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Luis López Álvarez, poeta y ciudadano del mundo

 

JOVINO ANDINA YANESJOVINO ANDINA YANES 20/06/2010

L uis López Álvarez es, en palabras de la presidenta del Instituto de Estudios Bercianos, que este año le dedicó en Ponferrada las «Jornadas de Autor», «uno de los intelectuales bercianos con más proyección internacional, pero más desconocidos en el Bierzo». Sin embargo, sus sucesivos y lejanos lugares de residencia, o su intensa actividad literaria y de diplomacia cultural por buena parte del mundo, no le han hecho olvidar su nacimiento (1930) en La Barosa, del ayuntamiento de Carucedo, que descubrió un monolito en su honor el 21 de marzo. Ni tampoco las vivencias que guarda de Orellán, Cabañas de la Dornilla o Bembibre, tan ligadas a su niñez y adolescencia.

Fue con ocasión de su reciente estancia en Ponferrada, cuando tuve la oportunidad de conversar con él sobre sus recuerdos de Bembibre, donde su padre, Don Victoriano López Rodríguez, fue maestro en las Escuelas del Santo buena parte de la década de los cuarenta; villa en la que pasaba sus vacaciones cuando era estudiante en Valladolid, y de la que guarda gratos recuerdos en esa edad dorada entre los 10 y los 16 años. Un espacio lejano en el tiempo, pero fresco, nítido y transparente en la memoria, como lo evidencia la fluidez y el ánimo con que desgranaba los sucesos y vivencias. Una hora de conversación que dio mucho de sí.

-”Como le he dicho, tengo raíces fuertes en el Bierzo, puesto que mi madre y toda su familia eran de aquí. Y yo mismo nací también en el Bierzo. Y mi padre, aun siendo extremeño, primo hermano del abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero, era el primer enamorado del Bierzo. Yo diría que tengo cinco puntos de anclaje en el Bierzo: La Barosa, donde nací y mi padre era maestro. Orellán, donde también ejerció y del que tengo claros recuerdos de la infancia, porque fue en la época tortuosa de la Guerra Civil y había muchos factores que se grababan en la mente de un niño. Cabañas de la Dornilla, de donde era la familia de mi madre: allí estaba mi abuelo, que llegó casi a cien años, dos tías mías, hermanas de mi madre y primos; por eso era siempre el punto al que acabábamos yendo. Bembibre, donde pasé largos veranos. Y luego Ponferrada, donde he venido mucho teniendo más edad.

-”¿Cuándo se inician sus vivencias bembibrenses?

-”Estando en Valladolid con mis tíos y mi abuela, yo venía los veranos a Bembibre, que era para mí la naturaleza, los juegos, la expansión. Allí vivió mi padre, que era maestro en el grupo de escuelas que había cerca del Santo. Él era un enamorado de las flores y de las plantas, un emprendedor. Tenía un cuadrado pequeño de jardín, donde, entre otras cosas, plantó hierbabuena y se le ocurrió plantar tabaco en un tiempo en que estaba racionado. Una vez secas las plantas, lo elaboraba él mismo y lo regalaba a los conocidos fumadores.

Recuerdo que en alguna ocasión participé en la actividad de su escuela, donde los libros de lectura obligada eran El Quijote y El señor de Bembibre . Ulteriormente dejó de tener escuela en Bembibre, entró en excedencia y vivió todavía un tiempo allí teniendo una academia que había fundado justamente con Don José, maestro compañero, y con Don Vere, otro maestro castigado sin escuela por su filiación republicana.

Vivíamos al principio en una casa cercana a la escuela. Y luego en la última casa que había en ese momento en la carretera hacia San Román de Bembibre, justo detrás del Dancing. El Dancing era todo en el pueblo. Del Bierzo entero venían allí porque era el único lugar en que había una buena pista de baile al aire libre, buena megafonía y de vez en cuanto orquestas y animadoras. Allí, tímidamente, inicié yo mis primeros pasos de baile, que luego no han ido mucho más lejos. Recuerdo que estaba de moda y sonaba repetidamente el pasodoble Islas Canarias .

