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«Franco atravesó el Estrecho gracias a un banco judío»

l. Ignacio Martínez de Pisón cuenta en ‘La buena reputación’ los avatares de una familia sefardí. la buena reputación Ignacio Martínez de Pisón Seix Barral. 640 páginas. 21,90 euros. Libro electrónico:12, 99 euros.

 

alberto aja -

antonio paniagua
11/05/2014

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es un escritor acostumbrado a entreverar las vicisitudes de las personas con la historia colectiva de los españoles. Lo hace en su última novela, La buena reputación (Seix Barral), en la que recrea los miedos y reproches que se cruzan los miembros de una familia judía que vive en Melilla. En el relato, cuya historia transcurre a lo largo de treinta años, se cuenta un episodio desconocido por muchos: el éxodo que emprendieron miles de sefardíes que vivían en el protectorado de Marruecos a partir de la descolonización y la subida al trono de Mohamed V.

—¿Qué le movió a novelar la descolonización del protectorado español de Marruecos y la situación de los judíos en ese país?

—En el año 1956 terminó el protectorado y los españoles del norte de Marruecos regresaron a la Península. El fin de esa situación obligó a muchos judíos marroquíes a afincarse en Israel, estado creado en 1948 y que ellos consideraban la patria de sus antepasados.

—¿Y en qué consistió la ‘operación Yazhim’?

—Fue un rescate organizado por los servicios secretos israelíes que contó con el apoyo no sólo de Gran Bretaña y de Francia, sino también de España, aunque curiosamente el régimen de Franco no reconocía el Estado de Israel. Melilla era un paso obligado en ese éxodo. De ella, y en menor medida de Ceuta, salieron a finales de los años cincuenta 25.000 judíos.

—¿Franco era un antisemita convencido o perseguía agradar a Hitler?

—Franco se pasó toda su vida clamando contra la conspiración judeo-masónica-comunista, pero las tropas nacionales cruzaron el Estrecho en 1936 gracias a que un banco judío de Tetuán proporcionó el dinero. Algo de simpatía sentía por los sefardíes por su condición de antiguos españoles, pero los demás le importaban muy poco.

—La existencia de una comunidad judía en Melilla es desconocida por la mayoría de los españoles.

—Me parece algo insólito. Habiendo nacido en Zaragoza y pasado mi infancia en Logroño, jamás me imaginé que hubiera judíos en la España de mi tiempo. Lo raro es que en un Estado confesional y nacional-católico se permitiera a los judíos de Melilla la libertad de culto.

—La Melilla de los años cincuenta tiene muy poco que ver con la actual.

—Es una ciudad especial y muy curiosa. Ahora está llena de funcionarios y se puede ver algún turista. Tal vez en el futuro llegue a ser el lugar donde se retiren los musulmanes españoles, una especia de Miami para jubilados islámicos. Ofrece las ventajas de España muy cerca de Marruecos.

—En el relato aparecen judíos que quieren asentarse en el recién creado estado de Israel y musulmanes de Melilla que se sienten profundamente españoles.

—Mientras estaba escribiendo la novela se cruzó en mi camino lo que está ocurriendo en Cataluña. No pude evitar que algunos personajes se plantearan el dilema de preguntarse cuál era su identidad. Lo sorprendente en Cataluña es que muchos piensan que hay que tener una identidad unívoca y definida, cuando el ser humano tiende a tener una mezcla de identidades.

—Su novela cuenta las peripecias de una familia. ¿Le apasionan este tipo de historias?

—Es el gran tema de la novela, al que todos los escritores en algún momento de su carrera dedican algún libro. Las historias familiares tienen algo universal y eterno. No hay familia sin conflictos entre padres e hijos, entre cónyuges, entre hermanos..,

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