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«No me siento parte de ninguna generación»

La leonesa Margarita Merino protagoniza ‘De la confesión a la ecología’, de Maricruz Rodríguez

 

Imagen de archivo de la escritora leonesa Margarita Merino en el claustro de la Catedral -

verónica viñas
26/02/2017

—¿Ecología y feminismo son los elementos que más pesan en su obra?

—La vida es continua metamorfosis, pero hay temas que permanecen. Maricruz Rodríguez ha elegido unas líneas en su análisis que han determinado mi peripecia. Siempre me ha acompañado el amor a la Naturaleza. No es sólo feminismo -y más humanismo genérico el mío en la batalla contra el machismo que mi generación padeció-, pero los hombres también sufrían -y sufren- esa limitación mutiladora.

—¿Cómo definirías su poesía en una frase?

—Poesía de la compasión en un hondo amor panteísta por el mundo y sus criaturas, reflejo de mi vida diaria desde la lejanía y hasta el final.

—¿Qué supone el libro de Maricruz Rodríguez?

—Un esfuerzo que le agradezco: pone el pasado en contexto. Su visión general es coherente y respetuosa con mi poética. Sin olvidar que hay otros hilos: el de la música. Además rescata poemas, pero por espacio dejé muchos fuera.

—¿Entiende la poesía sin crítica?

—Claro. Así la he escrito, así la leo, así la siento: libre, apasionada y suelta.

—¿Cómo se ve León desde el otro lado del mundo?

—Con admiración por sus escritores por parte de los estudiosos. Con nostalgia de desterrada de la ciudad, para mí desaparecida, que fue la que me devolvió el poema Manuel Jular en negro por un rato. Amo a muchas personas de allí. Demasiadas han muerto, pero sigo recordándolas.

—¿Cree que la poesía debe ser un arma de lucha?

—Para mí lo es. Por todo lo que amo y para defender mis ideales en un mundo convulso de intolerancia y pobreza que los multimillonarios quieren llenar de más armamento, más polución, más miseria, más bombas.

—¿Se siente parte de la generación de poetas de los 80?

—No me siento parte de ninguna generación. Conocí brevemente in illo tempore -y les aprecié- a algunos de los 80 que no he vuelto a ver. Soy solitaria, aunque existan puntos de coincidencia al ser contemporáneos.

—¿Le duele ser más conocida en Estados Unidos que en España?

—No me duele nada a estas alturas. Ni creo que me conozca «el niño ni la tarde», pero… ¿y la intranquilidad del (re)conocimiento? Si me apena no recitar en España ni compartir allí, amo también este país y mi vida alejada. Me gustaría inspirar a niños y jóvenes. Sensibilizar en la educación por la paz en las aulas, la calle.

—¿Se sigue considerando una rapsoda?

—Una parte de mí lo sigue siendo absolutamente. A veces ni escribo y le canto a los árboles, a los animales. Sería hermoso superar los medios de comunicación social, compartir con las gentes necesitadas de esperanza sin luces ni taquígrafos…

—¿Qué libro tiene en la mesita de noche?

—Libros. Ordenando mi oficina y estanterías encontré ¡anteayer! tres paquetes amables que se escondieron en mis viajes y tareas… Uno de los libros es de Martín Adán, que me regaló ¡el 2003! el estudioso Lucho Vargas; otro de poetas leoneses que corrió el mismo ajetreo. Los leeré. En las convalecencias de mis accidentes leí –y lloré a mares- sobre la República, la Guerra… Sigo obsesionada con Muerte en Zamora. Y pensando en las conmovedoras Morir en Isla Vista, de Floreal Hernández (V. Fuentes); Descubriendo a Fidel Castro, de Natividad González Freire; o Wide as the Wind, de Edward Stanton. Me divertí con El Príncipe y la bella cubana, de Roberto G. Fernández. Estoy con Musa Décima, de José María Merino.

—¿A quién propondría para el Premio Cervantes?

—Yo no soy quién para elegir: siempre habrá candidatos -o no- que lo merezcan y no lo reciban. ¿Sería mejor hacer triunviratos ganadores? El favor que Juan Pedro Aparicio ha hecho a la (verdadera) Historia de España -con Nuestro desamor a España: cuchillos cachicuernos contra puñales dorados- me hace recomendarle. Este libro debería ser requisito en las aulas.

A veces menos es más, obras extensísimas no desmerecen otras importantes en su decir o en su hondura.

—¿Cuánto hay de supervivencia en su poesía?

—¡Uf! Y mucho dolor por la agresión al medio ambiente.

—¿Cree en el poder curativo de la palabra?

—Creo. Y de eso se trata: curarnos, curar. De hacernos mejores cada día en su privilegio a compartir con humildad.

—¿Dónde vive ahora exactamente?

—Vivo en Maryville, en East Tennessee.

—¿Da clases?

—Ocasionalmente y no de una manera regular en el aula, pero trato de enseñar cada día lo poco que haya aprendido sin que se note.

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