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eduardo arroyo. artista y escritor

«Me angustia pensar en el último cuadro»

cristina fanjul
01/10/2017

 

Me recibe Eduardo Arroyo en el salón de su residencia de Madrid. «Tienes que venir a Robles. Allí, lo entenderás todo», me dice. Ha sido una visita varias veces malograda, la última vez a causa de la enfermedad, un bicho cuya picadura le ha dejado con más ganas de pintar, de esculpir, de perseverar en la creación… «Una de las cosas que quería demostrar con la última exposición era que seguía siendo capaz de pintar cuadros de tres metros por dos», exclama con un susurro feroz, un susurro que revela toda la fuerza de un artista que siempre ha elegido el papel más incómodo en la comedia de la vida. En su caso, ir a contracorriente no es una simple manera de hablar. Podría hablarles de Eduardo Arroyo, de una vida en el exilio, interior y exterior, de su querencia por la intemperie en una época y un mundo en el que gana, por lo general, el que dedica su vida a la impostura, de su genialidad en el arte y en la literatura, de su inquebrantable apuesta por la amistad, de su genio, de su valentía y del extrañamiento que siente (sus robinsones son mucho más que una invención) por un mundo que —asegura— «cada vez me interesa menos». «No lo entiendo», dice con una mezcla de melancolía y cinismo. Pero creo que es mejor presentarle como el hombre que pinta boxeadores, ídolos para los que la victoria siempre anuncia una derrota, porque Eduardo Arroyo confiesa que el sentimiento que con más fuerza le atrapa es la melancolía, «como a Oscar Wilde», revela…

—Sólo cinco artistas españoles en un siglo y tú, entre ellos. ¿Cómo elegiste las obras que llevaste a la antología que te dedicó este verano la Fundación Maeght?

—Los cuadros te eligen a ti, pero quise mostrar obra con cuarenta años de historia y otra realizada de manera específica para esta exposición. Mi intención con ello era demostrarme a mí mismo y a los demás que podía pintar cuadros de tres metros por dos, a pesar de todo, a pesar de lo duro que ha sido… Fue divertido hacerlo porque algunos pensaban que me estaba muriendo, a otros les daba igual, en fin, que incluso acepté que me hicieran una fotografía trabajando.

—Pues, dedíqueselo a todos ellos ¿Qué viene después de la muestra de la fundación Maeght?

—El Museo de Bellas Artes de Bilbao inaugurará una muestra cuando se cierre la dedicada a la colección de Alicia Koplovich. Serán cuarenta obras donde mostraré mis últimas esculturas, obra que nunca he mostrado y que realicé principalmente en Robles. Además, quiero publicar un libro en el mes de marzo, una obra extraña, de vagabundeos literarios.

—¿Ya la has comenzado?

—Sí. Tengo tres capítulos. Uno dedicado a la melancolía, otro a la muerte de mi padre y un tercero, a la fotografía.

—La muerte de tu padre llegó cuando eras my pequeño ¿Cómo gestionaste ese sentimiento de orfandad?

—Yo tenía seis años cuando ocurrió y su muerte siempre me ha perseguido. Fue en ese momento cuando mi abuelo se acercó más a mí y es entonces que comienzan mis años de infancia en Robles, de allí tengo mis amigos de infancia.

—¿Cómo fue ese momento?

—Doloroso. Ese momento siempre ha supuesto un gran dolor pero, de manera paradójica, me ha ayudado a vivir porque cuando pierdes a tu padre te conviertes en tu padre. De manera inmediata, pasas del estado de infancia a la madurez.

—¿Cómo es despedirse, desprenderse de la niñez a los seis años?

—Por un lado, fue el comienzo de mi vida con la familia de mi madre y, por otro, me obligó a trabajar. Empecé a dibujar cuando tenía seis años: caricaturas, ilustraciones, dibujos.... Es ahí donde comienza la fuerza creadora. Mi abuelo, que era un hombre con curiosidades, un lacianiego, un tipo complicado, siempre me ha acompañado. Tuve la suerte de que me hiciera ver el Prado. Él forma parte de ese grupo interesante de empresarios salidos de Sierra Pambley que forjaron su futuro en Madrid con fortuna.

—¿Y tu padre? ¿Cómo le recuerdas?

—Era un hombre de derechas. Durante la guerra, salvó el pellejo de milagro y, sin embargo, al acabar la contienda renunció a la victoria. Eso lo ha convertido en alguien mítico para mí.

—El perdedor es siempre una figura bellísima, el héroe que cae, a pesar de que podría evitarlo, por principios.

—Sí, es verdad. Para explicar cómo era mi padre me sirve el hecho de que mandó a su único hijo varón al Liceo Francés, que era laico. Había una sola hora de religión a la semana. Aquello era un desmadre, fantástico, un gran colegio del cual, naturalmente, me echaron rápidamente.

—Tú siempre te has autoexpulsado de todo: de España, de las corrientes artísticas, de la política, de todo… como en tus robinsones. El aislamiento ha sido tu Beatriz, si me permites la pedantería.

—Sí, exactamente. Siempre me he encontrado en una isla desierta.

—¿Cómo se vive allí? o ¿Cómo se llega?

— En cierto modo, se trata de un fenómeno indudablemente melancólico. Es una isla llena de gente, pero en la que estás aislado. Robinson Crusoe, como Dorian Gray, es un personaje que está acompañado, pero completamente solo. Yo tengo que reconocer que me fui de España por aburrimiento. La política vino después. Lo mismo ocurrió con el partido comunista. Le pedí a Jorge Semprún que me apadrinara y me contestó que le habían echado. Pues entonces, ya no me interesa, le dije.

