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Tomás Lorenzana Butrón Irauregui (1728-1796)

El obispo remendado

En el verano de 1764 finalizaron las obras de construcción de la nueva iglesia de Lois. La parroquial, dedicada como la vieja edificación a la Natividad de la Virgen María, se había levantado en nueve años. Lo sabemos porque bajo el medallón de la Anunciación de la portada principal se grabó la leyenda «comenzose esta obra año de 1755 y se acabó año de 1764» y porque, además, conocemos dos escrituras notariales fundamentales para documentar las obras.

 

Lois. Iglesia, en cuya consagración (8 de septiembre de 1764) estuvo Tomás Lorenzana, que llegó a ser un hombre preclaro, obispo de Gerona. - campos

MARTA PRIETO SARRO
08/01/2012

La primera de ellas, que recoge la concordia entre el obispo Juan Manuel Rodríguez Castañón y el pueblo de Lois para edificar la nueva iglesia, tiene fecha de 22 de mayo de 1755. La segunda, por la que tenemos noticia de la finalización de las obras y la consagración del nuevo templo, está firmada en 13 de septiembre de 1764. Esta última escritura a que me refiero es de un valor histórico incuestionable porque no solamente nos proporciona datos sobre la iglesia y su situación en esos primeros días de septiembre de 1764 («actualmente se halla concluida, con sus cinco altares y retablos, el mayor enteramente dorado y los otros cuatro menores que se están dorando y fuera de esto haber surtido su Ilustrísima muchas alhajas de plata y ornamentos de todos los colores…») sino que nos documenta, sin ningún género de duda, la presencia del obispo Castañón en Lois en la festividad del 8 de septiembre de 1764 para consagrar la iglesia que había sido erigida a sus expensas. Juan Manuel Rodríguez Castañón era, desde 1752, obispo de la diócesis de Tui (Pontevedra) y en el momento de la consagración de la parroquial de Lois tenía 70 años. Para sus contemporáneos era un anciano venerable, tanto por su edad como por su condición.

Los vecinos y moradores de Lois, dice la escritura, «merecieron el que su Ilustrísima se dignó y determinó venir sin embargo de tantos peligros» y el que hiciera «por sí mismo las funciones de la consagración de esta nueva iglesia que se celebró el día 8 del corriente [septiembre] desde las 6 de la mañana hasta las 11, como también a la tarde la traslación del Santísimo Sacramento, con procesión general, como también el día siguiente, nueve de este mismo mes, la dedicación, con misa pontifical con toda solemnidad que dispone la iglesia».

Lo extraordinario de la escritura se produce en este momento cuando se relacionan los invitados a todas las funciones litúrgicas que se hicieron «con toda solemnidad y aplauso de todos y sin ejemplo hasta ahora en esta tierra, que acaso no se verá en más siglos». Muchos de los asistentes son anónimos: sacerdotes y eclesiásticos de todas las cercanías e innumerables gentes de todos los pueblos; dos sochantres y un predicador franciscano de León. Pero otros, he ahí el interés, tienen nombre, apellidos y la mayoría cargo: Juan Francisco de la Campa (maestro de ceremonias del Obispado de Burgos), Antonio Rodríguez Canseco, Ramiro de Robles (arcediano de Miñor en la diócesis tudense y secretario del obispo), Felipe Rodríguez Reyero (racionero de Tui), Antonio Reyero (prior de Quintanilla del Olmo), Fernando Álvarez Villarroel (canónigo de León), Manuel González (Prior de Piedra Hita), Félix Getino (canónigo de San Marcos de León) y Tomás Lorenzana y Buitrón (doctoral en Tui)

Tomás Lorenzana y Buitrón

Todos los nombres citados eran de condición noble y es fácil que tuviesen algún grado de parentesco. Pero entre ellos había uno que destacaba por su linaje, Tomás Lorenzana y Buitrón, que por entonces era doctoral en Tui. Menos de un año después del acontecimiento que supuso en la montaña la consagración de la iglesia de Lois, Tomás Lorenzana tendría un hermano obispo de Plasencia, Francisco Antonio, quien en menos de otro año alcanzaría el arzobispado de México.

La carrera de Tomás Lorenzana y Buitrón quedó eclipsada por la de su hermano mayor que, como es sabido, después sería arzobispo de Toledo y, finalmente, en 1789, cardenal. Y pocos son hoy quienes reconocen en este hombre lo que realmente fue: un leonés preclaro. Había nacido en León los primeros días de marzo de 1728, hijo de Jacinto Rodríguez de Lorenzana Buitrón Varela, regidor perpetuo de la ciudad, y María Josefa Irauregui Salazar y Taranco. Es probable que fuese educado -como lo fue su hermano- en el Colegio San Miguel de los Ángeles de los jesuitas, situado en el lugar que hoy ocupa la parroquia de Santa Marina, y posiblemente fuera colegial en San Antonio de Portacoeli de Sigüenza. Frente a tal incertidumbre, nos consta fehacientemente que fue colegial del Mayor de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá, del que fue rector, por lo menos de 1751 a 1758 y que se doctoró en Sagrados Cánones.

