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Un Fastenrath para ‘La esfinge maragata’

l. La excelsa obra de Concha Espina es ya centenaria. —¿Qué obra ha sentido usted más? —Todas. Yo siento todas mis obras. Si no las sintiera, las dejaría a medio escribir. —¿No siente usted más pasión por alguna de ellas? —Acaso por ‘La Esfinge Maragata’ (Concha Espina, en conversación con el asturiano Alfonso Camín, quien la entrevistó para su libro ‘Hombres de España’, publicado en 1923. Fue la única escritora entrevistada por Camín)

Juan Carlos León Brázquez
16/03/2014

 

La conmemoración, este año, del centenario de La esfinge maragata debería ser un acontecimiento esencial en la actividad cultural leonesa, tanto por la territorialidad como por la importancia de esta gran obra. Sin embargo, hasta el momento, parece que el centenario solo ha interesado al Ayuntamiento de Astorga, que ha iniciado en estos días (Marzo en Femenino) una serie de actos dedicados a reivindicar la importancia de esta novela, que marcó uno de los hechos literarios más importantes de hace un siglo. Desde 1914, Concha Espina es la novelista de La Maragatería, a la que retrató en aquel tiempo con toda su crudeza y sensibilidad, convirtiéndose el libro en portavoz internacional de este rincón leonés.

La aparición en 1914 de La esfinge maragata supuso la consagración como escritora de Concha Espina, incrustándose definitivamente como gran novelista en el panorama literario español de la época. Aunque público y crítica ya la conocían por su irrupción novelística, cinco años atrás, con La niña de Luzmela, y la publicación entremedias de Despertar para morir y Agua de nieve, fue con su novela sobre la situación de la mujer maragata, de principios del siglo XX, con la que Concha Espina entró en el selecto núcleo de escritores que deambulaban a medio camino entre la generación del 98 y la del 27, abriéndose su propio hueco en la historia literaria.

La esfinge maragata causó tal impacto que rápidamente fue traducida a varios idiomas extranjeros, como el inglés, el alemán, el ruso o el italiano, dándole una dimensión internacional inmediata que atrajo sobre ella la atención mediática de lo más granado de la crítica literaria. Además, el hecho de que la Real Academia Española de la Lengua reconociera el valor de esta obra con su entonces más prestigioso galardón literario, a través de la concesión del Premio Fastenrath, hizo que Concha Espina se convirtiera en la primera mujer en obtenerlo, lo que significó la ruptura de algunos tabúes insertos en el ánimo de la muy machista Academia. De hecho, a pesar de que su nombre fuera reiteradamente propuesto para ocupar un sillón de dicha Academia, esto nunca se produjo; como tampoco consiguió el Premio Nobel a lo que fue candidata en varias ocasiones, más por el apoyo del exterior que por el que aquí se le dio. Es de sobra conocido que si la RAE le hubiera dado su voto en 1926, Concha Espina figuraría hoy con el más prestigioso galardón al que un escritor pueda aspirar. El voto fue a parar a la italiana Grazia Deledda, quien le arrebató así el honor de convertirse en la segunda mujer en la historia con el Premio Nobel, tras la sueca Selma Lagerlöf, quien lo obtuvo en 1909, el año en el que la escritora cántabra nació a la novelística con La niña de Luzmela.

No obstante, a partir del Premio Fasteranth por La esfinge maragata, Concha Espina obtuvo todos los galardones literarios del misógino grupo de académicos, que aceptaron el reconocimiento literario, pero no que las posaderas de una mujer estuvieran tan cerca de las suyas propias discutiendo de asuntos gramaticales. La afrenta nunca la olvidó, aunque trataba de minimizarla: «Nunca he pensado en semejante honra, siempre he dicho con toda sinceridad que no lo ambiciono, soy demasiado independiente y andariega». Sin embargo, no dejó de intercalar en la portadilla de sus libros el reconocimiento medallístico dado por la Academia de Arte y Letras de Nueva York y su nombramiento como vicepresidenta de la Hispanic Society of America. Y eso que estaba en posesión no solo del Fastenranth, sino del Premio Espinosa y Cortina, por El Jayón; del Castillo de Chirel, por Tierras del Aquilón; del Nacional de Literatura, por Altar mayor y del Premio Nacional de Novela Miguel de Cervantes, por Un valle en el mar. Y ni siquiera le consolaba que en Santander le hubieran erigido un enorme monumento/fuente, obra del escultor Victorio Macho, cuya primera piedra se puso en 1924, inaugurado tres años más tarde, lo que da idea de lo que representó esta mujer en las bulliciosas letras de la primera mitad del siglo XX.

