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Diario de León | Martes, 22 de mayo de 2012
JOSÉ ENRIQUE MARTINEZ 08/01/2012
Desde mi punto de vista, y sin desdeñar las palabras del poeta, el gran tema de la poesía de Antonio González-Guerrero es el amor en varias vertientes: el amor espiritual y carnal —el que más páginas y variedad de sentimientos suscita—, núcleo seminal de su poesía, el amor a un Dios presentido, el amor a la tierra de los orígenes, el amor a la familia, a los amigos, al ser humano y el amor a la belleza (natural, corporal, artística); En resumen, amor, Dios, tierra, amistad y belleza. Pero a ese núcleo esencial acompañan temas menores o motivos entrañados en lo humano, como es la vivencia del tiempo y de la muerte, aspecto al que se refieren las líneas que siguen.
Tiempo y muerte, percepciones que caminan juntas en el vivir y el sentir del hombre, son también tema eterno de la poesía; ésta, en sí misma, es tiempo, vive impregnada de temporalidad, según la conocida afirmación machadiana de que «al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada», y conforme a su definición de la poesía como «la palabra esencial en el tiempo». Pero nuestra experiencia lectora nos dice que si en determinados poetas el tiempo es el tema esencial de su poesía, en otros aparece, como tal tema de reflexión, secundariamente, como ocurre en la obra de González-Guerrero, dentro de la cual son escasos los poemas que constituyen una reflexión poética sobre el tiempo y la muerte, aunque aquí y allá nos sorprendan enunciados que aluden al tiempo en poemas de otro ámbito temático. En el primer libro de González-Guerrero, El peso de mi sombra (1980) no es el Tiempo, con mayúscula, una preocupación básica del poeta, sino la búsqueda amorosa, el anhelo de afecto, con los consiguientes desengaños y fracasos. Pero hay composiciones en las que el poeta ha vertido el sentimiento temporal y la constante humana de la muerte, como «Quisiera», donde aparece por primera vez la palabra Tiempo; pero el poema no trata del tiempo, sino que este se inmiscuye en los deseos del poeta, cifrados en esa forma verbal «quisiera»; entre esos deseos, el de ser la hierba «que se deja arrullar por la cristalina escarcha /Alejando de sus venas verdes la tristeza / Del paso amargo del Tiempo, y del suspiro...». De alguna manera, el sentido temporal de estos versos da tonalidad melancólica al poema, al igual que sucede con el titulado «Hastío y libertad». En otras composiciones, el momento del día al que aluden implica tiempo, sin que este sea propiamente el asunto del poema; el ocaso, por ejemplo, puede ser simplemente el marco de un sentimiento, de un hastío, de una soledad o de una ausencia, y no, como en Machado, el símbolo del transcurrir temporal de la vida hacia su acabamiento, lo que no obsta para que en algún caso el descenso del día haga brotar intenso sentido temporal, como en el poema «Va cayendo la tarde». Lo dicho respecto al tiempo es válido para el tema de la muerte. En efecto, el poema puede no tratar de la muerte, pero se nombra, acaso como un rasgo más de deses-peranza. Es en el poema «Borrachera» donde el tiempo y la muerte aparecen como tema total de la composición, con cierto marchamo irracionalista y ampulosidad tremendista.
Recuerdo y esperanza
En ese primer libro, El peso de mi sombra, introduce González-Guerrero un motivo temporal fecundo en su poesía: el recuerdo y la esperanza. Entre uno y otra transcurre el río temporal del hombre. Del lado del recuerdo cae la tristeza y la nostalgia de lo perdido; del lado de la esperanza, las promesas, las ilusiones, los sueños, el futuro próximo o remoto. La unión de recuerdo y esperanza no es, por lo tanto, extraña, ni es tampoco original. Sólo habría que leer a Unamuno, Machado o Leopoldo Panero para apreciarlo en la poesía del pasado siglo. Por su parte, Ortega expresó la relación temporal del pasado y el futuro en su concepción del hombre sucesivo, de la vida como un «hacerse» en el tiempo. El filósofo madrileño vio en el pasado un arsenal de instrumentos y normas para sostener el mañana. La vida sería un vivir en el presente en función del mañana y apoyándose en el pasado. En algunos de los poemas, de forma más o menos patente, aparece, en efecto, la triple faz temporal, es decir, un presente que, cual Jano, mira hacia atrás, hacia el pasado, y hacia delante, la promesa. Ocurre ya en «Dejadnos», de El peso de mi sombra, libro en el que de momento nos hemos detenido, cuya segunda estrofa comienza con estos versos: «Dejadnos dibujar con la piel de los recuerdos / catedrales platerescas de ilusiones». En «No. No hubo infancia», pieza del segundo libro, No le pongas grilletes a la aurora (1982), niega el poeta que en su vida hubiera infancia, juventud y alegría, pero piensa que acaso haya llegado el momento de bucear en sus raíces en busca de «mi identidad perdida», es decir, «de regresar a la hoguera de nieve del recuerdo» y «de convertir la amargura en esperanza», en posibilidad de vida, en promesa, en ilusión.
