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Escritoras en un mundo de hombres

l. La literatura hecha por mujeres siempre ha sido recibida con un ceño de superioridad intelectual. Las hermanas Brönte, Elsa Morante, Virginia Woolf, Silvia Plath o Emilia Pardo Bazán son escritoras que han tenido que enfrentarse a serias dificultades para poder escribir y ser reconocidas

 

La novelista británica Virginia Woolf -

carmen sigüenza
29/12/2013

A la literatura grande se entra con dolor y lágrimas». Esta frase de la premio Cervantes catalana Ana María Matute puede ilustrar las dificultades que a lo largo de la historia tuvieron las mujeres que quisieron ser escritoras en un mundo dominado por la oligarquía masculina y en el que no había hueco para las mujeres, bien por prejuicios o por estar a la sombra de sus maridos.

Virginia Woolf, quien ya dijo que pasaría mucho tiempo ante de que una mujer se pusiera a escribir sin que surgiera el fantasma que debe asesinar, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán, Elsa Morante, Josefina Aldecoa, Silvia Plath, las hermanas Brönte, Maria Luisa Bombal o María Moliner son algunas de las muchas mujeres a las que les costó hacerse un hueco para mostrar su faceta creadora.

El recurso al seudónimo

Para conseguir su fin, muchas veces tuvieron que escribir a escondidas, otras con seudónimo y otras muchas con grandes penurias, siempre relegadas a un segundo plano. En la historia quedará ya como algo inédito la imagen de la inglesa Charlotte Brönte (1816-1855) escondiendo el manuscrito de Jane Eyre para ponerse a la tarea de pelar patatas y, como ella, sus hermanas Emily (1818-1849) y Anne (1820-1849) tuvieron que esconderse bajo seudónimos masculinos. Prejuicios, vergüenza, discriminación, miedo, injusticia, ninguneo, son solo algunas de las palabras que la sociedad impuso a las mujeres por su deseo vital de expresarse con la literatura.

La escritora española Rosalía de Castro (1837-1885) se quejaba de que no había momento en el que no la recordaran que debía dejar la pluma y dedicarse a zurcir los calcetines de su marido. Y la también gallega Emilia Pardo Bazán (1851-1921), una de las mujeres mas ilustradas, que abogó por la educación en la mujer, a pesar de su posición social —era descendiente de una familia noble—, fue relegada por su condición de mujer. Bazán se negó a escribir con seudónimo, pero tuvo que sufrir la burla y el menosprecio de escritores y académicos. Fue rechazada para entrar en la Academia de la Lengua, al igual que Concepción Arenal y Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Una injusticia de la Academia de la Lengua Española que arrancó, precisamente, con la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avelladena, nacida en Puerto Príncipe, hoy Camagüey, en 1814 y muerta en Sevilla, en 1873. Ella fue una de las dramaturgas más importantes de su época, que se adelantó a su tiempo al reivindicar la independencia y capacidad de decisión de las mujeres. De educación liberal y, tras negarse a contraer matrimonio en Cuba, viajó con su familia a Europa, donde entró en contacto con la literatura romántica del momento, representada por Víctor Hugo, Chateaubriand y Lord Byron. Con el seudónimo de «La Peregrina» publicó sus primeros versos en diferentes periódicos y, en 1841, publicó su primer libro en Madrid, Poesías de la señorita Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. También a la zaragozana María Moliner (1900-1981), la creadora de uno de los mejores diccionarios de la Lengua, la Academia de Lengua le dio con la puerta en las narices.

Hostilidad a la mujer culta

Mujeres que con una gran obra y capacidad han vivido también a la sombra de los hombres o de sus maridos escritores, como es el caso de la chilena María Luisa Bombal (1910-1980), injustamente olvidada por los miembros del denominado «boom» latinoamericano, quienes hoy no la recuerdan. Y entre las escritoras a la sombra de sus maridos destaca una de las grandes de la literatura europea, la italiana Elsa Morante (1912-1985), quien quedó eclipsada por la fama del escritor y periodista italiano Alberto Moravia. O la española Josefina Aldecoa (1926-2011), esposa de uno de los escritores más representativos de la generación de los 50 en la España de posguerra. Lista a la que habría que añadir a la poeta norteamericana Silvia Plath (Boston, 1932-Reino Unido, 1963) quien se suicidó metiendo la cabeza en el horno del gas, tras dar el desayuno a sus hijos. Plath no soportó el abandono de su marido, uno de los más grandes poetas británicos, Ted Hughes.

Hoy, esta circunstancia ha cambiado. Se publican muchos libros escritos por mujeres, algunos de ellos ocupan los primeros lugares de las listas de los libros más vendidos. Las mujeres, según todas las encuestas, son las que más leen, pero todavía están muy lejos de la igualdad en este terreno.

Y es que su presencia en publicaciones, ventas o premios, solo alcanzan el 20 o 25 por ciento, como recuerda Laura Freixas, la narradora y ensayista catalana en su libro Literatura y mujeres. En ese ensayo la escritora asegura que la hostilidad hacia la mujer culta es algo muy enraizado en la cultura Occidental y en la hispana, en particular, siempre precedida por una historia de cultura patriarcal.

Y, como ejemplo de ello, la autora cita al el refranero histórico para mostrar esa adversidad: «La mujer que sabe latín no tiene marido ni tiene buen fin», o lo escrito por autores tan totémicos y representativos, como Moliere en Las mujeres sabias o Las hembrilatinas, de Quevedo.

Hoy en día las mujeres leen y compran mas libros, pero ¿qué libros? Las editoriales más comerciales están empeñadas en crear una legión de seguidoras de lo que ellas han dado en llamar estratégicamente «porno para mamas» o sexo suave. Queda en el aire saber qué espacio tiene en el mercado la literatura de verdad.

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