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entrevista | ALFONSO GARCÍA LÓPEZ.

«Quería saber si era capaz de canalizar tanto amor por mi hija»

Alfonso García López, es el autor de ‘Trece plumas de alimoche azul'


07/08/2017

 

e. gancedo | león

Un padre primerizo y emocionado toma la decisión inquebrantable de escribirle a su hija una carta por cada uno de sus doce primeros meses de vida, más una previa a su nacimiento. Un intento de saber qué se puede llegar a sentir ante la llegada —siempre revolucionaria— de alguien «con quien sólo habías soñado» y con el que este padre, que es Alfonso García López (León, 1977) descubre y se descubre, desentierra tesoros que no se alcanzan gracias a ningún mapa y, ante todo, exhibe un manifesto de conmovedora ternura paterna. Todo está en Trece plumas de alimoche azul, editado por el sello Eolas.

—La llegada de un hijo suele despertar energías creativas que en algunos casos estaban dormidas o latentes. ¿Es su caso? ¿Llevaba tiempo escribiendo y guardando textos en el cajón (o en el escritorio del ordenador), o ha descubierto esta faceta suya recientemente?

—En mi caso despertó una continuidad, una responsabilidad moral que no me permitía dejar a medias una promesa que le había hecho a mi hija. Una promesa que, además de ser la primera, ella no me pidió. Lo cierto es que escribo desde pequeño, siempre con la irregular y espaciada frecuencia de quien utiliza papel y bolígrafo como desahogo y no como finalidad. África, mi hija, me ha descubierto que puedo ser constante, al menos en algo, durante trece meses.

—Ante todo, ¿qué es ‘Trece plumas de alimoche azul’? ¿A partir de qué realidad, de qué necesidad, surgió?

—Trece plumas de alimoche azul es, sin duda, una declaración de amor. Surgió como respuesta, con la carta previa a su nacimiento, a la incertidumbre de qué sentimiento puede hacerte plasmar alguien al que no has visto, ni olido, ni tocado. Para constatar que alguien que solo puedes alcanzar a soñar es, en verdad, la mayor de tus realidades. Las doce cartas siguientes fueron un reto personal disfrazado de promesa. Quería saber si era capaz de canalizar tanto querer sin ser estomagante.

—¿Quién o qué es Utavián? ¿Por qué ese nombre?

—Utavián es un alimoche azul, octogenario y asmático, además de amante del prieto picudo. Un pájaro inusual. Lo humanicé para que no fuera únicamente un recurso literario. Así que Utavián es una actitud, o un buen consejero, tal vez un familiar protector… Eso buscaba de él: que fuera descriptible pero inclasificable. Respecto al nombre, buscaba una palabra aguda e inexistente como complemento a la esdrújula realidad de África. Farfullé mil estupideces hasta que articulé Utavián, que me sorprendió y me pareció musical, literario y misterioso. África y Utavián. Utavián y África. Sí, me suena bien. Así que, después de que Google me alegrara el descubrimiento confirmando que no tenía resultados para esa palabra, bauticé al carroñero.

—El nacimiento de un hijo, de una hija en este caso, ¿ayuda a su padre a conocerse mejor, a través de su retoño? ¿Le obliga a ‘repensarse’, por decirlo de alguna manera?

—A conocerse mejor, sí, pero este paso no llega debido a un análisis interior, sino en mi caso por una desagradable sorpresa: nunca imaginé ser un padre tan pesado... y con ella veo peligros en cada vuelta de la esquina. Ahora se dice protector, pero en realidad no soy más que el padre pelma de toda la vida.

—¿Qué cree que sentirá África, cuando sea mayor, al leer este libro?

—Como lo he pensado infinidad de veces, te daré dos respuestas en vez de una. Primero la tonta y después la paternal. Creo que, en primer lugar, puede sentir una oleada de campechanía que la llene de orgullo y satisfacción. Aunque a mí me gustaría más transmitirle la esencia del texto en sí: mi amor incondicional hacia ella.

—¿Guarda más relatos en la recámara...?

—Sí, alguna cosa hay. Tengo una serie de relatos que, de momento, están guardados en una carpeta que pone Tratado íntimo de lo prescindible. Pensares, sentires e idas de olla. Una serie de relatos que confirman mi desorden a la hora de escribir, ya que tienen título sin tener fin. Relatos con temáticas tan diversas, algunos tan locos, que me asusta incluso corregirlos. Relatos a los que intentaré dar luz también.

 

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