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Los renglones que tanteo en penumbra

 

Los renglones que tanteo en penumbra -

JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
29/01/2012

Quietud

Sergio Fernández Salvador. Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2011. 90 pp.

El poeta escribe versos desde hace años y un día decide agavillarlos y entregarlos para que sean de todos. Quietud se titula esa entrega, y semeja una actitud vital. El primer libro de un poeta, Sergio Fernández Salvador, ha empezado su recorrido al abrigo del calor de los lectores, de unas palabras, éstas, que acompañen la tópica soledad del poeta.

Sergio Fernández desliza sus palabras por un cauce clásico de versos medidos, cauce que lo es también de aguas o contenidos transparentes. Nos habla de lo que ve y siente, por ejemplo, de un paisaje nevado, de «un silencio blanco que hiere la mirada / y tal vez el recuerdo», un paisaje que la mirada recrea y la imaginación moldea: las bodegas son ahora «un palpitante mar / de lentitud polar»; la nieve, tan pura, «nos limpia y nos devuelve / la pulcra candidez de los principios». Por otro lado, qué mejor imagen de la Quietud que «la espera secular» de los campos de Castilla. El paisaje es, en efecto, contemplación transfundida a poesía. Y en la contemplación, evocación, vagos ideales, nostalgias vagas. En este ámbito paisajístico hay algún poema excelente, como el titulado «A una roca anfibia». Más que un paisaje, una emoción: tal es la poesía de Sergio Fernández, que termina la primera parte (el poemario tiene tres, con doce poemas cada parte) con una serie de haikus y de tankas, micropoemas en estos tiempos de microrrelatos. Pero el haiku no es mera adaptación silábica o métrica del género japonés, en el que hay siempre un elemento de la naturaleza y un evento único representado en presente, tres reglas esenciales que se cumplen, por ejemplo, en este de nuestro poeta: «Bebe un gorrión / en mi plato de barro / la luna trémula». El yo de estos poemas se muestra con nitidez en la segunda parte, conforme al título flaubertiano: «La educación sentimental»: el recuerdo nostálgico de una noche de amor, fenómenos que suscitan viejas sensaciones, como el olor de la tierra mojada, escenas familiares... Las «Elegías» de la tercera parte no siempre lo son. Si tuviera que elegir alguno de esos poemas me quedaría con «Dos elegías leonesas»: «Piornedo, Cofiñal, Foncebadón, / Primout, Ruiforco, Cuadros, Pardavé...»: el ritmo y la sugerencia de los topónimos en serie lo buscó Unamuno, lo perfeccionó Carvajal. Lo elegíaco está en «la orfandad de los pueblos a que amparan» esos nombres. Si, por otro lado, estos versos de Fernández Salvador buscaran también amparo, lo encontrarían, por el lado de la emoción y el verso claro en Antonio Machado, que incluso deja alguna huella explícita: «Esas dos notas leves... / del manantial del sueño las robaste...». De la lectura del poeta sevillano habla el poema de homenaje «A. M.»: «Bien claro habla su música, y su luz / de patio, hierbabuena y fuente limpia, / esta misma luz de otoños y de antaños...». En síntesis: paisaje, emoción y nostalgia en la corriente clara de una poesía que no busca novedad, sino calor y acompañamiento.

   
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