-”Fiestas y juegos-¦

-”También recuerdo las fiestas del Cristo, cuando se celebraba el tiro de pichón. Venía la gente de Madrid y otros sitios. Señores muy finos y con mucha parsimonia, que se ponían muy serios disparando contra los pichones. Y ya después el tiro al plato.

Recuerdo igualmente los juegos de los niños, cuando no había los juguetes de ahora. El juego más frecuentado por los chicos era con chapas de las botellas de refrescos. Se metía en cada chapita la foto de un ciclista o de un futbolista con un cristalito encima y un poco de masilla alrededor. Se trazaba con tiza una pista sobre el asfalto de la carretera, cosa harto peligrosa, y se jugaba golpeando la chapa con los dedos. Chicos y grandes jugaban además mucho al fútbol, en una explanada verde llamada Pradoluengo. Y también se jugaba a los bolos; sin embargo, no se jugaba a la billarda, juego típicamente berciano, al que había jugado en Orellán.

Otro recuerdo es de las ferias en la explanada del Castillo [los días 3 y 17 de cada mes], en que venía mucha gente de los pueblos; y de los mercados semanales, todos los jueves en la Plaza Mayor. Y también cuando íbamos a Ponferrada, donde teníamos familia: tíos, primos. Tomábamos el tren, incluso los mercancías y hasta subíamos a las locomotoras, porque algunos factores de estación habían sido alumnos de mi padre en la preparación de sus oposiciones. «Súbase, súbase, Don Victoriano», le decían. Recuerdo igualmente los tiempos de la vendimia. En fin, muchas cosas gratas.

-”Recuerdos muy diversos

-”Menos grato es el recuerdo del final de la II Guerra Mundial. Estaba entonces de párroco en Bembibre un sacerdote llamado Don Ricardo, que escribía versos muy siglo XIX y firmaba Vatemar [vate Montiel Alonso, Ricardo]. Muy serio y severo hacía unos sermones tremendos, en que prometía la Apocalipsis para todo el mundo; pero conmigo, por eso de que escribía versos, pues tenía un trato amable. A mí me interesaba mucho seguir las noticias del final de la II Guerra Mundial, y como en casa no teníamos aparato de radio, ¡era un lujo!, mi padre le pidió permiso para ir de vez en cuando a su casa a oír las noticias. Aquel verano en que estalló la primera bomba atómica en Hiroshima [agosto de 1945], me encontraba yo en Bembibre, y todo el mundo empezó a especular sobre lo que iban a significar para la Humanidad las explosiones atómicas.

Recuerdo también cuando había aterrizado una avioneta en una explanada entre Bembibre y San Román. Iban todos los niños en panda, corriendo. Y luego, yo tenía mi hermano más pequeño y travieso, Josemari, que trepaba por los árboles e iba a robar manzanas con una pandilla de muchachos, todo lo cual ponía muy furioso a mi padre.

Todas las tardes mi padre, que era un apasionado de la naturaleza, hacía que saliésemos él y yo a dar un paseo, después de la merienda-cena. Paseo que podía llevarnos a los pueblos cercanos, incluso hasta Albares, o hasta el paso a nivel que había después de San Román, porque allí estaban de guardabarrera una familia de La Barosa.

Recuerdo, igualmente, mis primeros baños al aire libre, con mis hermanos y una panda de amigos, en el río Boeza; en lugares prohibidos. Un día apareció una pareja de la Guardia Civil que nos corrió de allí. Yo creo que nunca habré corrido tanto en la vida.

Ulteriormente, cuando mi padre había muerto, y yo era adulto y vivía ya en el extranjero, volvía en ocasiones a Bembibre, porque mi hermana Palmira se había casado, y Richarte, mi cuñado, que era guardia civil, había sido destinado a Bembibre. Un tiempo después, abandonó la Benemérita quedándose en Bembibre hasta su muerte. Al quedar viuda Palmira la visitamos aún en Bembibre en los años ochenta mi segunda esposa, Judith, y yo. [En 1982 enviudó de María Teresa Scaillierez, su primera esposa, en cuya memoria escribió el poemario Elegíaca (1985)].

