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MILLÁN SALCEDO ■ humorista

«Hoy ni se nos habría ocurrido hacer lo de ‘mi marido me pega’»

 

Millán Salcedo, en un instante de su espectáculo ‘En mis trece’, que mañana despliega en el Auditorio Ciudad de León. GRUPOS MEDIA -

e. gancedo | león
12/05/2018

Lugar: Auditorio Ciudad de León.
Hora: 20.30 (mañana domingo).
Entradas: 22 y 25 euros.

El grado de gestualidad de Millán Salcedo es de tal envergadura, y han sido tantas las nocheviejas y veladas televisivas compartiendo salón con unos españoles a los que se les atragantaban las gambas de pura risa, que cuando uno habla con él por teléfono le está viendo, directamente, la cara. Hay unos cuantos «fíjateee», «digamelón», guiñoteos y chasquidos irreproducibles, y de pronto y sin previo aviso suelta un «¡viva Demetrio de los Ríos!» porque hace poco estuvo de turista en León, escuchó la audioguía de la Catedral y le fascinó la historia del arquitecto que salvó la Pulchra. Y eso le da pie para recordar que aquí mismo empezó su carrera hace... 46 años.

—Ahora que se habla tanto de ‘reiventarse’, ¿cuánto tiempo lleva reinventándose Millán Salcedo? Porque usted podría dar un máster sobre el tema...

—¡Un máster y trece! No, qué voy a dar yo. No intento reinventarme, yo lo único que hago es lo de siempre, mantenerme en mis trece, ser un espíritu libre. La frase que más escuchaba de niño era «¡tate quieto!», porque no paraba. «Figuritas», me llamaban. Y desde la desaparición de Martes y Trece he hecho comedia, drama, ¡hasta zarzuela! Ahora vuelvo con un chou, así como suena, donde trisco por el escenario a mis anchas y saco mi lado más sinvergonzón.

—Y junto a un pianista, como en los espectáculos de antes.

—Sí, Marcos Cruz, que es mi estrellita, mi guía, mi báculo y mi apuntador. Como soy de tierra de berenjenas, me meto en mucho berenjenal y él me avisa («¡eeehhh, que te has ido!»). El chou es un acto de egoísmo total, de pura libertad, pero también con guiños a la actualidad.

—¿Qué le transmite la gente que acude a este espectáculo, qué le suelen decir?

—Pues cuando termina la cosa suelen acudir, te traen regalos, se quieren hacer selfis... Noto mucho cariño sobre todo de personas de una determinada edad, la que disfrutó con nosotros tanto en aquella época... y aquí meto mucho de eso, me remito a ese, digamos, ‘pasado histórico’. Hay un sector del público que no me olvida.

—Pero también ha tenido que ser agotador tragarse tanta ‘empanadilla’...

—Te lo digo como es: no ha habido un solo día en que no me hayan recordado lo de las empanadillas de Móstoles. ¡Pero si en un bar de allí las tienen de especialidad! Yo flipaba. Luego hay gente que se pasa, que te quiere llevar de fiesta, ¡pero déjameee! ¡Yo quiero ser líbere! O con poca educación, que no se dan cuenta de que estás delante y hablan sin tener ni idea. Me acuerdo en Santander uno que va y me dice: «Tú eres ese... ¿cómo era? José Mota Yuste, ¿no? ¡El de Los Morancos!». Nos metió a todos ahí.

—Hubo uno que hasta se hizo pasar por usted en Facebook...

—Sí, pero no le di importancia. Yo antes me metía mucho con la tecnología, ¡si tengo móvil desde hace sólo tres años!, pero ahora estoy encantado con ella. Tengo página web, Facebook, trending topic... de todo.

—Echando la vista atrás, ¿qué siente cuando ve aquel sketch de ‘mi marido me pega’?

—Pues ganas de pedir disculpas. Si hicimos aquello fue por pura ignorancia, no éramos conscientes de lo mal que lo estaban pasando muchas mujeres, y tampoco había la información que hay hoy. Estoy completamente en contra de cualquier tipo de machismo, pero me temo que este país va a seguir siendo machista. Hoy no lo hubiéramos hecho, aunque entonces gustó tanto que hasta tuvimos que hacer una segunda parte.

—Hay aspectos de la actualidad que no dan mucha risa...

—Sí, hay que cambiar muchas cosas. A mí se me cae la cara de vergüenza cuando veo a los pensionistas, ¡a los que nos dieron la vida!, manifestándose. Los recortes, la explotación laboral... es terrible, pero los humoristas tenemos que estar ahí, en primera línea de ataque. Intentando arrancar una sonrisa a la gente.

—Asombra la producción de los sketches de su ‘edad de oro’, vestuario, peluquería, a lo mejor para dos minutos...

—Claro, ahora es impensable por la crisis, los recortes y la ausencia de humor en televisión. ¡La televisión! Una parrilla donde solo se asa una carnaza infecta. Es mucho más fácil y barato poner a un solo tipo con un micrófono: los monólogos. Y pensamos que se han inventado ahora, cuando vienen al menos de los años treinta, eran las cortinas de la revista, unos personajes que entretenían en los cambios de vestuario de las vedetes. Aunque sobra con poner el ejemplo de Gila. De todos modos, ojo que hacer un buen monólogo es dificilísimo.

—¿Ve esas recopilaciones de TVE, ‘Cómo nos reímos’?

—No. Una vez empecé a verlo y me enfadé. No me gusta cómo está editado, mejor dicho, manipulado. Falta el contexto. Me ponían diciendo la misma chorrada una y otra vez. Eso es parte de un gag, de una historia, solo no tiene sentido. ¡Ponlo entero, ponlo como era, hombreee!

—Raperos en la cárcel, presión en redes, autocensura... vaya panorama para el humor, ¿no?

—Yo siempre empiezo de la misma forma, preguntando «¿hasta qué hora está abierta la cárcel?». Con la censura de antes pasaba que sabías con qué o quiénes no te podías meter, ahora, en estas partes nuestras, no sabes, pero encima tienes que soportar el típico consejo paternalista: «Pero tú, ¿qué necesidad tienes de decir eso?». Y lo de las redes ya ni hablamos... ¡anonimato rima con mato!

—¿Se ha sentido fuera de la ‘pomada’ del espectáculo?

—Sí, la gente tiene más presente a Josema porque él va a todo, yo me reservo más. Pero es terrible. Si no sales en la tele, es como si estuvieras muerto.

—¿Ha estado ya en León?

—Solo, no. Y te diré que yo actué aquí en 1972, en el palacio de Deportes. Pepe Osuna eligió a cinco alumnos de la Compañía Dramática Española y yo fui uno de ellos. «Cómo me gusta a mí esto», me dije. Yo, lo mejor que he hecho en la vida ha sido ir a mi bola. A mí me cayó el gordo cuando decidí ser artista.

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