Si en la lucha u obstinación por vivir, el poeta mira hacia el futuro, en el recuerdo obra inevitablemente la memoria, una memoria activa, dinámica, que, con la ayuda inestimable del olvido selecciona, filtra, reelabora y refigura. El activo de la memoria y lo que la memoria activa es el recuerdo. Memoria y recuerdo son palabras muy presentes en la poesía de González-Guerrero, incluso en los propios títulos de sus libros, no digamos ya de sus poemas; recuérdense los siguientes títulos: Génesis del recuerdo, Memoria de la desesperanza y Recurso a la memoria. Podemos hablar de una memoria personal y de una memoria colectiva. La memoria personal dinamiza los recuerdos propios, por ejemplo en los poemas que evocan la niñez, un amor, una amistad, etc. La memoria supone tiempo: tenemos noción del tiempo porque tenemos memoria capaz de activar las huellas que el paso del tiempo ha dejado impresas en nuestro ser. Cuando hemos perdido la presencia nos queda la evocación, el recuerdo. Realidad y recuerdo no coinciden. Los estudiosos hablan de una memoria selectiva y transformadora. Pero cuando el poeta escribe que «al menos la memoria me acompaña» es porque busca en ella identidad y acaso consuelo, como si el tiempo, aunque ido, de alguna forma permaneciera estancado, o sus huellas impresas en la memoria. En buena medida, los poemas y poemarios de González-Guerrero son elaboraciones poéticas de recuerdos, con lo que tales elaboraciones conllevan de mezcla de realidad y sueño, deseo y aspiración, etc. No hay que olvidar, por otro lado, que a la poesía se ha atribuido la facultad de recobrar lo perdido, de repristinar lo viejo, de salvar del naufragio temporal huellas, imágenes del pasado que alimenten el presente y la esperanza.
El paraíso perdido
La infancia suele identificarse con un paraíso perdido que sólo la memoria puede recobrar; pero el contraste es doloroso, porque aquel paraíso intemporal lo recupera el poeta herido por el tiempo, como expresó magníficamente Luis Cernuda en uno de los poemas en prosa de Ocnos (1942), el titulado significativamente «El tiempo»: «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza (...). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de la niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?». González-Guerrero escribe en uno de los poemas de Bajo la agria luz de los cerezos (1994): «Yo sueño con la esteva y el manzano, / con el cerezo en flor y el buey dormido; / yo sueño con la infancia que he perdido...»: un paraíso soñado y enturbiado por las vivencias urbanas del poeta. Honda inmersión en la memoria de la infancia es el largo poema «Homicidio en Visunia», nombre latino del río Selmo, afluente del Sil, de Recurso a la memoria (2000), que objetiva en tercera persona su visión del niño que fue, viéndolo en el tiempo como otro; a pesar de los cruces temporales, la imagen del espejo nos dice que el poeta habla de ese yo de infancia, de corazón conmovido, triste, misterioso y soñador; «Lo tuve que matar», escribe el poeta, tal vez antes de que al adulto urbano lo mate la nostalgia. Esa nostalgia la alimenta el regreso, en la memoria o en la realidad, e impregna de melancolía los poemas, tonalidad emocional característica de la poesía de González-Guerrero. Algún poema de Bajo la agria luz de los cerezos supone un regreso real del protagonista al paraíso perdido de la niñez, como ocurre en «Es río mi memoria», en el que el caminar del poeta (Burbia, Villafranca, Corullón), en «soledumbre» y «acedumbre», despierta algunos demonios interiores.