En 1762 gana la canonjía doctoral de la Iglesia de Tui en la que permanece hasta su acceso por oposición a la penitenciaría de Salamanca, de donde sale, en 1770, para deán de Zaragoza. En este puesto le llega el 13 de marzo de 1775 la preconización como obispo de Gerona: será consagrado el 7 de mayo del mismo mes por su hermano Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de Toledo, asistido por José González Laso Santos de San Pedro, obispo de Plasencia, y por Felipe Pérez de Santa María, obispo titular de Constantia in Arabiay auxiliar de Toledo. Tomó posesión de la diócesis de Gerona en 28 de mayo de 1775 y entró en ella el día de san Antonio, el 13 de junio.

En la diócesis gerundense

No será Tomás Lorenzana un obispo más de Gerona, pese a no ser catalán y ser este un aspecto muy discutido en su tiempo. Tampoco realizó su entrada en la diócesis con buen pie. Montserrat Jiménez, en Els bisbes de Girona i la nacionalitat catalana en el segle XVIII, alude a la sorda inquietud que provocó «en regidores y capitulares por saltarse aspectos del protocolo que habían de respetar los que accedían al episcopado de la ciudad». Sin embargo su figura quedó pronto definida como la de un obispo ilustrado y todos los autores que se han ocupado de su persona coinciden en destacar la impronta que dejó en la diócesis por su extraordinaria labor como mecenas.

Su obra más conocida, por razones evidentes, es la capilla neoclásica de San Narcís de la iglesia de San Feliú de Gerona y precisamente uno de los retratos que conservamos de él nos le presenta mostrando los planos de dicha capilla cuya autoría se le adjudicó tradicionalmente. Parece indudable su interés por la arquitectura y, de hecho, ha sido estudiada su amistad con Ventura Rodríguez, a quien el obispo encargó diseñar el edificio del hospicio de la villa de Olot. Subyace, sin embargo, en todas sus obras -salvo en la capilla de San Narciso- una importante idea ilustrada: la instrucción. Tomás Lorenzana impulsó la obra del hospicio de Olot en el que se invirtió la herencia que Antonio Llopis había dejado en su testamento para crear un colegio de la Compañía de Jesús. La expulsión de la orden jesuítica impidió que se llevase a efecto y los bienes se destinaron a este edificio en el que creó cátedras de gramática, retórica y escuela de dibujo. En Gerona estableció en 1790 otra escuela gratuita de dibujo. En ella, recoge Jaime Villanueva en Viaje Literario a las Iglesias de España, costeó «la fábrica de la escalera y salas» y la dotó con «una estimable porción de buenos modelos». Contribuyó a la ampliación del convento de las beatas Terciarias de Santo Domingo donde cubría la educación de niñas pobres y, finalmente, se aplicó sobremanera en el Seminario. En este, según recoge Flórez en España Sagrada, «aumentó el número de cátedras, franqueó la biblioteca, propuso premios a la aplicación y el talento» y consiguió el 10 de noviembre de 1795 una cédula real por la que se daba validez a los estudios allí realizados de forma que los grados adquiridos podían incorporarse en cualquier universidad del Reino.

A todas estas obras hay que añadir la construcción a sus expensas de un hospital y, en parte también a su costa, hizo el hospicio, inaugurado en 1781, que se añadió a la Casa de la Misericordia, donde instaló una fábrica de labores de algodón. Paluzie en su obra Olot, no dudó en afirmar: «Este obispo modelo de prelados fue tan caritativo para los pobres y tan desinteresado, que en las calamidades era el primero en dar ejemplo de desinterés, siendo pocos los pueblos de su obispado que no tengan indelebles recuerdos de su caridad cristiana». Pobrísimo en su persona, Flórez anotó la frase que contestaba ante el poco gasto que hacía en sí mismo: «Un obispo nunca está más decente que cuando está remendado».

Gran amigo de Domingo Iriarte (Godoy en sus memorias recuerda que el negociador español en la Paz de Basilea falleció precisamente en el palacio episcopal de Gerona en noviembre de 1795 en brazos de Lorenzana), miembro del Consejo de su Majestad y de la Orden de Carlos III e Inquisidor General, murió el 21 de enero de 1796 siendo obispo de su diócesis. Fue enterrado en la catedral de Gerona donde se conserva su lápida sepulcral. La oración fúnebre en sus exequias la pronunció Bartolomé Castello.






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