También recuerdo a Don Vere por la frecuentación de la academia en que estaba junto con mi padre. Como era una academia particular, en los veranos preparaban a los estudiantes -yo mismo incluido- que debían pasar alguna asignatura en septiembre. Entonces yo asistía a los cursos de la academia por el verano. Me acuerdo, incluso, de algunos niños y niñas de entonces. Había una niña bellísima -Charito Robinson- que tenía algún origen anglosajón, que llevaba tirabuzones rubios, y que traía enamorado a mi hermano José María. Bastantes años después, estando yo en París en la Radiodifusión Francesa, un día se presentaron a verme los alumnos que terminaban el bachillerato en el Instituto Gil y Carrasco de Ponferrada, algunos de los cuales eran de Bembibre. Venían en un autobús desde Ponferrada y traían como tutor de la expedición al propio don Vere, quien había conocido Francia y el francés en sus años de exilio. Yo les estuve acompañando un poco por París e incluso fui con ellos hasta Versalles.

Y también recuerdo que me visitó en París, estando ya en la UNESCO, el pintor Amable Arias, natural de Bembibre. Allí compartimos sobre todo esto que estamos hablando ahora. No hace mucho, su viuda me envió una publicación sobre él.

-”¿Tiene usted recuerdos del ambiente minero?

-”Sí, cómo no. Mi tío Nicanor, que vivía en Albares, era carpintero de la mina, y yo mismo tenía primos que trabajaban en la mina. Hacia 1944-45 mi hermano César comenzó a trabajar en Ponferrada, como administrativo en la Minero Siderúrgica, y la única vez que yo he bajado a una mina fue con él, pero no sé exactamente en qué lugar.

Otra cosa que recuerdo es el terrible accidente de tren que hubo en un túnel de Torre del Bierzo en que murió mucha gente [3 de enero de 1944]. Allí estuvo mi padre, en primera línea, porque él era un hombre muy voluntarioso para ayudar. Encabezó el primer equipo de socorro que salió de Bembibre. Él y otros se dijeron, «¡vamos a ver qué podemos hacer!», y allá se marcharon.

En esos veranos, una buena noche aparecían en Bembibre patrullas de la Guardia Civil a lo largo de la carretera general, que en aquel entonces atravesaba el pueblo. A la mañana siguiente comenzaba un trasiego de motoristas y, ya en la tarde, un par de coches lanzaderas. Enseguida la gente sabía que iba a pasar Franco camino de Galicia. Cuando aparecía éste, unos aplaudían, otros callaban, algunos murmuraban.

-”Tiempos difíciles aquellos de la década de los cuarenta, ¿verdad?

-”Sí, eran tiempos difíciles y de gran estrechez. Ello hizo que mis padres alquilaran una huertica en la vega del Boeza. Y allí se iba el señor maestro a cavar en la huertica de noche, y mi madre se dirigía de madrugada a lavar la ropa en un arroyo, ambos sin que les viese nadie.

Mi abuelo vivía en Cabañinas y allí iba, de vez en cuando, mi madre con mi tío Nicanor que vivía en Albares. Yo mismo les acompañé en más de una ocasión, yendo en caballería por la carretera vieja cerca de Congosto. Era para mí verdadera aventura ir por esos bosques perdidos entre castaños, hasta llegar a Cabañinas. En esos años el pan estaba estrictamente racionado y no alcanzaba. Para satisfacer sus necesidades, muchos recurrían al mercado negro, el célebre «estraperlo». En Cabañinas mi madre tenía unas tierrinas alquiladas y le pagaban el alquiler con trigo. Regresábamos a Bembibre con unas sacas de trigo sobre las caballerías. Luego llevábamos el trigo al panadero, quien para hacer el pan se hacía pagar a su vez con trigo. Todo esto entre el cuarenta y el cuarenta y seis, cuando yo tenía entre diez y dieciséis años.

