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PILAR FERNÁNDEZ VALCARCE. FISCAL DE SALA DEL TRIBUNAL SUPREMO

«Para el Supremo, el caso Carrasco no tenía mucho interés jurídico»


02/04/2017

 

ana gaitero I león

—¿Qué le inclinó a estudiar Derecho?

—No lo sé muy bien. Pero tuve muy claro que me gustaba. Aunque no tenía vinculación familiar ni nadie de familia relacionado con el Derecho ni a la carrera judicial.

—¿Y ser fiscal en un tiempo en que no había mujeres?

—En Oviedo era amiga de los hijos del fiscal de la Audiencia Territorial Rafael Fernández, íbamos a los juicios y me atrajo mucho la figura del fiscal.

—¿Y en su casa cómo lo tomaron?

—En principio no les pareció bien. Hubieran preferido que hiciera Registros o algo parecido. Pero me atrajo esa labor, no me interesaba nada el papel del juez.

—No se imaginaban que iba a ser la primera mujer en llegar al Supremo.

—En 1973, Belén del Valle se convirtió en la primera fiscal en España y Josefina Triguero fue la primera juez de carrera en 1978. Yo estoy entre las dos. Siempre digo que no tiene ningún mérito. Lamentablemente mi padre falleció poco antes de que entrara en la Fiscalía General del Estado, que tiene adscrito el Tribunal Supremo, en 1992, primero como fiscal de ‘a pie’ y luego de sala.

—¿Cómo vivió los comienzos en un entorno absolutamente masculinizado?

—Efectivamente, era un mundo exclusivo de hombres en el que no había mujeres jueces, ni secretarias, sólo funcionarias. Pero nunca me sentí mal acogida. Con los años sí que recuerdas alguna anécdota de comentarios machistas (¡No vas a encontrar novio. Quien va a querer bailar con un fiscal!, y cosas así). Pero no sentí ninguna discriminación. Eran señores mayores y quizá tenían un ánimo protector, pero nunca he tenido problemas por ser mujer. En todos los ámbitos hay un componente machista pero es difícil maltratar o discriminar a alguien cuando estás en una posición tan igual. Además, se me da muy bien trabajar con hombres (y también con mujeres).

—En el entorno social, ¿cómo se percibió la llegada de las mujeres a espacios como las salas de vistas tan solemnes?

—Yo creo que lo percibía de una manera expectante, aunque que la gente no indentificaba bien a los personajes. Salvo los abogados, el público no sabía muy bien quién podía ser la mujer que aparecía allí (podía ser una secretaria) y eso me mantuvo amparada. En un futuro próximo la impresión va a ser al revés: es más difícil encontrar a hombres porque las mujeres han irrumpido en la carrera judicial y es cuestión de tiempo que lleguen. La mujer es más trabajadora, constante y tiene más tesón, que son cualidades esenciales en un opositor.

—Empezó su carrera en Bilbao a mediados de los 70. ¿No le dio miedo ir a un sitio tan conflictivo?

—No tenía mucho donde elegir: Bilbao o San Sebastián. Elegí el primero porque iban más compañeros de mi promoción.Tengo un recuerdo maravilloso. A pesar de que la ciudad era fea, yo vivía con una independencia desconocida. El ambiente era preocupante: Conocí el País Vasco con tanquetas y la Guardia Civil te paraba a la salida del cine y te metía la metralleta hasta el pecho cuando salías del cine. Pero hasta a eso te acostumbras. No tuve sensación de peligro. En aquel tiempo ETA no había atentado aún contra cargos de la Justicia.

—Pero se fue.

—No me hubiera ido nunca si no hubiera sido porque me casé con un bilbaíno que además era magistrado. Tengo un enorme cariño a aquella tierra y a su gente, buenísima, al margen de los que no lo eran. Trabajábamos mucho, pero me sentí muy arropada.

—¿El papel de la Fiscalía ha cambiado mucho desde que empezó?

