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PARA PERPETUAR LA MEMORIA

La pesca fallida: aventura por la sierra de Gistredo

 

«… no volvimos a ver lobos ni tener la sensación de ser seguidos o acompañados por ellos…». - UWE ZUCCHI

ÁNGEL DE PAZ FERNÁNDEZ
11/03/2012

Surante las vacaciones de Semana Santa de 1966, yo había estado algunos días plantando pinos en el monte de Pardamaza. Los obreros que venían de allí me dijeron que en aquel río eran abundantes las truchas. Lo comenté con mi amigo Paco Cesáreo y decidimos ir un día a pescar. También se apuntó a acompañarnos José Antonio Rodríguez, Toño el de Asunción. Era unos 12 años mayor que nosotros, pero, pese a la diferencia de edad, le caíamos bien y tenía ganas de pasar un día por la sierra en compañía nuestra.

Aunque las previsiones del tiempo no eran buenas, fijamos la fecha para el día de Viernes Santo. Paco se armó con la caña de pescar, Toño con una cachava y yo con un elegante bastón de mi tío que tenía dentro un estoque de acero en cuya reluciente hoja podía leerse: Toledo—1900.

Equipados con botas de goma y las escasas prendas de abrigo que entonces usábamos en Noceda, un jersey de lana y una americana vieja, emprendimos el camino que yo entonces conocía a la perfección: Candaniella, El Abesedín de Veneiro y la senda que iba directa a La Portilla. Desde allí había pistas y banquetas, recién hechas; era cuestión de coger una banqueta y seguirla hasta encima del pueblo.

Cuando llegamos al Abesedín, recibimos el primer aviso del temporal que se avecinaba y, si no hubiésemos sido tan impetuosos, tendría que habernos servido para regresar a casa sin más; pero no lo hicimos. En cuanto la senda penetró en la umbría, la nieve era muy abundante y nos metíamos en ella hasta la cintura. Era imposible seguir por aquel camino, así que decidimos salir al aro y seguir por toda la cadena rocosa que termina en Gistredo. Eran las peñas que conocíamos bien porque en ellas se colocaban los tiradores cuando íbamos a dar batidas a los corzos. Empezó a nevar y la niebla se hacía, cada vez, más espesa.

Estábamos llegando a la cima y la niebla y la nevisca arreciaban de tal manera que no dejaban ver más que unos metros. Paco se empeñaba en decir que íbamos en mala dirección y no quería seguirme. Toño callaba, yo creo que asustado. Tuve que ponerme serio y darle un ultimátum:

− Si antes de 10 minutos no estamos en la caseta de Gistredo, te dejo seguir por donde dices; pero, si llegamos a la caseta, ya verás que yo tengo razón.

Este episodio me ha servido muchas veces para explicar lo que la niebla y la nieve son capaces de hacer en la montaña. Si no hubiéramos estado en un lugar que yo entonces conocía como mi propia casa, nos habríamos perdido irremisiblemente. Llegamos a la caseta y allí Paco se orientó de nuevo.

El descenso a Pardamaza fue mucho más fácil. Seguimos el cortafuego y, por las banquetas, caminamos hasta llegar a la senda por donde subían a plantar pinos los que venían de Pardamaza. Por ella descendimos al pueblo. Nos acercamos al río enseguida; pero, solo tirar el anzuelo, comenzó a nevar con todas las ganas. Caían unos copos enormes. Tuvimos que regresar al pueblo y buscar cobijo en la única taberna que había. Allí despachamos la merienda y nos pasamos las horas jugando la partida y bebiendo lo que había: vino, que pedimos que nos calentaran con miel. No paraba de nevar.

Hacia media tarde la nieve era aguanieve y no caía tan intensamente; pero regresar por la sierra era imposible. Nos quedaban dos salidas: dormir allí en un pajar o regresar, siguiendo el río por el camino de Librán y, luego, girar por Villar y Las Traviesas hasta Noceda. El camino era muy largo, pero, en aquellas circunstancias, era el único seguro. Con la esperanza de que la nevada remitiera, perdimos unas buenas horas de día. Finalmente, pasadas las 6 de la tarde, salimos hacia Noceda. Cuando llegamos a casa de Alfonso en Las Traviesas era ya de noche. Allí encontramos mucha gente conocida y decidimos recuperar fuerzas haciendo una chocolatada y dar tiempo a que se secaran nuestras ropas.

Con el calor en el cuerpo, emprendimos el último tramo de viaje por el sitio más corto: por el Souto. No cesaba de caer aguanieve y la oscuridad era total. Toño consiguió que le dejaran una linterna, pero las pilas se agotaron mucho antes de llegar a Noceda. Solo cruzar el arroyo del Souto, Paco gritó:

− Un lobo. Dame el estoque.

Ni Toño ni yo conseguíamos ver nada, pese a la tenue luz de la linterna. Paco insistía:

− Míralo, míralo.

Desenvainé el estoque, pero no se lo di. En medio de aquella oscuridad temía que, en vez de herir al supuesto lobo, terminase hiriéndose a él o a uno de nosotros. No sé si hice bien. Paco es de esas personas privilegiadas que en el monte lo ven todo, hasta de noche. Con la firmeza que lo decía, algo tuvo que ver.

Como lo que restaba de camino no volvimos a ver lobos ni tener la sensación de ser seguidos o acompañados por ellos, terminamos por pensar que, quizás, en vez de lobo lo que él había visto sería un melandro, muy abundantes en aquella zona.

Llegamos a nuestras casas pasadas las 11 de la noche y, al menos en la mía, se extrañaron de que hubiéramos regresado en aquellas condiciones. Mi padre estaba convencido de que quedaríamos a pasar la noche en Pardamaza. Entonces no había móviles ni siquiera servicio telefónico en los pueblos pequeños; pero nadie se inquietó por nuestra tardanza.

De aquella jornada, además de todas las aventuras y desventuras, guardo un recuerdo material: en el camino de vuelta a Noceda, cerca de la mina de Méndez, encontré un rústico cuerno de caza. A falta de truchas, metí la cuerna en el morral. Aprendí a tocarla y la llevé a Salamanca donde la hacíamos sonar con todas las ganas cuando íbamos a jugar al rugby. Hasta en Madrid la hicimos resonar en los XIV Juegos Universitarios.

Ahora, duerme en nuestra casa de Ulldemolins. Años atrás, mis dos hijos menores la tocaban para llamarme cuando estaba trabajando en el campo. Su aviso era inconfundible y no fallaba. Si sonaba la cuerna había que regresar a casa. A ver si crece mi nieto y algún día la despierta de su letargo.

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