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tesi rivera narradora

«China me atrapó»

No se puede ser creativo en un mundo sin alma, en el que el valor primordial es el dinero

alfonso garcía
15/12/2013

 

Originaria de Sahagún, Tesi Rivera Blanco pasó su infancia y juventud en León. Profesora universitaria en diversos centros, reside en Barcelona desde 1987. Colabora en diversas revistas literarias y medios de comunicación. La publicación de la novela Regreso a China es una ocasión para abrir la mirada a los mundos literarios de esta escritora leonesa.

—Acaba de publica ‘Regreso a China’, una novela que podemos calificar como novela de viajes, un descubrimiento de paisajes y costumbres de aquel país asiático. ¿Se fortalece así la trama?

—Regreso a China es un doble homenaje: a China y a mis orígenes. El nombre del protagonista, Ricardo Sahagún, no es casual. En Sahagún se desarrollan mis primeros años de vida y mis primeras experiencias. Por otro lado, en mi primer viaje al país asiático descubro China, como país y como escenario en el que se movían un número infinito de seres incomprensibles para mí, un mundo nuevo y exótico lleno de incógnitas que necesitaba resolver. Quedé fascinada por los increíbles paisajes de Guilin, por el conocimiento de sus costumbres ancestrales, tales como la imposición del hijo único, o el respeto y la preocupación por los mayores y deseé conocer a fondo ese enigmático país. Todo me sorprendía, pero cuanto más ahondaba en sus costumbres y en su cultura, más atrapada me sentía.

—Mei, la mujer de la que se enamora el periodista Ricardo Sahagún, regresa a China a cumplir una obligación. ¿Qué relación tiene con la tristemente Plaza de Tiananmen?

—Mei es la coprotagonista de la novela. Tanto Ricardo como ella son meras disculpas para poder recrearme en la historia de China y más concretamente en los sucesos acaecidos en la Plaza de Tiananmen el 5 de julio de 1989. Aún recuerdo, yo ya no era tan joven, las noticias que llegaban a España de la rebelión que se había adueñado de la Plaza. Entonces China era un país muy ajeno a nosotros y lejano. Pero el hecho de que la revolución fuera iniciada por estudiantes me hizo prestarle una atención especial y seguir las noticias a través de los medios de comunicación. La imagen de aquel joven abriéndose la camisa delante de los tanques en la Plaza de Tiananmen permanecía en mi subconsciente y, cuando visité Beiging, escuché su deseo de salir y de que le hiciera volver a la actualidad. Fue una especie de compromiso lo que sentía con aquellos sucesos. Así surgió Mei. La necesitaba para contar en directo lo que había sucedido.

—¿El hecho de contar en primera persona afianza la seguridad de moverse por escenarios conocidos?

—Sí, claro. Todo lo que contamos los escritores tiene algo de autobiográfico. Porque lo hemos vivido, o porque nos lo han contado. Como he dicho, China me impactó. Despertó en mí un sentimiento hasta entonces desconocido que me hizo sentir a gusto en aquellos ambientes, relajada ante sus paisajes, y contenta de ir desentrañando unas costumbres y unas formas de vida tan opuestas a las nuestras. Estoy convencida de que solamente se puede escribir con verdadera pasión y sentimiento sobre lo conocido.

—Usted cultiva la literatura infantil y juvenil, un género tan atractivo pero tan delicado, al que muchos llegan con un aire moralizante que atufa. ¿Dónde cree usted que está la clave de la buena literatura infantil y juvenil?

—A mí, la literatura infantil y juvenil me llega como una necesidad. Me gusta que los niños entiendan y disfruten de mis historias, pero sin pretensiones. Nunca he querido dar una lección. No sabría hacerlo. Creo que la clave para hacer buena literatura infantil y juvenil es que el objetivo sea entretener. Si se consigue, el resto viene por añadidura.

—En ‘Ilce’ se mete en la piel de las esculturas y nos cuenta, lo que supone una incursión nada convencional en el mundo del arte. ¿Es una buena fórmula el acercamiento a este mundo a través de la novela?