—Ha tenido un cambio notable. Antes intervenía en materia penal y algo en civil, apenas las demandas contra el honor. Con la ley del Divorcio empezó en los casos de familia y en los últimos años ha ido extendiendo sus funciones civiles con la protección de menores, discapaces, etc.

—¿Cómo le ha afectado?

—Yo me he mantenido fiel al penal, salvo la atención de víctimas que es un trabajo añadido. Antes no estábamos tan especializados. Para bien, la Fiscalía se ha abierto, pero no sé si es tan bueno que la carrera fiscal se especialice tan rápido porque no sé si se alcanza la formación jurídica suficiente para analizar las cuestiones. Es un mal irremediable, nadie puede saber de todo. Sería bueno que en los primeros años un fiscal se dedicara a lo esencial de su formación y se especializara después.

—Su nombre sonó para ser fiscal general del Estado...

—Y generalmente cuando suena el nombre de alguien es que no va a serlo. Jamás sería fiscal general del Estado. Ni ese puesto ni la política están hechos para mí.

—Desde 2004 es fiscal delegada para las víctimas. Ahora que ETA está a punto de desarmarse definitivamente, ¿Cree que se ha resarcido a las víctimas del terrorismo?

—Se les ha dado un buen trato. Sé que no van a estar satisfechas. Se las protege en el proceso penal, pero soy ajena a la labor del legislador, las penas, las limitaciones de cumplimiento... Mi misión es que estén bien informadas, facilitarles el cobro de las indemnizaciones. Desde la oficina coordino también lo que hacen el resto de los compañeros. Han tenido el trato que mejor hemos sabido dispensar, claro que hay asuntos sin resolver y pretensiones que puedo entender como persona pero no como fiscal.

—¿Cómo es su contacto con las víctimas de violencia de género están bien protegidas?

—Las agresiones sexuales, los homicidios, y la trata de seres humanos se llevan los esfuerzos y muchos medios. Todas las fiscalías provinciales tienen un fiscal delegado de violencia de género y se ocupan directamente.

—¿Ha cambiado mucho el rol de las víctimas para la Fiscalía?

—Antes no existían las víctimas, antes sólo nos preocupaban en tanto en cuanto eran testigos. Se ha tardado bastante tiempo, pero desde 1995 la ley protege a las víctimas de delitos dolosos y de terrorismo de forma especial.

—¿Cuál ha sido el caso de su vida?

—El único que me ha marcado fue un caso de homicidio que me tocó en Bilbao en un juicio oral en 1978. El acusado era un chico joven que me recordó a mi hermano y no se me ha olvidado. Tenía la responsabilidad de que fuera condenado y la pena era fuerte. Era un joven con aspecto normal y me impresionó. Luego los he tenido más o menos apasionantes, pero aprendes es que incluso los malos son personas humanas.

—¿Cómo se defiende de las críticas que se hace a la justicia: corrupción, falta de independencia...?

—Tenemos mala fama y a veces merecida. Ahora bien, con la Justicia ocurre algo singular: cuando un ingeniero de caminos hace un puente es posible que le critiquen sus colegas; en la Justicia opina todo el mundo. Los penalistas llevan siglos escribiendo sobre la culpabilidad y un ciudadano decide ahora. ¿Cómo evitar esto en una sociedad que está pendiente a través de las noticias? Hay que ser transparentes, serios y duros con la corrupción y los asesinos, pero ¿quién te quita el San Benito? También está el problema de la lentitud y las estrellas fulgurantes. Hasta en eso las mujeres jueces también son más discretas. No hay ninguna juez estrella.

—A lo mejor porque no han alcanzado posiciones. Priman los hombres en las cúpulas.

—Pues a partir de ahora van a poder primar muy poco a los hombres porque las mujeres proliferan por todos los sitios. Hay pocas en la cúpula pero van llegando. En las generaciones de los 50-60 hay más hombres porque eran mayoría. Sea hombre o mujer, debe llegar el mejor. Que llegue un tonto con iniciativa es lamentable. A mí no me gustaría pensar que he llegado porque soy mujer, sino por mi valía, ni que he estado beneficiada por ello, aunque seguramente lo he estado porque cuando entré en el Supremo seguro que también se pensó en que no había ninguna mujer. La empresa privada es diferente, pero en la administración el un perfil de machismo es más escaso.

