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Diario de León | Martes, 22 de mayo de 2012

PIEDAD BONNETT. ESCRITORA

«La belleza siempre tendrá prestigio, aun en sus formas más insípidas»

Ganadora del Premio Casa de América de Poesía Americana en 2011, entre otros muchos reconocimientos, Piedad Bonnett publicó a finales del pasado año El prestigio de la belleza (Alfaguara), el conmovedor relato de una niña que descubre que es considerada fea en una sociedad que tiene un enorme aprecio por la belleza. Mientras Dios, la religión, la enfermedad, el amor y la muerte van emergiendo de una realidad tal vez más amarga de lo que imaginaba, la protagonista, a pesar de las incertidumbres y temores que guarda en sus entrañas, logra sortear esta percepción temprana gracias al estímulo de las palabras y a una innata e imaginativa rebeldía. Una novela muy personal sobre la relación de su autora con la belleza, narrada con emotivo y sincero orgullo, mucho humor y el lirismo impecable característico de la prosa de una de las escritoras colombianas más destacadas de nuestros días.

E. A. / A.G. 05/02/2012

­­­—Inevitable que la primera pregunta relativa a El prestigio de la belleza sea: ¿Cómo se debe leer, entender esta obra: como una novela de infancia e iniciación, como un libro de memorias o como una autobiografía falsa?

—Como una falsa biografía de la infancia y la adolescencia. Gran cantidad de elementos son verdaderos. Pero un porcentaje igual es fabulación, imaginación pura.

—¿Cómo cree que afecta a la protagonista el hecho de haber nacido untada de excremento (y ser plenamente consciente de ello)?

—Ella sabe que sufrió al nacer, que ha vivido ya de alguna manera la experiencia de la muerte. El excremento, pues, más que un signo de degradación, es la marca muy temprana de su conciencia de mortalidad.

—Sorprende que la protagonista, una niña prodigio podríamos decir, capaz de cuestionarlo todo, no sea capaz de hacerle frente a su madre cuando ésta intenta «corregir» su «fealdad». Pareciera que es la madre quien la acompleja, quien la hace sentirse fea constantemente. ¿Por qué cree que la niña no le guarda resentimiento? ¿Por qué será que es capaz de desmitificar lo que podríamos llamar «la verdad de Dios» mas no «la verdad de su madre»?

—La adulta que narra la novela no le guarda resentimiento a la madre, porque sabe que actuaba de buena fe, movida por el infinito prestigio de la belleza. Y la niña no la cuestiona porque la idea de que no es bella no se le formula directamente sino que se le sugiere cada tanto. Lo que el lector no sabe es que esa niña, cuando crece, a pesar de cierto doloroso resentimiento, ya no le ve sentido a enfrentarse a la madre.

—Cuando nace su hermanito, la narradora de El prestigio de la belleza dice: «Yo recibí al nuevo miembro familiar con una mezcla de curiosidad y recelo. En cuestión de días descubrí el placer de la crueldad, que se tradujo en insólitos experimentos que llevé a cabo a espaldas de mi madre. Metía mis dedos en los ojos de la nueva criatura, tapaba por unos instantes su nariz…». ¿Estos celos son por la belleza de su hermanito (belleza que, a su parecer, no tiene) o por la llegada como tal de un nuevo miembro familiar?

—Esos celos nacen de la oscura intuición de que ella y su hermana serán opacadas por el hecho de que esa criatura ha nacido no sólo bella, sino con un órgano que la acredita como varón.

—¿Cree que nuestra protagonista, siempre acomplejada por su fealdad, pudo llegar a sentirse bella en los siguientes momentos de la historia?

—En realidad la protagonista no se siente acomplejada. Asume con incomodidad y descontento, pero no con vergüenza, que a los demás no les parece bella. En ninguna de las ocasiones anteriores ella se siente bonita. Pero sí libre, o querida, o apreciada, o ajena, o llena de fuego e imaginación. Formas todas compensatorias de la falta de belleza.

—Dice la protagonista: «Mientras yo me convertía en una diminuta y exasperante recitadora, mi hermana jugaba a la pelota, se subía a los árboles y a los muros, jugaba al yo-yo y al hula-hula, es decir, era feliz». A veces resulta muy perturbadora la manera como la niña se juzga a sí misma o, como se dice, se «da tan duro». Llega un punto en que ya no es crítica consigo misma sino destructiva. ¿Por qué?

—Creo que esta impresión puede nacer de dos cosas: de que la mirada de la protagonista sobre sí misma está mediada por un narrador que exagera las cosas con un poco de humor. Y además de que desde pequeña aquella niña tiene la capacidad de ver la verdad de frente, sin ambages, descarnadamente.

—Uno de los símiles más hermosos de la novela describe al padre de la protagonista. Ella dice: «El padre era siempre alguien por llegar, el caballo que montamos asustados con el corazón rebosante de dicha». ¿Podríamos pedirle a la niña que nos regale un símil para su madre?

—La madre sostenía la familia de manera tal, que llegaba a pensarse que era una presencia eterna, tan antigua y natural como la luz o el agua.

