay más allá. Luego aparecen personajes siempre emblemáticos de una localidad pequeña, como el médico, el veterinario, el cura, el maestro... prototipos de personajes que están en nuestra memoria colectiva.
—En el libro también aparece el tema del esfuerzo, esa constante y permanente necesidad de salir de una existencia marcada por la penuria.
—Es que yo creo que dentro de la propia condición humana está el afán por mejorar, por progresar, una especie de lento caminar, siempre en espiral, que busca una dirección de permanente mejoría. Bajo las luchas de contrarios se pretende alcanzar, se tiende hacia, la perfectibilidad. Es de esta manera como el hombre va dejando atrás, como se va desprendiendo, de elementos biológicos, y los va sustituyendo por elementos culturales, va construyendo su propio mundo, sus propios mundos. Y los inventores, los creadores, los intelectuales, los visionarios, tienen mucho que decir en ese proceso. También a nivel de una aldea. Pero, asimismo, los hay que realizan una labor opuesta, algo que llamaríamos ‘contrainteligencia’, y esos son unos personajes nada modélicos, claro.
—¿Son capaces de la maldad, los habitantes de Dismundo?
—Los hay que sí, claro, y también hay seres de gran ingenuidad, personajes que pueden llegar incluso a la perversión o a cierto tipo de malicias en algún caso pero, a nivel general, son seres cargados de humanidad que no pueden, que no están en condiciones de devolver la maldad que han recibido. Hay mucha dignidad, hay palabra en estas personas.
—¿Qué pobreza es la peor, y cuándo se produce una situación de pobreza?
—La peor es la moral, la espiritual. De esa cuesta más salir. De una crisis material se sale. De una crisis moral... es mucho más difícil. En general, para mí, hay pobreza cada vez que un ser humano pisa a su prójimo, más aún si hablamos de alguien doliente o humilde. Es que estamos perdiendo nuestra compasión, nuestra capacidad de leer en los ojos de los otros, de compadecernos, de empatizar con el otro. No hay libro comparable al rostro de una persona.
—Dicho todo esto, ¿cómo resumiría el universo de Dismundo?
—He escrito que es «un universo rural del que todos apartan la mirada y en el que los muchachos aspiran a cultivar la tierra de algún amo y las chicas a emigrar a la capital como criadas». Y que está «en el país más profundo de un país». En el prólogo, Juan Gelman destaca que la obra recoge «un universo nocturno en el que hay que agudizar la vista para apreciar el fulgor de cada uno de sus astros», y también que constituye «una lección para estos tiempos en los que se nos quiere domar el coraje para convertirnos en carne fácil de autoritarismos».
—Narraciones que salen de la tierra...
—De la tierra y de la humildad. Los personajes, como Armelinda, Secundino y Domiciano, nombres de antes, como las madreñas que calzan, pintan un paisaje del color pobreza, el único protagonista real. Juan Gelman también ha dicho que estas historias no deben ser clasificadas como literatura costumbrista porque no narran «cuentos camperos», sino que superan «la comodidad del pensamiento a través de una escritura que subvierte el discurso oficial».

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