—Esa vivir a contracorriente, esa rebeldía no tiene que resultar fácil.

—No sé. Mira, lo único que yo quiero, lo que he querido siempre, es pintar, escribir, y tener la fuerza suficiente para ello.

—En uno de tus libros hablas sobre la soledad de Goya cuando se enfrenta a sus últimos cuadros. Sabe, dices, que tendrá que pintar los cuadros del final y que nada le liberará de ese trabajo ¿Sientes tú esa amargura?

—Lo que yo pienso es cuándo llegará el último cuadro. Es una cosa curiosa. ¿En qué estado estará? ¿Estará casi terminado? ¿Estará a la mitad? ¿Apenas lo habré comenzado? ¿De qué tratará el último cuadro? Hay una curiosidad extraña.

—¿Tú has pensado de qué quieres hablar en ese último cuadro? Será tu última representación.

—No, pero es algo que me angustia demasiado y me vuelve curioso. No paro de pensarlo. Yo quisiera, idealmente, pero no sé si será posible, hacer cuadros gigantescos y esculturas.

—Esas esculturas prodigiosas y míticas que haces en Robles

—La escultura la hago en Robles porque el material está allí y porque me ayudan mis amigos: Lolo García Prieto, Juan, el ebanista, o mi amigo Toño, el ferrero. Además, Laciana tiene un incentivo tremendamente interesante. Es un país totalmente aislado. Piensa que estamos a 70 kilometros de una ciudad como Ponferrada. ¡Es una locura! Ese aislamiento hace que la gente tenga que apañárselas cuando no tiene ninguna otra posibilidad, algo que me interesa tremendamente.

—Me gustaría preguntarte la razón por la que decides poner punto y final al festival que cada verano celebrabas en Robles

—Es una cosa pasada, como todas las que he hecho. Era algo que no tenía nada que ver con el arte, porque yo no soy un musicólogo, pero creo que era interesante reunir a una serie de músicos y hacer música importante, llevar un piano importante a un sitio donde nunca lo habían visto. Las cosas que salen, bien, las que no salen, también bien. Hemos hecho con Isabel Azcárate 17 festivales, todos los años. Nos hemos ocupado de él con una cierta generosidad. Sin embargo, no creo que la gente de Robles haya estado interesada, no era vital para ellos. Además, los músicos tienen un defecto: quieren que se les escuche.

— ¿Qué te ha dado Robles de Laciana?

—Robles me ha dado mi infancia porque yo a partir de los diez años ya no volví. Hay una cosa muy importante y es que yo vivo en la casa de mi bisabuela, en la casa que ella construyó y que fue la casa de infancia de mi abuelo, de mi madre, de mi propia infancia. Verás, yo tengo, en cierto sentido, alma de indiano y esa casa la perdimos con gran dolor. Recuerdo que mi madre se acercaba a verla. Lo recordaré toda mi vida. Así que la perdí y la recompré. Robles es muy importante para mí.

—En ‘Exposición individual’, la larga entrevista que te hizo Alberto Anaut, dices que quieres que te entierren allí.

—Un amigo me compró una tumba pero se equivocó. Hay dos cementerios. Yo quería el antiguo, pero él la compró en el moderno. A mí me da igual ya. Yo quiero que me entierren frente a la montaña porque allí, a diferencia de lo que pasa en el resto del mundo, puedes tocar la montaña con los dedos. Tienes que venir a verla.

—Eduardo, tú ves la montaña como un lugar mítico, un lugar en el que pacen los unicornios ¿verdad?

—Es un lugar mágico. Mira, un día, hablando con un hombre mayor que yo, me dijo una cosa interesante. Yo estaba observando la montaña y me dijo: Tú estás viendo la montaña con los ojos de tu abuelo, y ahí me di cuenta de lo importante que es para mí.

—Yo creo en la responsabilidad que tenemos respecto a nuestros antepasados. ¿Cuánta herencia puede soportar una persona?

—Prefiero decir conllevar, porque soportar, yo he soportado poco, aunque la palabra que habría que usar es qué he recibido. Pues bien, te diré que más de lo que he dado.

—Una constante en tu obra son las vanitas, esas máscaras de la muerte que, a mi modo de ver, son un reflejo de eternidad.

—Es una relación con la muerte bastante próxima. Pienso mucho en la muerte y esas calaveras que hago... (reflexiona unos instantes)... Hay una cosa que siempre me ha divertido bastante, es una idea muy española, zurbaranesca: la de la vanitas con un cirio y una llama. Son dos cosas, para mí muy importantes.

—Estas naturalezas muertas, son en realidad naturalezas vivas...

—Absolutamente. Mira, los mexicanos tienen una relación de familiaridad muy importante con la muerte. Yo también. Hombre, me fastidiaría palmarla, pero si hay que palmarla, pues se palma. No es una obsesión, pero pienso en ella.

—El sentimiento de la muerte cambia con la edad. ¿En qué momento estás tú? ¿La has domesticado?

—A más avanzas, más piensas en ella. Hay fases. Yo creo que no se puede estar a gusto con la desaparición, pero la aceptas y, además, la muerte es en realidad la muerte de los amigos. Llega la muerte cuando llegan las ausencias.

Foto: RAQUEL P. VIECO

 

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