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le big mac

Estamos vivos

 

nacho abad
04/11/2018

Están haciendo obras en la plaza y han retirado una cabina telefónica. La han dejado en el suelo y parece una pieza abatida por el disparo de un francotirador. Además, alrededor han colocado una cinta policial, lo que le da el aspecto de escena de un crimen. En realidad no es una cabina. No es un habitáculo donde uno pueda entrar y guardarse del ruido de la calle. No sé en qué momento retiraron de la ciudad todo ese mobiliario, lo cambiaron por los modernos postes de teléfonos a la intemperie. Yo prefería las cabinas, esas vitrinas de cristal luminoso donde se veía cómo la gente movía los labios y gesticulaba en conversaciones inaudibles. En las películas antiguas se ven cabinas de aquellas. Dentro siempre había una guía telefónica. De críos fantaseábamos con que allí, entre todos esos nombres, se encontraba el número de teléfono de Dios. Si lograbas localizarlo, podías llamarle y charlar con él. Nunca lo buscamos porque al fin y al cabo qué podíamos contarle nosotros a Dios, si ni siquiera llegábamos a los botones del teléfono. Dios era un personaje lejano y simpático que estaba de nuestra parte, así que tampoco había queja con la que molestarle. Hace unos días, el artista Wences Lamas colocó en una galería de arte de Madrid un ataúd rodeado de coronas de flores y simuló su propio funeral. Previamente había ofrecido al público la opción de probar la caja. La gente más joven se metía y se hacía un par de fotos con poses sexis y divertidas. La gente de mediana edad se lo tomaba más en serio. Entraban y afrontaban que algún día una caja como aquella guardaría sus cuerpos sin vida. No vi a nadie mayor probarla. Pero a mitad del evento una anciana entró en la galería. Era una señora que ya casi no podía ni andar. Se colocó frente al ataúd y rezó. Luego se santiguó, se dio media vuelta y se marchó, con su paso lento y cansado. Al final morirse es una cuestión de tiempo. También es una simpleza y una vulgaridad. Al día siguiente, en la sierra madrileña, Wences continuó con su acción y renació. El evento terminaría con la quema del ataúd, pero aunque echó combustible, la madera no ardió. Era un ataúd ignífugo, a prueba de muerte. Como nosotros mismos. Al terminar me despedí de él. Fue un día precioso y frío. Un día más de vida.

   
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