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Donde habitan los sueños

l El fiscal de menores emprende un viaje hacia las islas literarias que esconden tesoros infantiles. Filandó n nos sumergimos con avelino fierro en las aguas de las primeras lecturas, las que marcarán para siempre los recuerdos, los anhelos, las fortalezas y las ‘posadas morales’ con las que enfrentar la vida «Lo que nosotros hemos imaginado nos impregna más que lo que hemos visto», destaca Fierro «Los libros leídos no sólo nos proporcionan un pasado alegre y aventurero, sino que iluminan nuestro presente» «Durante toda la vida, también en los momentos malos, anidarán en nosotros los recuerdos de la infancia»

cristina fanjul
15/01/2017

 

No tengo buen recuerdo de mis lecturas de pequeño. Había en casa pequeños libritos con más imágenes que texto. Recuerdo que varios estaban troquelados. Pero sí me acuerdo bien de que unas navidades —tendría yo nueve años— tuve que estar unos días en cama y mi madre trajo un libro con las aventuras de los proscritos, un Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y aquello me enganchó de tal manera que luego, con ese afán coleccionista que suele darse en todos los niños, compré la colección completa en la modestísima librería del barrio». El fiscal de menores, Avelino Fierro, se ha pasado toda la mañana recordando conversaciones, haciendo apuntes a pie de página y citando versos de Gil de Biedma. Y eso que al principio, como él mismo escribió, estuvo a punto de mandarme a paseo. Sin embargo, una vez que probó el agua, me tiró con él a la piscina, o a la charca, por seguir con la imagen utilizada para referirse a la intrahistoria de este artículo que el fiscal y escritor publicó en su Querido Diario de Tamtampress. Así que, Avelino, te hago caso, y comienzo este reportaje con ese verso grande del grande Gil de Biedma: «Lee como lee un niño para intentar comprender la vida, imaginándola, y para consolarte de ella».

Les pongo en antecedentes. Escribí hace tiempo a Avelino Fierro para hacer con él un reportaje sobre la importancia que la lectura tiene en la forja de la infancia, el lugar donde habitan los sueños y los monstruos, ese lugar al que queremos acudir cuando queremos estar donde alguien nos quiera más que a nadie... Quería que me transmitiera que, en una época marcada por la cultura digital, resulta capital volver la mirada hacia el libro, perdón, hacia la cultura literaria, la auténtica revolución civilizadora, para comprender hasta qué punto las vidas que un niño puede sumar a la suya a través de la lectura marcarán de manera irremediable su paseo por la vida. Así que Avelino Fierro —autor de los celebrados Una habitación en Europa y Ciudad de sombra— me dice que con que convenzamos a media docena, el mundo habrá cambiado. «Seremos menos ensimismados y menos egoístas», me dice. Entre sus lecturas de niño destaca a Enid Blyton, a Robinson Crusoe y a Miguel Strogoff, y me asegura que al poco saltó a lecturas más comprometidas: «Entonces pasé, sin ningún miramiento ni consejo, a los libros —pocos, como de cartilla de racionamiento— que había en casa: La hora 25, Cuerpo y Almas, Las mil mejores poesías de la lengua castellana, Un millón de muertos, Guerra y Paz… y novelas que mi padre pedía por correo a una editorial barcelonesa...».

Describe los libros de su nieta Libertad, Un regalo diferente, de Marta Azcona, publicado por la editorial Kalandraka, otros cuantos de Jimmy Liao, algunos de Takatuka, y está esperando al cuento que editará Toño Amado. Subraya que, aunque le gustan, es más partidario del texto sin muchas distracciones cuando los niños ya empiezan a leer de corrido. «Lo que nosotros hemos imaginado nos impregna más que lo que hemos visto. Aunque reconozco la tiranía de las imágenes. Aquí siempre recuerdo esas andanadas de Sánchez Ferlosio contra Walt Disney, al que llega a tildar de máximo corruptor de menores de este medio siglo», dice divertido. Y, entre col y col, lechuga, el escritor sostiene que, en estos tiempos, la labor de los padres es esencial, como la de los maestros. «Mi amiga Lourdes Zapico, profesora de instituto, me dice que hoy se lee de forma desigual, como lo hacían los jóvenes de su generación. Unos leen por gusto desde pequeños y otros no, y lo hacen por obligación cuando se lo mandan. Y odian leer, porque son lecturas obligatorias, sin explicar, sin contextualizar». Por eso, Avelino Fierro defiende que los padres han de leer con sus hijos, buscar rutinas y lugares para hacerlo, hacerles ver que, en modo alguno es una obligación y que se conviertan en modelos a imitar. «No sirve todo y por eso es importante elegir buenas lecturas para los niños. Ah, y visitar con ellos librerías y bibliotecas».

