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Centenario del nacimiento de Ramón Carnicer (1912-2012)

En marzo del año 2000 la Universidad de León concedió el título de Doctor Honoris Causa a cuatro escritores españoles y leoneses: Eugenio de Nora, Antonio Gamoneda, Antonio Pereira y Ramón Carnicer. Este último, con el ánimo decaído por la edad, no acudió al acto, pero envió su «discurso de incorporación al Claustro de Doctores» de nuestra Universidad, que pronunció su mujer Doireann MacDermott. Con motivo de celebrarse el centenario del nacimiento del escritor villafranquino (que fallecería en Barcelona el 29 de diciembre de 2007) recuperamos las palabras de aquel acto, tanto las que lo apadrinaron, como el mencionado «Discurso» del apadrinado.1397124194

 

Ramón Carnicer decidió clausurar su etapa docente en 1972 para dedicarse únicamente a la literatura. - DL

JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
22/01/2012

Ramón Carnicer fue apadrinado por el autor de estas páginas conmemorativas con las siguientes palabras de elogio y petición del doctorado honoris causa:

Magnífico y Excelentísimo Señor Rector, Excelentísimas Autoridades, Señores miembros del Claustro de Doctores, Señoras y señores.

Ramón Carnicer Blanco nació en Villafranca del Bierzo en 1912. Allí estudió bachillerato elemental, no pudiendo continuar sus estudios por razones económicas. En 1932 obtuvo plaza por oposición en el Cuerpo Técnico de Correos, trabajando en León, Salamanca, Jaca y Fraga durante la guerra civil, y después en Barcelona, donde compaginó trabajo y estudios de Filosofía y Letras, hasta licenciarse en Filología Románica, con la calificación final de sobresaliente, en 1939. A partir de ahí comienza su colaboración con la Universidad, primero como ayudante de clases prácticas, después como encargado de curso de la Historia de la Lengua y la Literatura Españolas en la Facultad de Barcelona. Entre medias, años 50 y 51, disfrutó de sendas becas de estudio en la universidad de Ginebra, concedidas por su École d’Interprètes. En 1952 fundó en su facultad barcelonesa el Curso de Estudios Hispánicos para extranjeros, en el cual actuaría siempre como profesor de legua española. Fundó también, en la Universidad de Barcelona, la Escuela de Idiomas Modernos. Entre 1953 y 1960 fue Becario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, doctorándose el último año con una tesis sobre el poeta catalán, pero escritor en castellano, Pablo Piferrer. En 1968 fue profesor visitante de la City University de Nueva York. Al año siguiente renunció a sus cargos y encargos en la universidad de Barcelona y aceptó el nombramiento de agregado interino en la Universidad de Zaragoza, donde reorganizó de nueva planta su Instituto de Idiomas. Durante el curso 1970-71 tuvo contrato como profesor agregado de la Universidad Autónoma de Barcelona, con la misión específica de proyectar su Escuela Universitaria de Traductores e Intérpretes; en 1972, por fin, decidió clausurar su etapa docente para dedicarse únicamente a la literatura. Habría que añadir que, por decisión personal, nunca quiso realizar oposiciones a ninguna categoría docente; al igual que en el campo científico y literario, tras obtener el premio Menéndez Pelayo del CSIC por su obra Vida y obra de Pablo Piferrer y en 1962 el importante premio de cuentos «Leopoldo Alas» a su libro Cuentos de ayer y de hoy, decidió no volver a presentarse personalmente a premio alguno. Aún así, ha sido distinguido con la Cruz de Alfonso X el sabio por su labor docente y cultural, así como con la Medalla al Mérito Cultural del Gobierno italiano.

