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le big mac

Clase turista

 

nacho abad
02/09/2018

Escribir es buscar en las profundidades de uno mismo para encontrar algo sobre lo que escribir. En el mejor de los casos uno vuelve con una historia. En el peor, con un cuadro clínico. Yo casi siempre regreso de allí abajo con hambre. Una vez también encontré una anécdota graciosa, varios deseos no consumados y algunas fantasías faltas de imaginación, pero con eso no hay forma de escribir un relato. Al menos un buen relato. Para escribir un buen relato hace falta un mensaje, algo que aportar a la existencia de los demás, y yo sé más de videojuegos que de las trampas del alma humana, y eso que hace más de veinte años que no uso videojuegos. Quien recomienda leer para mejorar la escritura sabe que la lectura no mejora nada, pero salva a menudo algunos obstáculos. Por ejemplo, este artículo. Vuelvo de vacaciones sin nada que contar, así que acudo a mi biblioteca y cojo un libro que he leído y otro que tengo pendiente y los ojeo. De uno de los dos, no sé de cual, cae a suelo un billete de avión Varsovia-Madrid a mi nombre con fecha de hace un año. Me sorprendo y me extraño, porque yo nunca he estado en Varsovia. Además, hace un año mi mujer estaba apunto de dar a luz. Debe ser un error, supongo, pero sospecho que hay algo más, así que busco en mi ordenador, y en mi correo electrónico encuentro que la compañía aérea me envió ese billete unos días antes del viaje, previo pago. También hay una carpeta con fotografías que yo subí a una red social un mes después, pero que veo ahora por primera vez: el monitor de una puerta de embarque anunciando el destino, varios lugares emblemáticos copados por turistas, una mano sujetando una copa de vino en una terraza, objetos antiguos en un mercadillo, y al fin un selfie en el que aparecemos mi mujer y yo sonriendo, en una pequeña plaza del casco antiguo de Varsovia. Pero yo no me reconozco. Hay algo en el rostro de ese señor que no me pertenece. ¿Cómo he podido olvidar este viaje, todos estos lugares? Valoro entonces la hipótesis de que ese hombre no sea yo, sino mi doble. Él es mi doble y me ha reemplazado. Pero la siguiente fotografía aparece junto a mi mujer en el avión, en sus asientos de primera clase. El doble soy yo, pienso entonces. Yo soy el usurpador. Yo que siempre he viajado en turista.

   
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