Cuando publica Tomaré nuevamente la palabra en 1997, el poeta tiene más de cuarenta años. La juventud ha quedado atrás y el sentimiento temporal de pérdida reaparece en los poemas que a ella aluden; la juventud es también el tiempo de la amistad. Juventud perdida y amistad es tema de poemas como «Aún vive mi memoria en la ventana», del libro citado. En el primero, «junto a la piedra de Cluny» y «ante la puerta del cenobio», el poeta convoca en la memoria a los «amigos de la diáspora», alguno, como Gilberto Ursinos, ya fallecido. El recuerdo acude como compañía. Entre esos recuerdos, el Valle del origen, tan presente en la poesía de González-Guerrero, y los amigos que colman su alma de esperanza y solidaridad. Pero el tiempo ha pasado veloz y sólo en la memoria permanece aquel tiempo que por un momento convoca ante la piedra del monasterio francés.
La que he llamado memoria colectiva origina todo un libro, El país de la nieve (1997); se trata de una memoria patrimonial, pues rescata el patrimonio de un pueblo, la herencia remota y secular, los bienes materiales, históricos, míticos y espirituales que fueron signo de su identidad como pueblo. Un ejemplo paradigmático del rescate de esta memoria poético-patrimonial es Julio Llamazares, que con La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982) llevó a cabo la recuperación de un patrimonio (o memoria) ancestral, mítico y colectivo del norte peninsular, conjugando en un haz el tiempo presente y el pasado legendario por medio de una simbología rural de gran poder evocador; me parece indudable que el patrón rítmico y temático de estos dos libros cimentaron El país de la nieve, lo que no merma un ápice el valor poético de uno de los más excelsos poemarios de González-Guerrero. Como en el caso de Llamazares hay determinadas claves de lectura, como el sueño, la naturaleza, la leyenda e, indudablemente, la memoria: memoria ancestral o patrimonial, evocación de un pasado remoto en el que el Valle es «un lugar para el encuentro», «crisol de júbilo y encanto», «solar de la concordia» donde «todo semejaba al Paraíso»: sueño o ensoñación, pues, del origen primordial, sin culpa y acaso sin tiempo, sin deterioro; memoria, por lo tanto, de una Arcadia en la que el hombre actuaba acordado con las leyes de la costumbre, las labores rurales, los ritos de la tradición y el temor de los dioses. Pero en el canto XIII y los que siguen, esta concordia idílica es devastada por la venganza y el crimen. El Paraíso desembocó así en el devenir temporal de la destrucción y la dispersión; también el lenguaje será objeto de división, una Babel; se perderá así el signo de identidad del pueblo y de la memoria ancestral cuando se destruyan las leyes de la raza y suceda la devastación y la diáspora. Las apelaciones a la memoria son continuas en El país de la nieve, sea memoria de un jardín, de un valle mítico o de su asolamiento. El Valle, que remite a un Bierzo constituido en símbolo del Paraíso soñado y perdido, cayó también en el tiempo, que fue destruyendo ese mundo de concordia secular que permanece en la memoria colectiva como un patrimonio que los bardos, los poetas deben preservar, escribiendo «en pugna contra el tiempo». Esa escritura tiene potencia genesíaca pues creó o soñó «el país de la nieve» donde todos hallamos acogida, pues todos lo podemos soñar.
La muerte propia
y la de los amigos
Si la dispersión acabó con la identidad de un pueblo, la memoria y el tiempo individual desembocan en el mar de la muerte. A semejanza de la distinción entre memoria personal y memoria patrimonial, podemos diferenciar en este caso la muerte propia y el sentimiento por la muerte de los otros, que en el caso de González-Guerrero se expresa especialmente en relación con la desaparición de los amigos.
Respecto a la muerte personal, me referiré a una pieza imbuida de sentimiento mortal: «Será al amanecer», de Poemas del corazón ausente (1991); el amanecer es el ámbito temporal en el que fija el poeta, vallejianamente, el momento de la propia muerte: «Será al amanecer. Hacia las ocho, / después del tercer canto de los gallos...»; prevé el tañido de campanas por su muerte, que supondrá la disolución de sus sueños en la nada y expone sus deseos: «No quiero llantos, / ni luto, ni siquiera un miserere: / sólo un iris azul en la mortaja / y una fuga en allegro de Cristóbal...», en alusión a Halffter. El poeta compone incluso su epitafio: «Buscando estuve a Dios en los confines / del amor, y el amor abrió mi fosa. / Ahora estoy con Dios y en paz conmigo». Es éste, además, un poema formidable, represado en lo emocional por la sujeción al endecasílabo, y sobrio dentro de un libro que no lo es.