En 1944, su hijo, el periodista y escritor Víctor de la Serna, en la primera edición de las Obras Completas de la prolífica escritora, recordaba que el primer premio literario lo había obtenido con La riada, o El rabión, como se reeditó después. Había sido en un concurso regional de cuentos ante «la exquisita sensibilidad de Menéndez Pelayo, jurado entonces, que lo calificó como una aparición». La figurita de bronce que le dieron presidió desde entonces la mesa de roble en la que Concha Espina escribió todos sus libros. Recordaba Víctor, en aquel prólogo de la Obras Completas, «que cuando llegó a la novela española, en la primera década de este siglo, escribían aún D. Benito Pérez Galdós, doña Emilia Pardo Bazán, Clarín y Palacio Valdés. Recién se habían apagado las voces de Pereda, de Alarcón y de D. Juan Valera». Él mismo se atrevía a hablar de la obra de su madre, señalando —quedo personalmente de acuerdo en ello— que las dos obras polares de Concha Espina «son ‘La esfinge maragata’ y ‘El metal de los muertos’, dos obras gigantescas, de aliento tan universal, que en ellas llega a perderse como un accidente la localización geográfica que se funde al fuego interior, casi geológico, de la infinita piedad que las anima. ‘La esfinge maragata’ es la novela del campesino. ‘El metal de los muertos’ es la novela del minero. Ni siquiera una sombra de demagogia fácil o de charlatanismo sociológico las empaña. Los campesinos de cualquier tierra del mundo y los mineros de cualquier abismo, con sus dimensiones humanas enteras, se encuentran en estas dos novelas, que son, a mi juicio, las dos novelas españolas mejores de nuestro tiempo (…) Hay instantes —continúa Víctor de la Serna— en que no se sabe en ‘La esfinge maragata’ si las criaturas humanas tienen raíces como las criaturas vegetales y si anda en los ojos de las mujeres el mismo pigmento que tiñe de rubio a la caña del centeno».

Ya por entonces, en 1944, se habían escrito —lo dice el propio Víctor de la Serna— más de veinte estudios sobre la obra de Concha Espina. En mi biblioteca personal poseo algunos de ellos, llenos de numerosos comentarios a la obra de la escritora, que a cada nueva publicación impactaba, en un tiempo en el que se demandaba lectura, a pesar de la precariedad cultural del país. Y, ciertamente, La esfinge maragata figura por derecho propio entre las obras más halagadas por la crítica internacional. Ella misma decía que «con los elogios que le han dedicado en Alemania se podría formar un gran volumen».

Ya en 1925 había aparecido un volumen de la editorial Renacimiento, la gran patrocinadora durante años de sus primeras publicaciones, titulado L’oeuvre de Concha Espina a l’ étranger, donde llama la atención, a pesar de su título en francés, el que las críticas apareciesen en su lengua original, bien francés, bien inglés, bien alemán o bien italiano. Y tres años más tarde apareció un nuevo volumen en español, también de la editorial Renacimiento, donde se recogieron numerosas críticas a su obra, Concha Espina. De su vida, de su obra literaria al través de la crítica universal. Un tercer estudio, antes de terminar los años veinte del pasado siglo, Concha Espina y sus críticos, fue editado por la casa francesa Figarola Maurin, que recopiló en más de 400 páginas, lo que se decía entonces de aquella escritora. Baste, pues, una sucinta selección para entender hasta dónde llegó el impacto causado por La esfinge maragata en los críticos literarios de todo el mundo.