A las actividades académicas que he glosado, deberíamos añadir que Ramón Carnicer ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales, ha dado al pie de un centenar de conferencias en universidades, ateneos e institutos culturales de diferentes ciudades españolas y extranjeras (Suiza, Austria, Alemania, Estados Unidos...), ha traducido libros del francés, el inglés y el alemán, ha colaborado con monografías, ensayos, artículos y cuentos en más de ochenta revistas y periódicos de España y del extranjero, que partes de sus libros han sido incluidas en más de veinte antologías, cuatro de ellas en Suecia, Francia, Estados Unidos y Alemania respectivamente, y que sobre sus libros han aparecido más de cuatrocientas cincuenta reseñas y artículos en revistas especializadas y en la prensa española y extranjera, a la vez que su obra es mencionada o estudiada en más de 200 libros, tratados y enciclopedias.

Su obra literaria

Quiero referirme ahora a su obra literaria, sin duda la actividad vital de Ramón Carnicer que mayor interés reviste en el presente. La labor literaria de Ramón Carnicer se fraguó inicialmente en la importante revista Laye, de Barcelona, al lado de personalidades como Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Manuel Sacristán, Alberto Oliart, los Goytisolo, Gabriel Ferrater y otras figuras indiscutibles de la intelectualidad del momento.

Carnicer es autor de cuentos y novelas, biografías, ensayos, investigaciones lingüísticas y libros de viajes. Cité ya los Cuentos de ayer y de hoy (1962), llenos de humanidad, inteligencia, amenidad y visión satírica. Recientemente, en 1998 publicó un segundo volumen de cuentos, Pasaje Domingo. Una calle y 15 historias. Citemos, además, sus cuatro novelas, Los árboles de oro (1962), de carácter autobiográfico, en la que revivió los momentos más ilusionados de la adolescencia y cuya sustancia podría resumirse en la conclusión de que «un ideal no alcanzado, pero profundamente sentido proporciona a la voluntad estímulos superadores, bien al contrario que la novelística de entonces, repleta de falsas angustias y de dudosos nihilismos». Seguirían También murió Manceñido, crítica satírica de cierto mundo universitario, en el que los protagonistas, cultivadores fríos de la razón, construyen un mundo artificioso, al margen del pueblo, de la naturaleza y del instinto. Todas las noches amanece y Las jaulas son sus otras novelas, la última en torno a las causas que llevaron al fracaso colonial español en el pasado siglo.

Quizá sea la literatura de viajes aquella en la que mejor reconocemos al Carnicer escritor, sin duda porque su primer libro de viajes ha sido polémico y justamente celebrado; hablo de Donde las Hurdes se llaman Cabrera (1964), que ha conocido ya cinco ediciones. La crítica ha subrayado su carácter magistral y seguramente que ninguno de los libros del escritor suscitó, a su publicación (y a pesar de las reacciones hostiles de los poderes civiles y eclesiásticos del momento) tantos comentarios favorables, y ninguno ha sido después objeto de tantos estudios y atenciones, siendo texto inevitable dentro de la literatura de viajes y de las antologías del género. Con información previa sobre la Cabrera, Carnicer relata lo que ve y oye con una precisión y una seriedad suavizada por el fino humor, muy propio del gusto del escritor. El lector tendrá una visión ajustada del abandono y la miserias de la zona. La Cabrera, hoy, ha cambiado en parte, pero no el valor testimonial del libro, ni su valor literario, deducible del interés con que se sigue leyendo. Pero la fama de dicho libro no puede ocultar los restantes libros de viajes del escritor, algunos como Gracia y desgracias de Castilla la Vieja ciertamente admirable en su empeño por destruir viejos e infundados tópicos, y lo mismo puede decirse sobre Las Américas pensinsulares. Viaje a Extremadura, intento logrado de conocer mejor aquella región, o el reciente, de 1995, Viaje a los enclaves españoles, sin que falte una referencia al extranjero en Nueva York. Nivel de vida, nivel de muerte, sobre la gran ciudad, combinando objetividad y visión personal.

