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La ‘España Sagrada’ renace

l. El leonés Rafael Lazcano es el autor de la primera reedición completa y homogénea del magno compendio patrimonial iniciado en el siglo XVIII. «A esto no me mueve otra cosa que el amor a la verdad», decía el padre flórez sobre una obra que ahora revive gracias al trabajo de este bibliófilo

 

Rafael Lazcano, durante la presentación de esta monumental labor de reedición. -

José A. Balboa de Paz
04/05/2014

Rafael Lazcano, leonés de Mondreganes (1957), ha trabajado con un tesón admirable en una nueva edición de la España Sagrada del Padre Flórez, publicada recientemente por la Editorial Agustiniana (Monasterio de El Escorial, Madrid). Se trata de la única edición completa y homogénea de esta monumental obra del siglo XVIII, debida a un biógrafo y escritor muy conocido en los ambientes bibliográficos españoles.

La España Sagrada, que empezó a editarse en 1747, consta de 56 tomos, de los cuales Flórez redactó 29; el restó se fueron publicando, por compañeros agustinos del primer autor, a lo largo de los siglos XVIII al XX. Los tomos 30 al 42 los redactaría el Padre Risco, entre ellos los tres de la diócesis de León; del 43 al 56 los escribirían Antolín Merino, José de la Canal (en el siglo XIX) y Custodio Vega (en el XX). Rafael Lazcano, como editor, ha añadido un tomo 57, un índice que facilita enormemente la consulta de una obra tan voluminosa. Aunque colectiva, La España Sagrada es, en su planteamiento, una obra inspirada, diseñada y en gran parte realizada por Flórez.

El Padre Flórez, burgalés nacido en Villadiego en 1702, no se formó como historiador sino como teólogo; pero hacia 1742 abandonó la teología para dedicarse a la historia. Para ello, se preparó de forma autodidacta pero concienzuda en paleografía, diplomática, epigrafía, numismática; estudió francés, italiano, portugués y griego. Luego realizó once largos viajes por España en busca de documentos y referencias, visitando archivos y contactando con los que le ayudarían en esa pesquisa documental. De este modo, exhumó numerosos documentos, algunos de ellos hoy perdidos. En 1747, como ya hemos dicho publicó el primer tomo de su España Sagrada al que seguirían, hasta su muerte en 1773, otros 28.

Su propósito no fue escribir una historia de España, ni siquiera una historia de la Iglesia española, sino publicar los materiales para que tal historia fuera posible y así proporcionar a los lectores una idea clara de su historia, la de sus diócesis e iglesias de España, todas las cuales mantuvieron tradiciones y lazos comunes. En este sentido, Flórez se relaciona con los autores del siglo anterior (Francisco Garibay y el padre Mariana) que buscaron crear una conciencia nacional desde lo que podríamos llamar el nacionalismo renacentista; la diferencia con ellos es el espíritu ilustrado de nuestro autor, su objetividad y rigor documental.

Por eso, lo que hace realmente novedosa —y actual— la España Sagrada es la metodología de Flórez. La investigación, dice una y otra vez, ha de ser una búsqueda de la verdad: «A esto no me mueve otra cosa que el amor del interés común de la verdad», porque la verdad, como dice el Evangelio, nos hace libres. Todo su enorme esfuerzo no tuvo más objeto que alcanzarla: «He procurado trabajar cuanto he podido, por descubrir, o acercarme a lo más cierto... no puedo lisonjearme de que hallé la verdad, sino de que no he perdonado a trabajo por hallarla». Como el filósofo que no es sabio sino que ama la sabiduría, el historiador no tiene la verdad sino que la busca incansablemente. No se puede ser más honrado ni más humilde.

Flórez amaba la soledad y el estudio; huyó siempre de las polémicas inútiles, aunque nunca rehuyó las que consideraba que atentaban contra la verdad, como las que le enfrentaron con su amigo Mayáns en defensa de su cronología, solucionando definitivamente el problema de la Era hispánica; o con algunos eruditos vascos en torno al mito del vasco-cantabrismo, que destruyó para siempre. Su método se caracteriza por el rigor, la objetividad y la imparcialidad; también por la claridad y la sistematicidad.

En el prólogo al tomo XVI, dedicado a la diócesis de Astorga, da las gracias al cabildo de la catedral por las facilidades en el uso de la documentación: «Todo me lo ha franqueado (el cabildo); y es tanto su tesoro de monumentos, que excedió mi esperanza. Dióme razón de más de dos mil y quinientas escrituras inéditas...». Confiesa Flórez que si viviera allí podría escribir no un tomo, sino muchos, tal es su riqueza documental. Tanto el archivero de la catedral, José Antonio Molina, y el cisterciense Ambrosio Alonso, monje de Carracedo, le proporcionan infinidad de documentos; en el caso del monje le explica además la geografía del Bierzo y le informa pormenorizadamente de los monasterios de la comarca, que llevaría a Flórez a caracterizarla como ‘la Tebaida berciana’.

Esa forma de trabajar la sintetiza en una serie de reglas que han de tenerse en cuenta para la crítica documental: No apartarse del testimonio de los escritores antiguos sin razones firmes para hacerlo, ser imparcial, modesto, estar al partido de los más, si uno refiere un hecho y otros lo omiten tomar partido por el primero, etc. Todo esto lo convierte, sin duda, en un historiador fiable del que aún podemos aprender mucho y cuyo aparato documental es perfectamente utilizable, ya que muchos documentos de nuestra historia solo él nos los ha conservado. No hay que olvidar que Flórez, también Risco, escriben antes de la Guerra de la Independencia y de la exclaustración monástica en las que tantos documentos fueron pasto de las llamas, por ejemplo los de la catedral de Astorga o los del monasterio de Carracedo, por citar ejemplos leoneses.

¿Qué sentido tiene hoy esta reedición? ¿Para qué tanto esfuerzo como el realizado generosamente por Rafael Lazcano durante años? El primero conocer, aunque solo fuera por motivos eruditos, una obra que tanta impronta ha dejado en la historiografía y en la cultura española durante los dos últimos dos siglos. Por supuesto, es una obra superada pero hay muchos datos que, por desgracia, han desaparecido y solo se encuentran en ella. Pensemos en Astorga y Carracedo; muchos de los documentos perdidos de esos y otros archivos están referenciados en esta obra. Por otro lado, su lectura nos permite lograr una visión amplia y objetiva de la Historia de España y, al mismo tiempo, valorar el papel que la Iglesia, ahora tan denostada, ha jugado positivamente en ella.



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