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el territorio del nómada |

Melodías de invierno

ELENA SANTIAGO, LEONESA DE VEGUELLINA DE ÓRBIGO, ENTIENDE LA LITERATURA COMO COMPROMISO VITAL. SU AMIGO FRANCISCO UMBRAL DESTACÓ EL «TONO INTIMISTA Y MUY CUIDADO, CONTENIDO Y BELLO» DE SU ESCRITURA. HA PUBLICADO POESÍA, RELATOS Y DOCE NOVELAS, EN UN EJERCICIO DE IMPLACABLE MELANCOLÍA. divergente

 

La escritora Elena Santiago, en una foto a finales de los años setenta -

ERNESTO ESCAPA
17/03/2013

Elena Santiago (1941) se dio a conocer en los setenta con un libro olvidado de poemas, algunos relatos premiados y dispersos y sus dos primeras novelas, galardonadas en Irún y en Madrid. Instalada en Valladolid, venía de una temporada pictórica en Madrid. Desde el principio mostró una vocación sin desmayos para ir tejiendo, unas veces con premios y otras sin ese tipo de alicientes, una obra creativa que ha crecido modulada en clave de discreción. Sin grandes alborotos. De ahí que toda su literatura aparezca imantada por una dicción muy personal. No es autora de embelecos formales ni urdidora de complejas estrategias narrativas.

Una literatura interior, como la que practica Elena Santiago, alimentada de levedad, quietud, memoria y ensueño, no es la catapulta más eficaz para alcanzar la cucaña de la cultura portátil. Su estilo busca antes la transparencia de las emociones que cualquier sometimiento normativo; su prosa destila una gama sorprendente de matices; su mundo narrativo da voz a los olvidos, al fulgor y desencuentro de las pasiones, a la memoria de los territorios mágicos de la infancia en Veguellina, junto al Órbigo. Pero sin duda esta enumeración de percepciones no hace justicia a la dimensión y al vuelo de un universo narrativo creciente en todos sus pasos.

UNA MUJER MALVA

Sus primeras novelas vieron la luz con la catapulta de un premio, aunque en condiciones editoriales no siempre favorables. Se estrenó con La oscuridad somos nosotros (1977), Premio Ciudad de Irún, que nos pone en contacto con el paisaje de fondo de su universo novelesco: historias adultas diluidas en el asombro de una pupila infantil. Con Ácidos días (1980), que obtuvo el prestigioso y efímero premio Novelas y Cuentos, saltó al primer plano de la narrativa española. Pero sin suerte, porque aquel portillo editorial, que fue el mismo que dio salida a los primeros libros narrativos de Luis Mateo Díez y de José María Merino o a las historias civiles de Pereira, se clausuró pronto. Lo gobernaba Manuel Cerezales, entonces ya separado de Carmen Laforet. Ácidos días establece el contrapunto entre una infancia rural fascinante y una madurez tintada de desencanto. Su tercera novela, Gente oscura (1981), resume la lucha de su protagonista por romper el cerco tenaz de la soledad. Fue telonera en el premio Ateneo de Sevilla, entonces gestionado por Planeta, de un dramón murciano de la académica Carmen Conde. Luego este relato de desconciertos tendría la compensación del premio Miguel Delibes.

En la década de los ochenta la obra narrativa de Elena Santiago incorpora nuevos títulos y galardones. Una mujer malva (1981), premio Ciudad de Barbastro, escinde la personalidad de los protagonistas entre pasado y presente, mediante un contrapunto de evocación y nostalgia. Manuela y el mundo (1985), premio Felipe Trigo, enhebra las fantasías adolescentes con la angustia que le produce el secuestro de su marido. Alguien sube (1985), premio Ateneo de Valladolid, nos muestra la soledad que sucede a los fulgores de la pasión.

CEREZAS AMARGAS

Sin salir de su universo narrativo, recurrente novela a novela, Veva (1988) aborda las tensiones y secuelas de la guerra civil en un medio rural atravesado de viejos rencores. La niña protagonista asiste perpleja a la crueldad del momento, arropada por el afecto de sus mayores. El amante asombrado (1994) y Amor quieto (1997) extreman la apuesta narrativa de Elena Santiago, entregada al hechizo de una prosa seductora. Estas tres novelas las publica Lumen y forman parte de una corriente fugaz orientada a la promoción de literatura escrita por mujeres. Ángeles oscuros (1998) recoge las memorias noveladas de su infancia en Veguellina de Órbigo. Sus novelas más recientes moldean un perfil literario inconfundible, en el que se realza la sugestión de su peculiar manera de contar creando atmósferas envolventes. Asomada al invierno (2001), ambientada en Galicia, es un paso más en la misteriosa cartografía de ese mundo narrativo alimentado de misterio y leyenda. También de poesía, soledad y fascinación. La muerte y las cerezas (2009) traslada a Coimbra la historia sentimental del indolente Antonino, cuya fragilidad desemboca en el naufragio de la melancolía.

La escritura de Elena Santiago se caracteriza por su exquisita pulcritud, la sencillez y naturalidad del lenguaje. Su mundo literario se refugia en el aprendizaje sentimental de los personajes, en las pequeñas y grandes frustraciones que alimentan la soledad, la resignación y el desencanto. Señales que se perciben con un especial temblor en su obra breve, en los libros de poesía y en las sucesivas recopilaciones de relatos.

   
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