Cuatro libros ha dedicado Carnicer al estudio del lenguaje: Sobre el lenguaje de hoy (1969), Nuevas reflexiones sobre el lenguaje (1972), Tradición y evolución en el lenguaje actual (1977) y Desidia y otra lacras en el lenguaje de hoy (1983). Con escasas excepciones se componen de artículos publicados en La Vanguardia a partir de 1966, que usó como tribuna correctora de la degeneración que en todo momento acosa a las lenguas y una comprensión de sus cambios como resultado de su propia vitalidad. No son libros académicos, sino una reflexión sobre el lenguaje, sin que falte un fino humor que evite el tedio de la doctrina que inevitablemente acompaña a la función correctora de errores, confusiones, caprichos, incoherencias, modas efímeras y extranjerismos innecesarios.

De sus estudios, me gustaría incidir en dos libros que son fruto de un esfuerzo considerable y de años de trabajo. El primero en el tiempo, Vida y obra de Pablo Piferrer (1963), correspondiente a su tesis doctoral. El segundo, Entre la ciencia y la magia. Mariano Cubí (1969), personaje que fue el introductor de la frenología en España y cuya vida y actividades investigó y describió Carnicer con un detallismo admirable, hasta el punto de ser considerado por el autor como «mi mayor esfuerzo en el oficio de escribir», con casi 500 página repletas de amenidad, humor y penetración; el profesor Mainer diría de él que «nos hallamos ante uno de los mejores libros en prosa de nuestra literatura reciente».

Otros títulos

Añadamos otros títulos: Las personas y la cosas (1973), Del Bierzo y su gente (1986), Sobre esto y aquello (1988), El pintor leonés Primitivo Álvarez (1997), Cronicón berciano (1998)... Y además sus dos volúmenes de memorias, Friso menor (1983) y Codicilo (1992).

A pesar de esta labor aparentemente heterogénea, es posible encontrar características comunes a unas y otras obras. Carnicer es un escritor que toma su tarea con absoluta seriedad, sin ceder un milímetro a la frivolidad o a la retórica vacía. Interesado por todas las cosas que atañen al hombre, a la vida, al entorno y a la historia, bucea en ellas con curiosidad insatisfecha y con un esfuerzo inquebrantable, de forma que detrás de cada una de sus obras hay una ardua labor de información y documentación; sólo así dará Carnicer su bien fundada opinión personal, fruto de la información y la reflexión; tal opinión destaca generalmente por la no fácil aceptación de lo consabido y por la crítica aguda, firme y valiente de las máscaras que justifican vilezas y maldades; la búsqueda de la verdad bajo las grandes palabras da a su obra un encomiable sentido de autenticidad. Su permanente actitud crítica es la de un intelectual responsable, necesitado de interpretar públicamente la época que le ha tocado vivir, combinando lucidez e ironía. Su actitud crítica abarca al mundo entero, porque por encima de patrioterías o de nacionalidades grandes o pequeñas, él se siente ciudadano del mundo, hombre de preocupaciones universales que se expresa en un estilo impecable, cuya nota más relevante pueden ser la corrección, la precisión y el rigor, con la razón vigilando siempre los desmanes de la emoción o la pasión. Seriedad, responsabilidad, actitud crítica y firmeza pueden dar la imagen de un hombre riguroso consigo mismo y con lo demás y de un autor exigente con el lector; por el contrario, Ramón Carnicer es hombre entrañable, cariñoso, conversador y amigo de sus amigos; y su literatura tiene la virtud de la amenidad, aderezada con el humor y una ironía inconfundibles.

Discurso de Ramón Carnicer

Excelentísimo Señor Rector, Ilustre Profesorado, Señoras y Señores.

Mis primeras palabras no pueden ser sino de agradecimiento a la Universidad de León y al Colegio de Doctores del Distrito por honrarme con el nombramiento de doctor honoris causa. Muy en particular estoy agradecido al profesor José Enrique Martínez que tanto se ha molestado en

reunir datos sobre mi persona y labor, expuestos con la benevolencia y el afecto propios de nuestra ya vieja amistad.

