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Monseñor melodías

EL MIÉRCOLES 25 ALCANZA SU CENTENARIO FEDERICO SOPEÑA (1917-1991), CURA MUSICÓLOGO QUE DIRIGIÓ EL CONSERVATORIO DE MADRID (1951-1956), LA ACADEMIA DE ESPAÑA EN ROMA (1977), LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES (1988) Y EL MUSEO DEL PRADO (1981-1983). . divergente

ERNESTO ESCAPA
22/01/2017

 

Federico Sopeña Ibáñez pertenece al brote de vocaciones tardías provocado en España por la guerra civil. El mismo cogollo del que surgieron figuras tan singulares y relevantes, aunque ya en el último tramo de su vida, como el catedrático de Filosofía de la Universidad Central Manuel García Morente (1886-1942) o Rafael Sánchez Guerra (1897-1964), el político republicano que presidió al Real Madrid. Tres vocaciones de arrebato bien distinto. Al maestro Morente le alcanzó un par de años antes de morir y Sánchez Guerra ingresó en el convento dominico de Villava para conseguir volver a entrar en España. El joven Federico Sopeña fue al seminario de Vitoria en 1943, una vez licenciado en Derecho y con varios cursos de Letras, después de dejar a su novia, la más tarde catedrática de canto Lola Rodríguez Aragón (1910-1984), y de destacar como secretario de Turina en la Comisaría General de Música falangista, entre 1940 y 1943.

EL CAPELLÁN DEL RÉGIMEN

Del seminario de Vitoria, donde estaba prohibido leer periódicos, pasó a Salamanca, al colegio mayor Santiago Apóstol para vocaciones tardías, que dirigía Vicente Puchol, más tarde obispo de Santander y fallecido en un accidente automovilístico que el integrismo montañés atribuyó a castigo divino por oponerse a las apariciones de Garabandal. Todo este tránsito con sus apéndices romanos y complutenses lo rememora minuciosamente Sopeña en su libro ‘Defensa de una generación’ (1970). Federico Sopeña cantó misa el día de San Isidoro de 1949 y pasó a convertirse, en palabras de Gregorio Morán, en «el capellán del Régimen». «Arriba» destacó el suceso en portada, señalando que en el acto hubo «profusión de ministros y personalidades», además del poeta Gerardo Diego, «que le dedicó unos versos». Después de su paso por los seminarios, más propicio al nacionalcatolicismo bronco, Sopeña volvió a entroncar con aquel falangismo que conciliaba a la perfección franquismo, catolicismo y azulete. Ahí lo acompañaban entonces figuras como Laín, Tovar, Aranguren, Ruiz Giménez o el padre Llanos, al cobijo tutelar de Ridruejo. «Soy modestamente el hermano menor de la generación». De hecho, también quiso apuntarse a la División Azul «para ayudar a los nazis» como Ridruejo, pero no le dejaron.

MANDARÍN DE LA MÚSICA

Su primer destino como cura fue Roma, simultaneando el vicerrectorado de la iglesia española de Montserrat y la capellanía de la Academia de España (1949-1951). Con sus tutores arropando a don Joaquín Ruiz Giménez en el ministerio de Educación, Sopeña dicta el canon de la música española desde las páginas de ‘Arriba’, donde el repudio de la modernidad le lleva a titular su sección Músicos intolerables, incluyendo entre los abominados a Prokofiev. Entre 1951 y 1956, dirige el Conservatorio de Música de Madrid, donde es catedrático de Estética y de Historia de la Música, además de delegado del Ministerio de Educación, con funciones de inspección en todos los conservatorios de España, facultado para reorganizar las enseñanzas musicales. Adiestrado a tocar varios palos, desde 1953 hasta 1973 dirige en Madrid la iglesia universitaria de Santo Tomás, cuyos muros pintó el vanguardista José Caballero, con muebles diseñados por el arquitecto Feduchi., y donde ejerció como predicador Jesús Aguirre, futuro duque de Alba. Cayó el ministro en 1956, pero un bienio después Sopeña es elegido académico de Bellas Artes y en 1960 salta como crítico musical al Abc, donde estará seis años, hasta que lo despide al director por sus machaconas referencias al ‘Asiento vacío’ de Franco en los conciertos. En 1965 recibe el premio Ondas al mejor programa religioso y en 1969 es nombrado secretario de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que más tarde dirigirá entre 1988 y 1991. También es de 1965 su nombramiento como monseñor por el papa Pablo VI. Luego prosigue como crítico musical en Ya y en la Hoja del Lunes hasta desembocar de la mano de Jesús Aguirre en El País. A la vez, asesora en materia musical a la Fundación March, donde presenta y comenta conciertos para jóvenes. En 1971 fue nombrado Comisario General de Música y entre 1977 y 1981, sus amigos de UCD lo envían de nuevo a Roma, como director de la Academia de España. Gregorio Morán lo dibuja «inclinado a la amistad con fanatismo, pero también a la soberbia, al tabaco (que lo mataría) y al orujo, que cuando lo cambió por la novedad del whisky se lo prohibieron».

Aún le esperaba el colofón de gloria y amargura. Unos últimos años marcados por el halago de los próximos y el desdén de los memoriosos. Sus amigos democristianos del gobierno de Calvo Sotelo, pastoreados por el ministro Iñigo Cavero, lo nombran en 1981 director del Museo del Prado, de donde lo despedirá Javier Solana a comienzos de 1983. Una trayectoria que culmina el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades 1991, que ya no puede acudir a recoger en Segovia, porque se encuentra maltrecho por diversas y serias afecciones. Al cabo, nos queda su obra: una treintena de libros que trasluce su evolución personal y musical, desde la inicial biografía de Turina (1943) hasta el ensayo ‘poetas y novelistas ante la música’ (1989). Además, algún título decisivo para la cultura musical de posguerra, como Historia de la música en cuadros esquemáticos (1970), sus Memorias de músicos (1971) o Historia de la música española contemporánea (1976).

 

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