—Es tal el pavor que la niña siente de irse para el Infierno que pudiéramos pensar que lo opuesto de la belleza no es la fealdad sino el miedo y la culpa…

—En efecto, los miedos y la culpa la acompañan desde que nace. Tal vez por eso ama la poesía. Porque, como escribió Rilke a Lou Andreas Salomé, el poeta es aquel que sabe sacar partido de su miedo.

—A lo largo de la novela vemos los tratos de la niña con la belleza de los cuerpos, de los paisajes, de los sonidos, de las palabras… ¿Hay una belleza absoluta, incuestionable? O, para utilizar la misma pregunta que se hace el filósofo chino Chiang Tzu: ¿Quién sabe lo que es verdaderamente bello en el mundo?

—Nos tranquiliza pensar que la belleza es cultural e histórica. Pero, a la vez, sabemos que la verdadera belleza es reconocida por todos. Mucho más, por supuesto, que la fealdad.

—«Soy fea –repetí-, soy muy fea». Y nuestra protagonista enseguida se pregunta: «¿Era hora de empezar a construirme un ser, una identidad que hiciera prescindible mi físico». Para usted ¿la belleza y el esplendor intelectual son superiores a la belleza y el esplendor de los cuerpos?

—La belleza superior es, para mí, aquella que va acompañada de fuerza y misterio. Aunque siempre nos deslumbran el esplendor de un cuerpo o el brillo de la inteligencia.

—«La constatación de la maldad humana me producía deliciosos escalofríos». ¿Por qué?

—Porque no hay nada más misterioso que la maldad. Y porque siempre que se habla de maldad detrás hay una historia interesante.

—El título de la novela es El prestigio de la belleza. Sin embargo, en uno de los momentos más emocionantes de la historia, cuando nuestra protagonista se da un beso con el niño que le gusta, dice: «No podía creerlo. La belleza había tocado a mi puerta y era insípida como aquella inocente zanahoria». ¿Hay una contradicción o más bien existe una relación entre el prestigio y lo insípido?

—La belleza siempre tendrá prestigio, aun en sus formas más insípidas. Lo que descubre la protagonista es que estas últimas existen y no le interesan.

—De niña, la protagonista de la novela define la poesía como «palabras llenas de aire que se juntaban de manera caprichosa, como los colores del arco iris en un charco de aceite». ¿Cómo la define Piedad Bonnett? ¿Por qué la protagonista considera que la recitación es una práctica abominable?

—Una cosa es la poesía –que puede estar en cualquier parte- y otra el poema. Me atrevo a definir el poema como el lugar donde el misterio del mundo se concentra en palabras. La recitación es, en general, abominable, porque vuelve pomposo y falso el acto humilde y más íntimo de la mera lectura.

—«La invisibilidad, estoy segura, provenía de la mirada de los otros». ¿Cómo así? ¿No proviene de uno mismo?

—Cuando la invisibilidad nace de uno mismo equivale a insignificancia. Pero puede no verse al otro por arrogancia, insensibilidad o falta de respeto.

—¿Con cuál de sus yos se sentirá más cómoda la protagonista? ¿Con el yo circunspecto o con el yo extrovertido?

—El yo circunspecto está lleno de incertidumbres. El extrovertido es una máscara. Mi personaje no está contento con ninguno de los dos, anda a la búsqueda de un tercer yo.

—«La tinta envenenada», dice nuestra protagonista. ¿También desintoxica?

—Y cura.

—«Quería que me admiraran, que no dejaran de mostrar su sorpresa, que siguieran hasta el infinito llenas de estupor y fascinación». ¿Por qué este deseo de aplausos? ¿Tal vez lo intuye como una compensación de su aparente fealdad?

—El aplauso es una forma sonora de aceptación. Creo que a los niños y a los adolescentes les gusta sentirse aceptados. Pero además, la infancia, en su versión contemporánea, es tremendamente vanidosa y exhibicionista.

—«No hay belleza completa en una mujer si no tiene una cabellera de rizos sueltos, de alegres bucles ondeando al viento». La niña, definitivamente, no se ajusta a estos parámetros de belleza. ¿Considera Piedad Bonnett que la belleza debe cumplir necesariamente ciertos estándares?

—Sólo hasta cierto punto. A mí me gusta mucho la belleza extraña. Y encuentro bonitos a muchos gordos, a gente pequeñita y hasta algunos calvos.

—Como la protagonista, ¿considera Piedad Bonnett que la belleza es enteramente inútil?

—La belleza del paisaje, de la arquitectura y el arte, la de unos bellos ojos es, por fortuna, inútil. Pero en nuestras sociedades la belleza física es muy útil: los maestros suelen preferir a los bonitos, y estos consiguen más fácilmente que los feos un trabajo, la fama, dinero.

—«Bello y conmovedor, o bello y original, o bello y perturbador». ¿Con cuál se queda?

—Bello y perturbador. Sin duda.

—¿Es posible que la belleza desprestigie de alguna manera?

—Claro que sí. Los pobres bellos tienen fama de ser tontos. Y los que no lo son siempre tienen dudas de si atraen por bellos o por el encanto de su personalidad.

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