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Como libros leídos han pasado los años

El escritor y fiscal Avelino Fierro abre a los lectores del ‘Filandón’ los secretos de su amplia biblioteca

 

cristina fanjul
02/09/2018

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fernando otero perandones -

Una biblioteca es una idea en la cabeza porque el espacio físico que ocupan los libros en una estantería no importa demasiado. Una biblioteca se construye con las lecturas y con el olvido, con las experiencias vitales de cada palabra que la mente atesora para siempre, con los hipervínculos de los recuerdos e ideas, es el crisol que la reverberación de voces modela en tu memoria. Sin embargo, antes de llegar a ese momento, hemos tenido que llenar las baldas. Una habitación propia puede existir o no. Ha habido grandísimos lectores que se vieron obligados a beber de las bibliotecas públicas mientras otros, con más suerte, coleccionan como un entomólogo ediciones Príncipe, manuscritos y libros descatalogados. Es el caso de Antonio Colinas, que entre sus reliquias literarias atesora un ejemplar dedicado de la Antología poética, editada por la Compañía General Fabril de Buenos Aires de Ezra Pound. El propio poeta se lo dedicó en Venecia en 1970 cuando fue a entrevistarle.

Todo es suficiente cuando el hábito y, sobre todo, cuando el amor por las letras logra convertir el instante de la lectura en un momento único, ese en el que todo se detiene ante una frase que hace que nada vuelva a ser igual.

—Pero, ¿cómo se forja una biblioteca?

Avelino Fierro subraya la importancia de tener una biblioteca propia. «Necesitas soledad y un espacio para poder desarrollar el vicio impune en el que podamos pensar lo que queramos sin ser sancionado por nadie». El escritor confiesa que durante toda su vida ha comprado mucho más de lo que ha leído. «Tengo cierta manía tonta y compulsiva de coleccionar», dice con una sonrisa, y rememora su adolescencia en la librería Pisa. «Aquí no están esas colecciones, pero recuerdo las colecciones de los años 70 de Tusquets, La teoría política de Anagrama, Los cuadernos ínfimos, Los Marginales, Palabra Menor, de Lumen... En aquella época todos éramos de ese lugar... nos parecía que eso era la modernidad»,

La biblioteca de Avelino Fierro se desparrama por toda su casa y, en ocasiones, la incontinencia de libros le ha obligado a ‘cargar’ a sus padres con parte de lo que ya no tiene cabida en su residencia. La ‘capital’ de su espacio lector se encuentra en una gran habitación ideada en la planta superior que, según confiesa, él y Mar, su mujer, compraron precisamente para crear un hábitat propio a todos los libros que, de otra manera, tendrían que haber sufrido también el exsilio matris.

Hay de todo, tanto de todo que resulta inútil realizar una disección de las obras que levantan esa idea de universo que Borges definió como la Biblioteca de Babel y que, según el titán argentino, debía tener estructura hexagonal. El mundo infinito de Avelino cumple una de las condiciones del autor de El aleph: se repite en el mismo desorden. He encontrado algún volumen que el escribidor de Mi querido diario tiene dos y hasta en tres ocasiones. Jaime Gil de Biedma es una constante, como Josep Pla, que descansa de manera un tanto humorística junto a una imagen de Ava Gadner junto al marido eterno de Elisabeth Taylor. La cultura pop también es cultura. Pero el espacio infinito de Fierro está rodeado por libros de Estética, de Filosofía, de Arte y de Poesía. También hay un estante referido a la Revista de Occidente.

Entre los tesoros que Avelino Fierro legará a sus hijos, destaca la colección de poesía editada por el Ministerio de Cultura. «Tendré que poner algunas marcas en este Cafarnaún que tenemos aquí».

Avelino Fierro, que se niega a introducirse en el mundo literario que se abre a través del ebook elige uno de sus libros más recientes —uno de Steiner— para criticar las ofertas literarias con las que tratan de avasallar las grandes editoriales: «Son los imbéciles de los que hablaba Bernanos. Se les reconoce de manera infalible por su falta de gusto». Recomienda ¿Para qué sirve la literatura?, de Antoine Compagnon.

