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el territorio del nómada |

Alegrías del erudito procaz

MODESTO LAFUENTE (1806-1866) NACIÓ EN RABANAL DE LOS CABALLEROS, UN PUEBLO DE LA «CASTILLA LEONESA, O SI SE QUIERE DEL LEÓN CASTELLANO» QUE UNAMUNO MENCIONA ENTRE «LOS ENEASÍLABOS TOPONÍMICOS QUE SE PALADEAN». SU PADRE EJERCÍA ALLÍ COMO MÉDICO DE ESPUELA. divergente

 

Imagen de Modesto Lafuente -

ERNESTO ESCAPA
04/05/2014

Teólogo en los seminarios de León y Astorga, profesor, periodista mordaz, académico, viajero por Europa, diputado liberal y autor de una Historia General de España (1850-1867), que se convierte en monumento historiográfico del diecinueve español. La Historia de Lafuente acuña el arquetipo de la nación liberal, que estará vigente hasta la Segunda República. Tras la primera guerra carlista, los liberales necesitaban un relato histórico para legitimar su enfrentamiento al enrocado tradicionalismo. Esa construcción la lleva a cabo Lafuente, ateniéndose al discurso providencialista de la época, que sitúa a Dios como garante de la libertad nacional, auxiliado por la intervención directa del apóstol Santiago en el difícil trance de la Reconquista. En el edén peninsular confluyen celtas e iberos, dos pueblos complementarios que fundidos en Celtiberia forman el tronco de la hispanidad, del que irán brotando siglos como ramas. Una de sus virtudes más sobresalientes será la capacidad de resistencia frente a los invasores, inspirada por la heroica defensa de la libertad. Numancia es el primero de sus hitos, al que seguirán el aldabonazo de Covadonga y la revuelta de Villalar frente a los Austrias, una dinastía dilapidadora de recursos y energías nacionales.

LA AVENTURA DE FRAY GERUNDIO

La primera contribución de Lafuente fue Fray Gerundio, periódico satírico de política y costumbres, que vio la luz en abril de 1837, para dar la murga todos los jueves hasta su traslado a Madrid, a partir de julio de 1838, cuando se convirtió en bisemanal. El reclamo publicitario de su primer número no podía ser ni más directo ni más pedestre: «Suscríbete, lector, yo te conjuro; / serás amigo mío eternamente, / y ¿en qué mejor podrás gastar un duro?» Su precio era de 18 reales por trimestre, con una rebaja de dos reales para los exclaustrados. Al cabo de un año agotaba los seis mil ejemplares de tirada y como el negocio era próspero, acordó con el impresor la fórmula de encuadernar la colección en volúmenes trimestrales, de los que llegaron a venderse más de quince mil. Para atar bien todos los cabos del negocio, Modesto Lafuente se casó con la hermana de Mellado, que era el dueño de la imprenta, una muchachita doce años más joven que él. Pero no todo eran alegrías para el mordaz frailecico y su lego Tirabeque. La publicación conoció el cierre, su autor pasó por la prisión del alcázar de Segovia y recibió más de un bastonazo del general Prim. El periódico desaparece y Lafuente se da un garbeo por Europa: Viajes de fray Gerundio por Francia, Bélgica, Holanda y orillas del Rhin (1843). Tres años más tarde, publica Teatro social del siglo XIX, y en 1847, Viaje aerostático de fray Gerundio y Tirabeque. Capricho gerundiano. En este libro divulga los hallazgos de la incipiente navegación aérea y simula un viaje en globo de sus personajes que van comentando los avatares políticos de España a vista de pájaro.

UNA NOVELA PORNO

En esos años que promediaban el siglo, su amigo Serafín Estébanez Calderón empezó a incendiar la tertulia con las cartas diplomáticas del novelista Juan Valera, que junto a pedidos rutinarios traían la confidencia de su vida loca por esos mundos. La correspondencia sube de tono al ir destinado Valera a Brasil, donde conoce a la mujer que habrá de convertir su casa «en un perpetuo rabiadero». A estas calenturas corresponde Paca, el relato pornográfico de don Modesto, que subtitula sin tapujos Aventuras femeniles. Cuadro lechoso-jodístico-social. La primera pista de esta obra clandestina surgió en el Catálogo de novelas y novelistas del XIX, de Juan Ignacio Ferreras, entonces profesor en La Sorbona. Ferreras es un galdosiano de Sabero que aspiró al Planeta sin fortuna en 1958 con La última semana de noviembre y volvió de París en los ochenta con cuarenta novelas inéditas en la valija. La ilustra con descaro Eusebio Planas y ve la luz como obra póstuma en Barcelona (1879), después de años de trasiego clandestino por el Madrid cortesano. Con un tono desmadrado, similar al apócrifo La mujer, de Espronceda, o al álbum sobre los desenfrenos del reinado de Isabel II, de los hermanos Bécquer.

Hace unos años, instigado por la pesquisa de esta novela secreta, acudí a Mayorga de Campos con el aval amistoso de don Amando Represa, pariente de los herederos de don Modesto e investido del timbre de director del Archivo de Simancas. Un hijo de Lafuente fue ganadero de bravo y alcalde de la villa del Cea.

En la casa familiar, que ahora es centro cultural, nos recibió su biznieta Lucila Marín, depositaria de numerosos recuerdos del ilustre antepasado. Versos autógrafos, un bastón con empuñadura de marfil y figura de león, sus libros, solemnes fotografías, las medallas y distinciones del prócer. No veía el momento de preguntar por el objeto de mi curiosidad. Visitamos el cementerio que recogió sus restos ciento cinco años después de su muerte en Madrid, hojeé los volúmenes conservados con mimo de su obra y por fin, en la complicidad del crepúsculo, me atreví a balbucear el título que buscaba. Entonces comprendí, sin lugar a dudas, que el libro existía, pero que su mención en aquella casa era un agravio intolerable. Se derrumbó la confianza y salí de allí con la conciencia del impostor, que simula durante horas interés por las grandezas del prohombre pero a la postre no puede ocultar la naturaleza de sus bajos instintos.

   
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