-”¿Cuándo empezó usted a escribir poesía?

-”Bueno, yo desde que tenía siete años escribía aleluyas. Pero escribir versos con intención poemática, digamos, desde los trece años. Estando justamente en Bembibre publiqué el primer poema en el semanario Promesa de Ponferrada. Mi hermano, que ya trabajaba en la Minero, se presentó un día eufórico en Bembibre, con mi poema publicado en el semanario. Se titulaba «Campos de mi Ponferrada» (1945).

-”¿A quién daba a leer sus poemas?

-”Yo tuve en Valladolid dos verdaderos supermaestros, que fueron don Fernando González, un gran crítico de poesía y poeta él mismo, amigo de toda la Generación del 27, que fue catedrático del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid y le echaron a la calle por ser republicano. Yo tuve la fortuna de conocerle y él me ayudó mucho prestándome libros y dándome sus valiosas orientaciones. Y también fue mi profesor Don Narciso Alonso Cortés, quien no sólo prologó mi primer libro de versos, Arribar sosegado (1952), sino que me abrió las puertas de su casa.

-”Un hermano suyo, gran aficionado al toreo, era muy popular en Bembibre

-”Sí, mi hermano Josemari, que en sus tiempos taurinos firmaba «Cascabeles». Murió hace años ya. Llegó a torear vestido de luces como novillero, pero yo nunca le vi torear porque su actividad taurina coincidió con los once años en que estuve sin venir a España.

-”Cambiando de tema. Usted es un gran conocedor y estudioso de las identidades culturales. Háblenos algo de este asunto tan interesante

-”Sí, es un tema que siempre me obsesionó y que más he estudiado, desde que, al salir de España hube de confrontarme con Europa. Yo he vivido siempre confrontando y hasta asumiendo identidades, muy seguro siempre de la mía. Original. Creo que es rasgo esencial de mi carácter el hecho de que instintivamente he sabido valorar las diferencias culturales en Europa. Y he llegado a África y he sido capaz de identificarme con culturas tan distintas y tan distantes como podían ser las culturas del Congo, hasta el punto de fundar y dirigir el Instituto de Estudios Congoleños. Y luego, cuando he estado en América Latina, me ha sucedido tres cuartos de lo mismo, y no solamente me ha sucedido a mí, sino que cuando viajaba como experto de la UNESCO, muchas veces mi trabajo consistía en asesorar a los gobiernos para formulación de sus políticas culturales, para lo que había que tener muy en cuenta el problema de la identidad. Mi tesis doctoral, Literatura e identidad en Venezuela (1991), trata precisamente sobre el problema de la percepción de la identidad cultural de un país como Venezuela que, hallándose en retraso sobre otros países de América Latina recibe, a partir de los años treinta del siglo pasado, el impacto de la explotación petrolera que hace tambalear su identidad hasta tal punto que muchos autores venezolanos llegaban a preguntarse si realmente tenían una identidad.

-”Para concluir, una última cuestión sobre Bembibre, villa que usted conoció en los años cuarenta y que ha experimentado grandes cambios en las últimas décadas. Se ha construido, por ejemplo, un gran centro cultural donde se celebran charlas en las que intervienen poetas, novelistas, cineastas, etc. Estoy seguro que a muchos bembibrenses, que fueron alumnos de su padre o incluso compañeros suyos cuando era adolescente, les gustaría que usted participase en esas «Tardes de Autor». ¿Qué le parece?

-”Sí, cómo no. Sin embargo, no podría ser enseguida porque vivo en Puerto Rico y estoy muy comprometido, pero, dentro de un año o dos, seguro. Si Dios me da vida, como dicen. Será un verdadero placer para mí regresar a uno de mis pueblos. Yo ya he ido percibiendo, desde lejos, que aumentaba la actividad cultural en Bembibre. Ayer mismo les he dicho a los amigos del Instituto de Estudios Bercianos que esta exposición que está ahora en Ponferrada debe de ir a Bembibre. Está muy bien hecha.

-”Pues eso. Dicho queda.

   
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