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el territorio del nómada |

Humor saludable

CUANDO MURIÓ, YA NONAGENARIO, SANTIAGO LORÉN (1918-2010), QUE MAÑANA CUMPLIRÍA EL CENTENARIO, SU OBRA DE NOVELISTA TODOTERRENO RESPALDADO POR EL ÉXITO DE PRINCIPIO A FIN YA SE ENCONTRABA AMORTIZADA Y EN EL OLVIDO. divergente

 

El médico y escritor Santiago Lorén nació en Belchite en 1918 -

ERNESTO ESCAPA
09/09/2018

Seguramente fue el peaje que lastró su falta de ambición: un recibo que se gira al final del recorrido, cuando ya no queda oportunidad de rectificar. Lo cual resulta especialmente llamativo en una personalidad singular y urgida por el tesón. Como profesional de la Medicina, Lorén fue profesor de su historia en la facultad de Zaragoza y ginecólogo. Además, publicó novelas sin descanso, siempre con un punto de humor y un déficit de aspiración, que acabó instalando su obra en el medio pelo planetario característico de su editor de cabecera. También atendió a la urgencia periodística: fue delegado de Pueblo para su edición aragonesa de principios de los setenta y luego colaborador habitual del Heraldo. Tanto trajín acabó sofocando el sutil humorismo de sus mejores novelas, desechado a veces por el chafarrinón, como ocurre en La vieja del molino de aceite (1984), premio Ateneo de Sevilla y último tributo a la factoría de Planeta: una torpe ficción policíaca sobre el envenenamiento masivo con aceite de colza.

Si contraponemos este apaño malbaratado o el aún posterior y maniqueo de Mi señor don Fernando. La conquista de un reino (1992) con la memoria de lectura de su exigente y huxleyana VIP (Very important persons, 1971), no puede más que lamentarse la trituradora de talento que para las letras españolas ha supuesto la editorial de los Lara. Con el señuelo de retribuciones rápidas y golosas, condujo a escritores de indudable talento por una pendiente que los precipitó en el abandono. De hecho, la apología de Fernando el Católico de Lorén ya vio la luz en la editorial zaragozana Mira, porque a sus 74 años Lorén había dejado de ser tentador para la factoría Planeta. Doce años antes todavía recaudó en Sevilla el segundo de sus premios planetarios, pero algo debería haber aprendido respecto al bazar de aquella editorial ante la oscura desbandada que se produjo cuando ganó el Planeta en su segunda convocatoria (1953) con Una casa con goteras.

Si ya en su estreno, el Planeta había ignorado una novela tan digna como Mi idolatrado hijo Sisí, de Miguel Delibes, al año siguiente le alcanzó el premio a Lorén, con un jurado de perillanes barajado a capricho, después de que Zunzunegui retirara La vida como es (1954) al advertir los manejos, que más tarde contó en su novela El premio (1961; distinguida con el Nacional Miguel de Cervantes en 1962). La dotación había subido de cuarenta a cien mil pesetas, y un extraviado por ebriedad Wenceslao Fernández Flórez compartía aquel jurado con Lara, un fiscal, un futbolero, un censor, el nazi Pombo Angulo y el marqués de la esvástica González Ruano, que actuó como portavoz. Fernández Almagro se había despedido en solidaridad con Zunzunegui.

Santiago Lorén ya había publicado la novela Cuerpos, almas y todo eso (Caralt, 1952), en réplica irónica a la famosa Cuerpos y almas (1943), de Maxence Van der Meersch, donde el hilo conductor es la formación y primeros pasos clínicos del propio autor, que asume el papel confidencial del doctor Doutreval en el modelo, con más acierto en los episodios estudiantiles que en el testimonio de su práctica bilbilitana. Pero su defecto más chirriante, profusamente repetido en obras sucesivas, es el abuso de tecnicismos médicos, a veces tan disparatados como el que refiere los besos que le da en la cara su hermana: «Cada uno de ellos capaz de producir en pieles menos delicadas que las de mis mejillas un eritrema flictenular». Y se queda tan oreado.

Una casa con goteras (1953) es novela picaresca de humor, que cuenta las andanzas ambulantes del viajante Sebastián Viladegut, un don Juan disperso que se reparte en Soria con Fortunato Canales los favores de la propicia Monna, para acabar prendado de la cojita Isabel, con quien se casa por amor, dejando en el olvido las pasiones efímeras de Faly y Elena. Engreído y en el fondo inseguro, el trapisondista Viladegut recibe entonces el mazazo de la muerte en el parto de Isabel. Esta novela itinerante termina ensamblando piezas al tuntún, sin demasiado sentido, aunque la escritura ya ofrece un ritmo más suelto.

Cajal, historia de un hombre (1954) ensaya la biografía encomiástica del ilustre aragonés imitando los modelos entonces en boga de Maurois o Zweig. Un nuevo ensayo, Del electrón a Dios (1969), aborda la reflexión sobre el conocimiento de la creación en función de su creador. Otras tres novelas suyas vieron la luz en los cincuenta: Las cuatro vidas del doctor Cucalón (1954), Vivos y muertos (1955) y El verdugo cuidadoso (1956). En la primera, rememora tres generaciones partiendo del abuelo, que evoca su vida de médico. A pesar del tinte sensiblero, la intriga discurre con buen ritmo. Vivos y muertos resalta el ingrediente humorístico en la contraposición guareschiana de mosén Piqueta y el médico don Nicolás. Sin enfrentamiento político, con la divergencia radical que provoca la construcción de un pantano. Esta novela volvió a publicarse en 1967 como El pantano y con el humor como cañamazo narrativo del conflicto.

El verdugo cuidadoso agrupa dos novelas breves de locos. Siete alcobas (1964) muestra un avance significativo, que la sitúa en la órbita de Wenceslao Fernández Flórez. Los protagonistas de un triángulo amoroso descubren la hipocresía de la sociedad cuando alcanzan su dicha en el amor. VIP (1971), una parábola camboyana, es su mejor novela, en la estela de Huxley. En 1978 fue finalista con Memoria parcial del Espejo de España obtenido por el pujolista Porcel, donde evoca los años jóvenes como sanitario en el frente de Aragón, implicado en una guerra que no era la suya.

   
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