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FILANDÓN

«La poesía es un gran acto de insurgencia»

RAFAEL SARAVIA / POETA

e. gancedo
03/09/2017

 

De cosas como el ‘pan y sus sarcasmos’, la ‘pasión divorciada’ o la ‘duda y sus reliquias’ escribe Rafael Saravia en El abrazo contrario, un nuevo poemario de próxima aparición, editado por el sello Bartleby y pleno de tensión poética, de hallazgos interiores, de dudas, remansos y fragmentos de vida, que prologa un singularmente combativo Antonio Gamoneda. Es, dice, su libro más maduro, más reposado. Experiencias destiladas por el alambique de la sensibilidad calmada y del vivir siempre atento al mundo que bulle.

—¿Qué sentido tiene escribir poesía con la que está cayendo?

—El mismo sentido que vivir con la que está cayendo. Es un acto de insurgencia necesario para el que aspira a erradicar el miedo en un porvenir más bello. Hay una respiración diferenciada entre lo que uno vive y lo que uno quiere vivenciar. El camino entre esos dos conceptos se recorre mucho mejor con música y pensamiento —eso es la poesía—, hasta hacer lo más armónico posible ese paralelismo y conseguir acercar lo máximo la vivencia deseada a la realidad vivida. Una vez que se consigue eso, la poesía no es necesaria en la escritura, pues será en cada gesto. Pero, hasta entonces, el rasgo, el trazo y su concepto son necesarios para dar cada paso y asimilarlo. Precisamente el segundo y el quinto poema del libro hablan un poco de esto mismo, pero de una manera menos abstracta y más estética.

—¿Cuáles son las principales claves de este nuevo poemario, y cuándo verá la luz?

—El libro está ya en imprenta y se presentará a finales de este mes en el Palacio del Conde Luna, casi seguro el 28 de septiembre. Han sido unos años inquietos y abruptos a nivel personal, con bastantes cimas y valles, y eso ha hecho que haya madurado este poemario de manera más lenta, con más calma y sin las prisas que a veces se requieren para «estar». Al no tener que «estar», al quitarme ese peso, han surgido nuevas vías de indagación que me han aportado un conocimiento particular de mí mismo y de mi entorno. La conciencia cívica, su acción política y el amor y sus convulsiones están muy presentes, pero he iniciado una nueva búsqueda, ligada al individuo y la naturaleza, que genera un músculo nuevo en mi escritura y de la cual veo ánimo de ampliar. En ese sentido, a pesar de ser mi quinto libro, la emoción me baila con ganas y tengo ese temblor del que comienza algo por descubrir.

—¿De dónde extrae su inspiración, cuál es su materia prima literaria fundamental?

—De lo humano. Lo vivido, lo soñado, lo reflexionado… Mis lecturas ahora se acercan a ese conocimiento de lo que soy; esa nada que apenas afectará al conjunto en el mapa de los tiempos. Leer a Cioran, Benjamin, Sartre, Thoureau, Heidegger, Celan, Zizek y un buen puñado de compañeros de hoy me hacen generar una noción de lo humano más real y más combativa. Tal vez por eso, por el conocimiento que me generan sus trabajos, mis poemas se alimentan de desolación para generar la rabia y la atención necesarias para anhelar un cambio.

—Escribe una columna semanal en el Diario. ¿Qué le aporta este cambio de tercio, ese diferente lenguaje?

—Sí, en tres meses haré cinco años de escritura semanal en este periódico. Para mí fue un reto importante. Hasta ese momento mi escritura sólo se había vertebrado en la dicción poética, y me costó bastante diferenciar y gestar este universo literario que supone la columna periodística. Ahora me siento cómodo y firme; investigar, leer a otros colegas y generar un territorio propio de reflexión ha sido muy estimulante, además ha despertado mi lado reivindicativo como ciudadano preocupado por su entorno.

—Las listas de los libros más vendidos incluyen, semana tras semana, un tipo de poesía juvenil que arrasa y cosecha cifras sorprendentes para el género. ¿Qué le sugiere este fenómeno?

—No me preocupa lo más mínimo. Eso ha existido siempre y está más ligado al mercado que a otra cosa. La cuestión ha sido que al poner el nombre de poesía a ciertos libros donde algunas personas cuentan sus sentimientos y sus experiencias, la «élite» literaria ha puesto el grito en el cielo. Antes la poesía no le interesaba al mercado, ahora han visto que pueden poner ese nombre (ligado siempre a un valor elevado de pensamiento, musicalidad y estética) a productos vendibles. Pues bien, eso mismo ha pasado con la palabra «novela» y tenemos a Ana Rosas Quintanas y Belenes Estébanes que venden más que Unamunos o Vila-Matas. Con ello no quiero decir que la poesía que vende es peor que la que no vende, simplemente que hay un público para cada texto. Yo selecciono lo que me hace crecer, y entiendo que cada cual hará lo propio.

—¿Qué título recomendaría a quien nunca (o raras veces) ha leído poesía y quiera adentrarse en ella?

—No creo en fórmulas mágicas tipo «comprende la física cuántica en 60 minutos». Hay poesía que sintoniza con la emoción, otra que requiere un conocimiento previo para profundizar en su éxtasis, y creo que ambas necesitan de un entrenamiento (sensitivo, emotivo e intelectual) para poder degustarlas al cien por cien. No requiere el mismo entrenamiento sacarle el máximo jugo posible a una fuga de Bach que al Despacito. Ambos pueden emocionar dependiendo quién y en qué momento lo escuche, pero el éxtasis sólo se puede obtener a través de Bach, os lo aseguro. Por eso no creo en los libros de «autoayuda» poética, aunque sí en la magia que pueden generar los textos de Gamoneda, Blake, Whitman, Pizarnik, Lezama, Gelman, Plath, De Rokha, Mallarmé, Dickinson, Lorca, Pasolini, Pérez Estrada, Erri… Porque como decía Elliot: «La poesía genuina puede comunicar antes de que se entienda».

—¿Qué supone para usted que Gamoneda haya hecho el frontispicio de ‘El abrazo contrario’?

—Antonio Gamoneda es uno de los referentes en mis lecturas de todos los tiempos. Ha sido junto a poetas como Vallejo, Claudio o Valente un pilar que soporta mucho de lo que yo entiendo por escritura total. El hecho de conocerle, compartir inquietudes y abrazar una amistad con él, ha supuesto algo importantísimo para mí. Este frontispicio es un regalo que me enriquece y emociona a partes iguales. Muestra la gran generosidad de Antonio y su espíritu combativo a pesar de —o precisamente por— la ironía y sus fronteras.

 

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