Y, tras nuestra larga conversación, con apuntes a pie de página, recordatorios de citas y recomendaciones bibliográficas, me envía un bellísimo texto de la obra de Ricardo Moreno Castillo, De la buena y la mala educación, en la que el autor nos ofrece pistas para lograr que los niños adquieran el hábito lector y explica la razón por la cual no hay mejor alimento que la literatura: «Los libros leídos —dice el autor— no sólo nos proporcionan un pasado alegre y aventurero, sino que también iluminan nuestro presente». Y en este punto, en el que ya hemos hablado de El Principito —«lo verdaderamente bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo—, de Moby Dick o de La isla del tesoro, esa que Fernando Savater asegura que está trillada por los anhelos y sembrada por la imaginación, me recuerda Avelino que la que de verdad sabe de esto es su cuñada, Teresa Corchete, cuya carrera profesional ha transcurrido en la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Y a ella acudimos para que nos dé pistas acerca de cómo buscar ese tesoro, cómo desenterrarlo y cómo merecerlo. Porque para leer hay que aprender a leer. Qué perogrullo ¿verdad? Pues parece que no, porque, como me recuerda Avelino, todo depende del anzuelo que le pongas al pez. De ahí saldrá un lector o alguien que se quedó por el camino.

Y Teresa nos ofrece una lista breve pero intensa, que inicia con Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, esa historia de un niño capaz de navegar a través del día y de la noche, un niño que entra y sale por las semanas, que se salta casi un año para llegar al lugar donde viven los monstruos. También nos habla de Historias de ratones, de Arnold Lobel, los cuentos que enseñan a los niños a pensar y a sentir, o de Elmer, de David Mackee, que muestra que la diferencia siempre es más bella que la uniformidad. Y así, una lista para que los padres con menos tiempo sepan hacia donde mirar en un mundo que no nos deja tiempo a fijarnos en casi nada.

Y llego a un punto en el que me acuerdo del texto que Avelino escribió cuando decidió ayudarme con esta historia. En él decía que la mayoría de los muchachos que llegan a la Fiscalía son como los personajes barojianos de La lucha por la vida, «pidiendo que hagamos algo con ellos para que desaparezca el ‘clic’ de sus cabezas. Ya me gustaría a mí que salieran de allí prometiéndome que van a leer El árbol de la ciencia». Me pregunto cuál es el ‘clic’ que hizo que Albert Camus no se perdiera para siempre en alguna callejuela de Argel, y lo enlazo con esa reflexión que hace la profesora de instituto Lourdes Zapico, según la cual los textos literarios hay que leerlos, contextualizarlos, entenderlos para poder disfrutarlos y, sobre todo, vivirlos. «Si cogemos un libro de literatura de un curso cualquiera de Secundaria, hay más epígrafes que días de clase», explica para poner las cosas en su sitio, para explicar(se) —supongo— la razón por la cual es tan difícil, sin un maestro, aprender a leer literatura. «Ella anda estos días —explica Avelino— con Werther, Bécquer, El Decamerón, y con Romeo y Julieta, a la vez que ve Shakespeare enamorado. Yo estoy de acuerdo en que hay que ir a los clásicos y no a esas lecturas juveniles que fomentan las editoriales, hasta con visitas y propaganda de los autores», sostiene, y añade que Lourdes Zapico hace lecturas colectivas o dramatizaciones, se pone en la piel de los personajes, relaciona las obras con el cine o la cultura de su tiempo, lectura, arquitectura... Es decir, se pone en la piel de sus alumnos, con lo que, juzga Avelino, de ahí tiene que salir necesariamente uno un poco ilusionado, y puede que enganchado a la lectura de por vida, y más viajado y más tolerante. «Eso es esencial y lo recordaba Russell y, de forma socarrona, don Pío Baroja, con aquello de que el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando».

Así que vuelvo de nuevo a Donde habitan los monstruos, a ese momento en el que Max decide que se quiere ir, que quiere regresar al lugar donde haya alguien que le quiera más que a nadie. Pero para poder regresar del monstruo, hay que haberse atrevido a llegar hasta él, a haber viajar a través del día y de la noche, a través del misterio, como Maurice Sendak. Reflexiona Avelino que durante toda la vida, también en los momentos malos, anidarán en nosotros los recuerdos de la infancia como algo salvífico, como un rescoldo en el que calentarnos con el invierno de la edad. «Allí, al lado de los primeros descubrimientos y emociones (las páginas heridas, la primera visión del mar o la nieve, el primer amor) estarán las primeras lecturas. Quedará, como dice el poeta, algo de luz y un poco de calor intermitente, como una brasa de antracita»... Pues eso, lean con sus hijos.

 

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