Los amigos también mueren. Pocos poetas han cantado la amistad con la complacencia, la fruición y el sentimiento de González-Guerrero. Celebró la amistad como uno de los dones más altos de la vida. Cuando la muerte los arrebataba, lo sentía con dolor también de muerte, como percibimos en la lectura del poema «Desheredado y frágil en mi hombredad de siglos», de Tomaré nuevamente la palabra, elegía a la muerte de un amigo del poeta, Rafael Fernández Pombo. Los poemas más intensos en relación con la muerte de los amigos los leemos, sin embargo, en Pentagrama de junio (1999), libro en el que la muerte de aquellos se asocia dramáticamente con la droga y el sida, como leemos en el poema «Sólo diré que en junio nos llegó la noticia», historia tenebrosa de distintas muertes por tales circunstancias u otras a ellas asociadas. La muerte que, en este sentido, parece que tocó con mayor intensidad emocional las fibras del poeta fue la de Roberto Espí, fallecido en 1997, dos años antes de la publicación del poemario en 1999, cuya evocación pauta buen número de poemas. El más perturbador de los poemas que lo evocan es «Donde el poeta, para animar al amigo que está enfermo de muerte, le recuerda un antiguo y ambicioso proyecto»; es un poema con formato de carta amistosa en la que el poeta pretende renovar la ilusión del amigo negándose a hablar de la muerte, «que trae mal presagio», a favor del amor. Pero las circunstancias obligan, y el poeta confesará –Pentagrama de junio en su totalidad arbitra un tono confesional amistoso- aspectos de su salud, de la evolución de su enfermedad e implica al amigo en la posible muerte del uno y del otro, con voz ciertamente testamentaria.
Cumplido el ciclo vital de Antonio González-Guerrero, tras su muerte aparecieron, como ya ha quedado dicho, dos libros póstumos que él había dejado preparados para la publicación, que tuvo lugar en 2007: A humo de pajas y, el que aquí nos interesa, O no cabe la luz. En uno de los poemas del segundo libro, el poeta se detiene a meditar sobre el tiempo. Se titula la composición «Tiempos diversos». Es una novedad, puesto que como hemos ido atestiguando, más que reflexiones sobre el tiempo había en sus poemas constataciones o melancolía por la fluencia temporal. Parece claro que el libro respondió a distintos estados emocionales, lo que explicaría los varios registros temáticos del mismo: la amistad, el amor, la actitud del yo ante el mundo, etc. Pero cobran relieve las preocupaciones existenciales ante la muerte. En los últimos años de la vida del poeta, la enfermedad y sus derivaciones lo venían acosando. Era lógico que un poeta como él, para quien la poesía era el cuenco en que vertía amor, soledad, recuerdos, amistad y esperanzas, diera cabida también a sus rumias interiores, murrias y preocupaciones, más aún si la poesía acabó acercándose a lo confesional, como sucede en sus libros últimos, o al menos en poemas concretos dirigidos a amigos y confidentes. En esta etapa última de la vida de Antonio González-Guerrero, la soledad ante lo que presentía y los presagios agoreros revuelan en sus versos. Me centraré en un único poema, el titulado «Comienzo por citar a Pedro Antonio», que va dedicado «A Gerardo Diego en el cementerio de Pozuelo de Alarcón, su última y definitiva morada». La meditación del poeta de Corullón ante el sepulcro del poeta del 27 expresa un sentimiento de deses-peranza: «Tanta luz para qué, Gerardo, dime, / si es de noche en los ojos, y en la tierra / húmeda del dolor crujen las sombras / como un río de fuego, inmensamente». Lo único válido es la certeza de la muerte que preside el ámbito y la meditación del poeta. No es extraño que, al marchamo meditativo que anida en la poesía de este libro póstumo, O no cabe la luz, lo impregne la tristeza propia de aquel a quien va poseyendo, ola a ola, el presagio de la cercanía de la muerte. No cabe duda de que esa tonalidad emocional se proyecta, o la proyectamos los lectores, sobre la poesía toda de Antonio González-Guerrero en forma de neblinosa melancolía.

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