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Lobos de ojos brillantes y amarillos

MIGUEL LUIS SANCHO
09/10/2011

 

Sofía aceptó el brazo tendido de su amigo. La ascensión hacia la cima de la escombrera fue bastante dificultosa. A cada paso, las piernas se hundían en el manto blanco. A veces se producían pequeños derrumbamientos que les obligaban a retroceder cuesta abajo. Entre risas y juegos, los dos muchachos llegaron a lo más alto del enorme montón de piedras y nieve. Un tímido sol les acarició el rostro. El viento de la montaña soplaba allí con más pureza.

—Mira ahí abajo. Hay varias quitanieves con las luces encendidas y una excavadora apartando las rocas que se han desprendido.

Sofía obedeció al muchacho. Era verdad. Había un gran despliegue de gente y de vehículos para sacarles en el menor tiempo posible del aislamiento. También vio varios hombres con uniforme verde, quizá miembros de la Guardia Civil.

—Hace unos años ocurrió algo parecido, solo que unos cuantos kilómetros más abajo, a la entrada del cañón del río. Yo era pequeño, pero todavía me acuerdo de todo.

La muchacha volvió a pensar en los lobos de ojos brillantes y amarillos, en la pelea entre el jefe de los cazadores y el dueño del alojamiento rural. Se lo tenía que contar todo a Tito. De lo contrario, iba a explotar en mil pedazos como una botella de cristal arrojada con furia contra el suelo.

—Ha pasado algo grave en la casa. Uno de los cazadores ha golpeado con la culata de su escopeta a Gerardo. Ha sido en el porche, cuando regresaba a la casa —dijo la muchacha, sincerándose.

—¡No me digas! —exclamó el chico—. ¡Pobre Gerardo!

—El jefe de ellos quería convertir la casa en un búnker para luchar contra los lobos. Parecía que se había vuelto loco. La verdad es que daba miedo.

A los pies del enorme montículo de nieve sonaba con intensidad la incansable corriente del río. Encima de ellos, gigantescas placas de roca mostraban sin pudor su superficie rugosa. En la otra ladera, un estrecho pasillo iba abriéndose, dejando al descubierto el negro asfalto de la carretera.

—Solo dos. Los otros se marcharon anoche a León con el herido –contestó Sofía.

—Hay que regresar al hotel rural cuanto antes. No podemos perderles de vista ni un momento.

—¿Por qué?

—Se trata de gente peligrosa, capaces de causarle más daño a Gerardo.

Sofía miró las pupilas del muchacho otra vez. Sus ojos claros, como dos espejos recién pulidos, reflejaban la pureza del sol y de la nieve de las montañas. Le hubiera gustado besarle en los labios esponjosos. Parecían de algodón húmedo. No se atrevió. Su padre se encontraba trabajando tan solo a unos pocos metros de distancia.

—¿Por qué están aquí estos cazadores? ¿A qué han venido? ¿Por qué no marchan? —dijo Sofía, malhumorada.

—Bueno, en el pueblo se escuchan rumores desde hace tiempo. Se dice que estos furtivos pertenecen a una organización secreta, a una orden de origen milenario. No solo se dedican a cazar animales salvajes, sino que también compran tierras abandonadas a muy buen precio —contestó el muchacho.

—¿Para qué?

—Mi abuelo cree que para tener más poder y riqueza. Quieren construir en estas montañas una estación de esquí y una urbanización de lujo para que la gente venga aquí en masa en vacaciones. Esa sería su forma de enriquecerse de forma rápida y salvaje, ya que la secta necesita financiarse.

—¡Pero si esta sierra es un parque natural!

—Todo depende de los lobos. Si no hay especies protegidas, estos valles carecen de valor.

—¡Siempre pasa lo mismo!

—Como dice mi abuelo, poderoso caballero es don dinero.

Cuando terminaron de hablar, los dos jóvenes descendieron juntos el enorme montón de nieve y piedras. El tractor con la pala mecánica había detenido el motor y muchos de los voluntarios regresaban a sus pueblos de origen. Era la hora de comer, de reponer un poco las fuerzas, antes del esfuerzo final.

—¿Esta tarde nos vemos? –preguntó Tito con impaciencia.

—Caro, pásate por la casa de Gerardo. Recuerda: hay que vigilar de cerca a esos cazadores.

Sofía regresó al lado de su padre. Este se encontraba agotado, casi sin fuerzas, con agujetas en los brazos. Había conseguido despejar varios metros de tierra y nieve, pero estaba desbordado por la inmensidad de la montaña.

—¡Se tardaría más de un día en abrir la carretera! –se lamentó Fernando.

—No lo creas, papá. En la otra ladera hay muchas más máquinas y avanzan a buen ritmo –respondió su hija.

Fernando plegó la pala y se la puso en el hombro, como un peón de albañil de vuelta del trabajo. Nunca le había visto así. Cuando regresaba de la oficina en la ciudad, siempre iba vestido con un impecable traje oscuro y con el nudo de la corbata bien anudado al cuello.

—¿Y ese chico? ¿Otra vez con él?

—Sí, papá. No hay mucha gente joven por aquí, ¿sabes?

Sofía no pudo evitar ponerse colorada. Su padre fingió no darse cuenta y decidió regresar a la casa caminando. Aunque el alojamiento no se encontraba demasiado lejos, el recorrido de vuelta se hizo pesado y lento. El cansancio de las piernas era considerable y costaba mucho avanzar por la nieve reblandecida.

Cuando llegaron por fin a las inmediaciones de la casa rural, Sofía miró con curiosidad el aparcamiento. Había en él cinco o seis vehículos cubiertos de nieve, incluyendo el de su padre, pero el todoterreno con doble cabina no se encontraba allí. Había desaparecido. Solo quedaban de él las sucias huellas de las ruedas sobre la nieve aplastada.

Al entrar en el jardín amurallado, Gerardo salió del interior de la casa y les recibió en el porche de la entrada. Estaba enfadado. Tenía el ojo derecho mucho más hinchado y el rostro afligido.

—Se han marchado a escondidas, sin decir nada a nadie.

—¿Quién? ¿Los cazadores?

—Y encima me han dejado la cuenta sin pagar.

(De Días de lobos,

Miguel Luis Sancho.

Ed. Bruño, Madrid, 2010.

126 pp.)

 

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