Ilce es mi primer libro para niños y fue escrito en unas circunstancias especiales. Tenía que ver la luz un día de Sant Jordi para regalarlo en el Colegio de mis hijos. En casa siempre nos ha gustado el arte y tenemos el privilegio de vivir rodeado de seres, inertes para la mayoría de la gente, pero no para nosotros. Nuestras esculturas forman parte de la familia, incluso hablamos de ellas por sus nombres y las queremos. Además, mi hija, que entonces tenía 7 años y ya era aficionada al dibujo, fue la ilustradora, dotando al libro de un encanto y de una ingenuidad muy especial.

—Las obras de arte vuelven a ser protagonistas en ‘Dione, un Picasso entre piratas’. Un mundo de intriga, misterio y aventura se dan cita en estas páginas. ¿Son los ingredientes básicos para crear una buena obra para jóvenes lectores?

—Una buena historia siempre tiene que tener esa serie de ingredientes: intriga, misterio, aventura. Y esa también es la fórmula que utilizo para acercar el arte a los niños. Que parezca un juego para que un mundo normalmente frecuentado por adultos, pueda parecer atractivo a los más pequeños. En ese mundo mágico de mis novelas, las esculturas piensan en voz alta y se intercomunican no solo entre ellas, sino que pueden hacer llegar sus añoranzas a los protagonistas de las historias, provocando en ellos una complicidad que les incite a quererlas y a valorarlas. Los protagonistas, tanto humanos como obras de arte, son los mismos. Ambas historias forman parte de una colección, ‘La tortuga voladora’, y algún día habrá otros títulos.

—¿Qué cualidades debe reunir un buen relato?

—Un buen relato tiene que ser rápido y ágil para que atrape al lector y nunca le deben faltar esos ingredientes que decíamos antes: magia, intriga, misterio y una pizca de malicia, de sensación de chisme. Nace de una idea, de una impresión fugaz que se materializa como una explosión espontánea.

—Su narrativa breve está dispersa por numerosas revistas literarias, aunque parece que este medio reduce cada vez más su presencia por culpa de la crisis. ¿En qué medida está afectando la crisis a la literatura?

—Efectivamente, la crisis está afectando y mucho a la literatura y no solo por los tan cacareados temas económicos, los recortes, las prioridades, que tan aburridos nos tienen. No, para mí el mayor obstáculo que hay en estos momentos es la falta de inspiración. No se puede ser creativo en un mundo sin alma, en el que el valor primordial es el dinero y hemos llegado a un punto muerto en una sociedad vacía de valores. Tenemos mucho camino por hacer. Recuperar la fe en nosotros mismos y buscar otros modos de vida radicalmente opuestos a los que hemos tenido hasta ahora y que, como se ha demostrado, no son válidos. Es posible que cuando todos admitamos el giro que debe dar la sociedad y aceptemos nuevas estructuras, la literatura resurja más fortalecida.

—Una serie de relatos inquietantes conforman ‘Otra mirada’ ¿Qué es lo que realmente inquieta actualmente al ser humano?

Otra mirada es un conjunto de relatos lleno de sentimiento en los que casi nada es accesorio. La temática es dura: los estragos que un accidente de moto producen en un joven, las reacciones de un niño con síndrome de down, el desgarro de una madre que pierde a su hijo, la mirada extraviada de los que no tienen voz en una sociedad llena de ruido, los desastrosos resultados del abuso de la cirugía estética, la poca atención que se presta a las personas mayores consideradas como seres «no útiles» para la sociedad, o los cuadros, esa metáfora del arte siempre omnipresente en mi obra, donde grandes cantidades de pintura avanzan sin remedio apoderándose de todo, incluso del propio pintor. Sin embargo, el ser humano siempre busca resquicios y salidas, y, gracias a ello, el final de estos cuentos, duros, pero reales, queda abierto a la esperanza.

 

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