—¿Las mujeres también se han incorporado más a la delincuencia?

—Las mujeres delinquen más escasamente que los hombres. Entre los delincuentes comunes hay más hombres y entre los de cuello blanco se va viendo alguna mujer, pero mucho menos. Espero que en esto no nos igualemos.

—Hace poco que vieron en el Supremo el caso del asesinato de Isabel Carrasco, con tres mujeres implicadas.

—Nos llegó en casación, a una de las secciones que dirjjo. A pesar de que fue un caso muy mediático, para el Supremo jurídicamente no tenía mucho interés. Había pruebas y la sentencia estaba bien puesta; sólo se hizo el recurso por la tenencia ilícita de armas para la policía local. Aquí ya no existe la trascendencia social que tuvo en León.

—Precisamente Raquel Gago y su entorno cuestionan esa sentencia y buscan amparo en el Constitucional e incluso hablan del Tribunal Europeo.

—No creo que el Constitucional entre en ello, está para otras cosas. La presión social sobre la justicia existe y no la puedes evitar, pero afecta bastante menos de lo que se cree.

—¿Cómo valora la situación política actual en España?

—Es muy preocupante. Una sociedad tiene que estar políticamente equilibrada. No soy del PSOE ni los voto, pero es importante que haya un PSOE fuerte y potente. Podemos no respetan las normas y los que están en el poder no me apasionan. Me preocupa, como me preocupa el brexit y ese ciudadano que gobierna en Estados Unidos.

—¿Y el llamado problema catalán cómo lo contempla?

—Es un problema serio, pero judicialmente no lo van a resolver. Les pueden sancionar, pero tanto ruido para esta broma... Como esperen que la Administración de Justicia acabe con el problema catalán van listos. Tienen que ser ellos, los políticos, quienes han de tomar una decisión y tengo la sensación de que no están haciendo nada.

—¿Conoció al juez José Antonio Alonso?

—No le conocí mucho, pero tuvimos un trato cordial. Era un tipo encantador y con un enorme prestigio profesional.

—Y del presidente Zapatero, también leonés, ¿Qué opinión tiene?

—No le conozco de nada. Sí a su padre, pues mi madre era muy amiga de Finita, su hermana. Como presidente no me apasionó nada. Lo mejor que tuvo es que era leonés.

—Cuando se hizo cargo de la oficina de víctimas, en 2004, pidió que no se difundieran imágenes explícitas del 11-M. ¿No era una forma de limitar la libertad de expresión?

—Fue un consejo a petición de familiares de las víctimas y no tuvimos éxito. Lógicamente, porque era una limitación. Hubiera sido excesivo exigir que se retiraran, por más duro que les resultara a los familiares. Una cosa es proteger a las víctimas y otra coartar un derecho fundamental. Se ha intervenido con temas de menores y agresiones sexuales para que no aparezcan los nombres de las víctimas.

—¿Qué le parece la condena de un año de prisión a la tuitera leonesa que se mofó del atentando a Carrero Blanco?

—¿Es leonesa? Desconozco la sentencia, aunque seguramente nos llegará al Supremo.

La nieta de Carrero Blanco le quitó importancia. ¿Le resulta chocante?

—No me choca, porque hay víctimas que son más generosas. La ley protege a las víctimas no sólo individualmente y el delito de enaltecimeinto del terrorismo se ha puesto por el legislador con una finalidad. Tendría que leer la sentencia...

—Se critica que no se actúa igual cuando alguien se mofa de las víctimas del franquismo.

—Es posible. No recuerdo ningún asunto. Pero no debería ser así

—¿Se pueden controlar las redes sociales?

—Ojalá las pudiéramos controlar, son peligrosas, no por lo que tienen de libertad de expresión, sino porque se cometen delitos graves: pornografía, acoso a jóvenes, agresiones en la familia. Es difícil controlar para evitar determinadas conductas y dar libertad a otras.

 

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