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POESÍA

Hierba de infancia en los tejados

hierba de infancia en los tejados Rafael Espejo Pre-Textos, Valencia, 2015. 70 páginas.

 

Hierba de infancia en los tejados -

josé enrique martínez
31/01/2016

Leo el primer poema de Hierba en los tejados y respiro su sentido de sosiego, la actitud contemplativa y meditativa del poeta, una sensación de bienestar en la placidez del ambiente, metaforizado en la hierba que crece en los tejados, una «hierba de infancia», cuando todo era domingo, y que parece revivir en la bonanza contemplativa de la tarde. Rafael Espejo (Palma del Río, 1975) nos franquea la entrada del poemario abriendo la puerta a la niñez, a la evocación y la pérdida consiguiente. Es un asunto muy propio de la poesía, aunque cada poeta lo verbalice a su modo, del sentimiento elegíaco a la herida abierta, de la nostalgia a la huella en el presente. Lo que suele estar en todos los poetas que evocan la infancia es el momento en que se cobra sentido del tiempo: «Llega un momento en la vida en que el tiempo nos alcanza», escribió Cernuda. Y Rafael Espejo: «Me hizo luego despacio, / como la araña teje, / la conciencia, ese envenenamiento». El tiempo o la conciencia trazan el límite entre la niñez y la mordedura de las horas. Rafael Espejo no menciona la niñez desde le pena ni apenas desde la nostalgia, aunque se pregunte «dónde guardas los dientes de la infancia»; quiere, en cambio, no perder la inocencia, aquella manera de sorprender las cosas que inspira en el adulto el deseo de «abordar el mundo / como el niño / que mastica / babea las primeras palabras». Pero no hay entrega sentimental al pasado; al revés: el poeta indaga, ahonda, extrae aplicaciones vitales. Y así habría que entender el eco juanramoniano de estos versos: «gravedad, dame el alma / secreta de las cosas»; no invoca, como Juan Ramón, a la inteligencia para que le dé el nombre exacto, sino la sustancia, el meollo de las mismas, lo que indica que para Rafael Espejo el pensamiento confluye con el sentir en la poesía.

Un aspecto interesante consiste en observar en el adulto la huella del niño. «Los tics tienen memoria», afirma un poema; «Un subconsciente arcano me reescribe», constata otro. Algo navega entre el ser que uno fue y el que ahora es: todo ello nos lleva hacia el problema de la identidad, de la continuidad. Por eso el poeta habla de «el niño que se niega a desaparecer» y de que «la infancia nunca acaba». La impresión final del poemario es la de un gozador tranquilo del mundo, cuyas cosas (una nube o unos árboles) le siguen asombrando y le inducen a pensar sobre ellas con el objetivo final de saber de sí mismo, como aclara el último poema.