En el The New York Herald, Isabel Paterson, sostenía que «la novela tiene un encanto austero y una melancolía como la de los montes y el desierto»; mientras que en Hispania, publicación de la californiana Stanford Univertisity, apareció un comentario en el que, tras llamar a Blasco Ibáñez escritor de tercera clase, agregaba que «es verdaderamente confortante el ver, en traducción inglesa (en inglés se tituló Mariflor), esta obra maestra de la moderna literatura española». Más aún, en el rotativo alemán, de Colonia, Kölnische Zeitung, se decía que «con La esfinge maragata se ha situado Concha Espina a la cabeza de los escritores vivos». En The World, de la ciudad de Nueva York, Laurence Stallings consideraba que en La esfinge maragata, «hay un vigor, una amplitud en la manera, una hondura de fondo en esta novela, que solo los grandes en arte pueden lograr. Nosotros no tenemos una mujer novelista capaz de creaciones de tal poder y distinción».

Por señalar un apunte nacional dejo aquí lo que José Escofet decía en La Vanguardia, en julio de 1914: «Concha Espina ha escrito un libro agrio, intenso, que trasciende a carne trasudada y que envuelve la autora con un diáfano velo de piadosa poesía. Y el todo de la vida maragata, en la que se entromete discretamente la fábula poética, pasa por una descripción sobria, concisa, exacta, que se adorna con las galas de un lenguaje rico en localismos pintorescos y en giros castizos y elegantes; un estilo maduro y jugoso, digno de ser puesto al servicio de un tan bello plan de novela como el concebido y desarrollado por Concha Espina». Aunque la lista de críticas a esta novela es interminable, no me resisto a terminar recogiendo lo que se publicó en el berlinés Filmland, a raíz de la salida de La esfinge maragata: «Concha Espina es uno de los espíritus femeninos más depurados y libres de la literatura internacional. Dos Españas elementales, dos concepciones de España se encuentran y funden en esta novela». Escrito en 1914.

Recordar con estas críticas el centenario de la publicación de la novela supone reivindicar la importancia de la misma ante el actual olvido de una gran obra, imperdonable por todo su significado. ¡Aguanta niña! le decía Ramona a Mariflor, en un grito que parece definir el destino de esta novela que aun cien años después sigue narrando el pasado de lo que fue esta comarca leonesa. Entrar en controversias sobre los motivos por los que La esfinge no cae bien en algunos sectores maragatos es harto complicado. Solo me limitaré a señalar que, independientemente de lo que se piense sobre la novela, nadie posee hoy la concepción exacta sobre las vivencias que tuvo la autora en la decena de días que pasó en tan dura y áspera tierra maragata. Quiero dejar claro que juzgar aquel momento con los ojos de hoy supone no solo una temeridad, sino una supina ignorancia sobre lo que la escritora conoció, pensó y sintió. Su alma profundamente católica, hermanada con el sentimiento feminista más audaz en aquel entonces, no la apartó de lo que ella entendió como la opresión de la mujer, campesina o no, en una sociedad aprisionada a su vez por enormes perjuicios y que encerraba a la mujer en una cárcel interior arrastrada de siglos. Los zureos de aquel palomar podrían pertenecer a cualquier pueblo maragato. Precisamente, considero que adrede no quiso identificar su Valdecruces y escogió, de uno y de otro pueblo maragato, los elementos que le sirvieron para hacer de su narración una situación que reflejara el abandono —recuérdese, hace ya cien años— de una zona marcada por el vacío que creaba en las mujeres la tremenda soledad sentida ante la ausencia varonil. La vida maragata, guste o no, estaba condicionada en aquel entonces por la huida de la pobreza campesina, que obligaba a emigrar a los hombres hacia un destino en el que no contaban sus mujeres, rotas en sus sueños y viudas de la ausencia, aisladas para sus adentros en la dureza de este trozo leonés.

Juan Carlos León Brázquez

es periodista, director de documentales. Premio del Club Internacional de Prensa, entre otros. Posee la mayor colección del mundo de libros de Concha Espina, incluidas todas las ediciones de La esfinge maragata. Prepara para octubre un acto-exposición de esta obra.

 

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