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CULTURA ■ NOVELA

«La civilización se sostiene de un hilo muy fino»

Julio César Alavarez, es psicólogo y escritor

e. gancedo | león
16/02/2018

 

Lugar: El Gran Café.
Hora: 20.15

Un apagón imprevisto, prolongado y de origen incierto sume a la gran ciudad en el desconcierto y la anarquía, y hace aflorar en sus habitantes instintos primarios y violentos pero también destellos de humanidad que ninguna catástrofe podrá ahogar jamás. Tras títulos como El tiempo nos va desnudando, Madrugada o Luz fría, el psicólogo y novelista leonés Julio César Álvarez sigue radiografiando las pasiones humanas y lo hace ahora con Nueva selva (ediciones Lupercalia), una novela de frases como disparos a bocajarro que coge al lector del brazo y no lo suelta, una poderosa parábola sobre las inquietudes y angustias del mundo actual, que hoy presenta en el Gran Café de León.

—Todos los libros nacen de una chispa, de un diminuto big-bang. Una pequeña semilla que, poco a poco, va madurando. ¿Cuál fue la que dio origen a ‘Nueva Selva’?

—Supongo que parte de una lectura sobre el apagón de Nueva York en 1977. Apenas duró un día y fue suficiente para que el caos apareciera en las calles. La civilización se sostiene sobre un hilo muy fino. De todas formas, el apagón eléctrico es una excusa para abordar temas que me interesan mucho más. Como la permanente recesión económica y el impacto que ha tenido sobre una población que intenta aferrarse a la vida. Y de fondo, por supuesto, las relaciones afectivas en este nuevo siglo. La pareja y el amor como último ideal social.

—De algún modo, ¿no es usted quien se esconde detrás del innominado protagonista, al menos en parte?

—Salvo algunos pensamientos en común, el protagonista no soy yo. Hay una tradición en la literatura de utilizar a periodistas o escritores como profundos observadores de lo real. Personalmente me gusta continuar ese mito. El protagonista es un superviviente absoluto. Como lo somos todos últimamente. Alguien empeñado en comprender la sinrazón de un tiempo incontrolable.

—«Nada es perfecto. Ni siquiera el amor lo es», puede leerse hacia el final del libro. ¿Es que se ha acabado el tiempo de los finales felices?

—Creo que vivimos una etapa sombría. Aunque en la novela también se plantea que, afortunadamente, las relaciones humanas son el último refugio para la aventura. Más cuando todo ya ha sido conquistado y los récords superados. Nos tenemos a nosotros mismos como desafío. Y ese reto no tiene fin. Chocamos continuamente para encontrar nuestra identidad como especie, es decir, quiénes somos realmente. Leopoldo María Panero decía en El desencanto que el origen de todas las humillaciones es «la guerra por ser yo, para lo que haría falta que el otro no existiera». Últimamente parece que el otro nos molesta o resulta bastante sospechoso.

—¿Cree que, más o menos, todo el mundo puede sentirse identificado con esta parábola de los tiempos que corren, extraños, despersonalizados, implacables? A veces da la sensación de que sus personajes son como lagartos en un terrario...

—Es inevitable identificarse con esta historia. Creo que es un retrato bastante fiel de un tiempo extraño e impredecible. Cuando pasen los años, creo que podría ser una de mis novelas que mejor retrataron esta época. Esa sensación de los lagartos en el terrario que mencionas es interesante. La literatura norteamericana de los 90 era plenamente urbana y ya prefiguraba esa animalización de los personajes en la novela actual. Como mariposas preservadas intactas.

—Últimamente no son raros los libros cuya acción se ubica en un futuro apocalíptico (‘La carretera’, de McCarthy) o una actualidad más o menos tenebrosa (y las series y películas de zombis proliferan). ¿Por qué cree que es común ese temor, esa certeza de que el futuro será peor que el presente?

—Sobre todo desde la Guerra Fría y el impacto nuclear, el arte en todas sus formas ha planteado un futuro incierto. Es como una preparación mental. Hay algo de miedo y deseo al mismo tiempo. Creo que también es un mecanismo que utilizamos para dar salida a toda esa angustia. No hay que olvidar que el guion de una película sale también de la mente de un escritor. Creo sinceramente que determinadas historias expresan la tensión general.

—¿Por qué maltrata tanto al personaje central de la novela? ¿De veras se lo merece?

—Nadie se lo merece, por supuesto. Lo que pasa es que la vida tiene ese intenso empeño en llevarnos por delante. Acaba lloviendo para todos. No creo que el personaje principal sufra más que el protagonista de La carretera. Está bastante claro que esta crisis económica/ apagón ha modificado la vida de todos nosotros. Y también tengo la impresión de que nunca la población de este país se había puesto tan al límite desde la Guerra Civil.

—Su radiografía literaria del mundo actual prosigue tras ‘Madrugada’ y ‘Luz fría’... ¿Qué cree que aporta en ‘Nueva selva’ a ese diagnóstico creativo?

—Es una descripción más certera de este momento. La realidad muta continuamente. Y en esa nueva mutación, Nueva selva atrapa mejor la actualidad. Madrugada o Luz fría eran novelas mucho más introspectivas. Nueva selva intenta perfilar en qué nos hemos ido convirtiendo. O quizá siempre fuimos así.

 

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