Desde hace muchos años soy doctor por la universidad de Barcelona, donde hice mis estudios y donde actué como profesor durante muchos años también. Parodiando los latines de la distinción con que hoy se me favorece, diré que el de Barcelona fue un doctorado laboris causa, es decir, producto de una tesis elaborada a lo largo de cinco años. Tal doctorado, distinguido como Premio Extraordinario de la Facultad y luego con el Menéndez Pelayo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se atenía exclusivamente a un libro, el resultante de la tesis, sin referencia a consideraciones de índole personal. En este que ahora me concede la universidad leonesa, me hago la ilusión de que se consideran los veinticinco libros que he publicado, mi comportamiento civil a lo largo de mi vida y una labor académica encaminada, dentro de mi esfera de acción, a la apertura de la Universidad de Barcelona al exterior mediante becas e intercambio de alumnos con universidades extranjeras que reiteradamente visité. De aquí que este doctorado leonés me parezca más alto que el de la universidad de Barcelona. A ello se une el hecho de serme otorgado por la universidad de mi provincia. Este factor sentimental no excluye que, lejos de patriotismos menores, considere también mías todas las que componen España, palabra esta última sustituida por algunos sectarios del nacionalismo por circunloquios tan ridículos como el de «el Estado español». Igualmente me considero solidario de todos los seres humanos; es decir: soy ciudadano del mundo.

En León hice una parte del bachillerato como alumno libre de aquel Instituto —el único entonces de la provincia— instalado en un interesante edificio modernista hoy derribado y sustituido por otro que no es, en lo urbano, motivo de placentera contemplación. Recuerdo a muchos de sus profesores, competentes, honrados y de talante liberal, como lo era entonces esta ciudad. De ellos y para abreviar mencionaré sólo a Santamaría, el de Lengua y Literatura; a Romero Flores, el de Filosofía, y al de Matemáticas, don Hugo Miranda.

Aquel talante era sin duda eco de la Institución Libre de Enseñanza —surgida en Madrid frente a la arbitrariedad de un ministro autoritario e incompetente—, Institución que tan grandes frutos dio a la ciencia, las letras y las artes españolas y que tuvo amplia repercusión en nuestra provincia en la persona de Sierra-Pambley y en la Fundación de su nombre, activa aún en los momentos actuales. En mis dos años de residencia en León, entre 1934 y 1936, aún quedaban con otros muchos y como muestras relevantes de aquel espíritu liberal el abogado Publio Suárez y dos descendientes de don Gumersindo de Azcárate: Pablo, compañero de Ortega y Gasset en la candidatura a las Cortes Constituyentes determinadas por la caída de Alfonso XIII; y Justino, con cuya amistad me honré. Por cierto que Ortega, elegido a la vez en las provincias de Jaén y León, optó finalmente por representar a la nuestra.

A todos los mencionados hasta aquí les complacería ver que junto al entonces único instituto de la provincia existen hoy muchos otros a lo largo de toda ella y una universidad pujante y progresiva, gracias en buena parte al tesón y capacidad del rector Santoyo.

Uno cree que, frente a la primacía de lo económico y frente a la voracidad del capitalismo inclemente de los tiempos actuales, la universidad de León empalma con el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y hace suyo el sentido ético y desinteresado que la caracterizó, todo ello desde la libertad, sin la cual no es posible el pleno ejercicio de la ética ni la manifestación de la verdad, tan necesaria en una época en que las consideraciones económicas y el poder a cualquier precio han desterrado la lucha ideológica que debiera presidir la acción política.

Finalmente, lamento mucho que mi cuarteada salud no me permita estar presente en un acto que tanto me honra. Lo estoy en la persona más importante en mi vida, Doireann MacDermott –catedrática de universidad hoy jubilada- con quien a lo largo de casi medio siglo he compartido ilusiones, horas felices y horas preocupantes, siempre compartidas como patrimonio común y siempre amparadas por una mutua y segura fidelidad. En este orden he sido afortunado.

«En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño», dijo don Quijote en sus postrimerías. La vejez sólo se comprende cuando se llega a ella. Aceptar sus limitaciones no es muy llevadero para quien tuvo un vivir muy activo y un entendimiento colaborante de la amistad, voz emparentada con esta otra: amor. Vayan el contenido de la una y de la otra para quienes, en la parte que me toca, han querido estar presentes en este acto.