—¿Para qué? le pregunto, y le recuerdo que Saramago solía decir que, si nos referimos a un concepto de utilidad, no sirve para nada.

—Sirve para vivir mejor pero, sobre todo, para «resistir a los malos consejos o a las intimaciones de los imbéciles».

Elige también a Zygmunt Bauman en Generación Líquida y, por supuesto, un ensayo de literatura, de poesía en este caso. Lo firma el profesor José María Castrillón y se titula Subir al origen. Antología comentada de poesía occidental no hispánica. Y recomienda leer poesía cada día, «para ser más libres», para llenar la vida de belleza o, ¿quién sabe? para tener más opciones de ligar en el mundo del Tinder, que para todo se necesita la palabra.

Antes de abrirme su casa, Avelino Fierro ha escrito uno de sus diarios de Tamtampress, a modo de entrenamiento y con la esperanza de que no le quite demasiado tiempo — «me robas demasiado», me dice siempre— a sus horas. En su dedicatoria me cuenta que en una visita a París le dio por entrar en la iglesia de Saint Sulpice: «Allí comenzaron a zumbarme los oídos, como cuando se dice que están hablando de ti. Me susurraban los libros, las lecturas sobre aquel lugar en el que nunca había estado: Josep Pla en su libro sobre París; Baudelaire, que habla de las pinturas que Delacroix tiene en esa iglesia; el propio pintor, del que había leído no hacía mucho su Diario. Estaba mareado, afligido por la emoción. Creo que si me hubieran escaneado en ese momento se habría visto que yo tenía en la cabeza un auténtico carrusel. No es broma». Estoy segura de que no lo es.

«Como libros leídos han pasado los años», dices en otro de los párrafos de esa dedicatoria en la que me pides que anime a los leoneses a leer. Y es verdad, porque una biblioteca es, también, un viaje al pasado, a todo lo que has leído y añoras volver a vivir, aunque sepas que esas palabras nunca volverán a sonar igual. Y eso que son los que sostienen el peso de los que vendrán detrás. El poeta Antonio Colinas confesaba en un video realizado para la revista Enclave que hay una sección en su biblioteca que él califica de Los iniciados. En ella, destacan libros de pensamiento antiguo, grecolatinos y orientales. El escritor bañezano subraya obras como El libro del Tao, «un libro que le influyó mucho», o El libro de los cambios, anterior a Lao Tse. También recorre a los místicos cristianos o a Plotino. Los ecos de todos ellos explican la armonía de la letra de Colinas. Así también, Luis Mateo Díez explica en el Ciclo Biblioteca de Escritores de la Fundación Maphre que una de las características de su biblioteca es que se asemeja a su vida. «En mi caso, el desorden del orden es el impulso natural de mi vida», destaca, y añade que su biblioteca «tuvo un orden». El autor de El espíritu del Páramo confiesa que él siempre ha sido un «lector caprichoso». Entre sus lecturas preferidas durante el aprendizaje subraya los libros de filosofía, los clásicos y el ensayo. Sin embargo, revela que en estos momentos apuesta por el «descubrimiento». «Yo ahora viajo a través de mi biblioteca y descubro libros que no he leído nunca».

Le pasa también a Avelino Fierro, al que no le importa admitir que compra mucho más de lo que lee, un pecado de admirar en un mundo en el que las librerías se han convertido en espacios mágicos —tienen la cualidad de hacerse invisibles a la mayoría— y los pocos que tienen el tiempo de dedicarse a este vicio lo hace con las obras aquellas con las que Richard Brautigan llenó la particular biblioteca de fracasados.

Se está haciendo tarde, Avelino, y me has robado mucho tiempo. Miro por las ventanas del periódico y veo los neones de una tienda de iluminación. Al fondo, se distingue el silo de Everest, queya nunca servirá para lo que nació. Una imagen potente para acabar ¿no te parece? Ya ves, Avelino. Se va el verano y he sentido ganas de llorar. También.

   
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