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Pablo García García y su «painting street»

Existen innumerables maneras de enfrentarse a un problema: con valentía y atacándolo a pecho descubierto. Sibilinamente intentando socavar sus cimientos. Pidiendo ayuda a todos, a los amigos e, incluso, a los enemigos. Doblegándose, siendo cob

MARCELINO CUEVASMARCELINO CUEVAS
03/07/2011

 

Pablo García García, joven fotógrafo e ilustrador de reconocido prestigio, tiene claro desde hace mucho tiempo que a las salas de exposiciones no acude casi nadie. Que los libros los lee, incluso los mira, muy poca gente. Y que las redes sociales son tan intangibles como la fe. Por eso se ha decido a sacar los muebles a la calle, ha buscado con la paciencia de un budista espacios ideales para exponer sus obras en las rúas leonesas, y los ha encontrado en una zona urbana llena de ambiente, el popular Barrio Húmedo, donde en una semana han visto sus obras «más espectadores que en todas las exposiciones que he realizado hasta este momento juntas»

Pablo es un hombre joven y pletórico de ilusiones que vive para el arte, que disfruta de la bohemia inherente en los artistas de raza, y que ante el problema de la precaria soledad de sus exposiciones, se ha inventado una forma diferente, pero efectiva, de painting street, de pintura en la calle.

Dice el ilusionado artista: «Me he echado a la calle y pongo mis imágenes allí donde encuentro un marco, con nocturnidad y alevosía. Intento encajarlas en un espacio siempre adecuado. Son imágenes que hago a medida según los espacios a intervenir. Tengo preparados dos golpes nuevos, será un díptico. He conseguido en un mes que vean mis piezas más gente que en 10 años por las galerías donde no entra nadie, para qué engañarnos. El arte en el espacio público me parece un ejercicio interesante, aunque para ello tenga que bordear la legalidad».

Pero sepamos qué hace Pablo García García en este momento. «Estoy en lo de siempre en la fotografía y la ilustración. Siempre con las cosas que me gustan, creo que este trabajo es para mí extraordinariamente terapéutico».

Retratando el mundo con sana ironía

La obra de este joven artista leonés es difícil de encasillar ya que se desarrolla en parcelas tan dispares, aunque complementarias, como la fotografía o la ilustración. «Desde pequeño -dice- empleo el dibujo y la fotografía para estar bien durante unos momentos, para aislarme del mundo que me rodea. Cuando tengo en la mano un lápiz o estoy haciendo cualquier cosa artística, no pienso en los múltiples problemas que me persiguen. Además es la mejor manera de matar, de «rematar» las horas muertas y de hacer «maldades», como dice un buen amigo mío».

Hablamos con Pablo mientras acaricia el teclado de su ordenador. «El ordenador fue para mí un descubrimiento apasionante, sobre todo porque me permite hacer las cosas que no me gustan con click. Es una herramienta muy cómoda, muy rápida, muy eficaz-¦ un «electrodoméstico» imprescindible, al menos en mi casa».

Pero para llegar al Mc antes hay que pasar por el lápiz o por la cámara fotográfica. «Lo mío con la fotografía -comenta- viene de muy lejos, de mucho antes de convertirme en pareja de hecho del ordenador. Mi primera cámara réflex fue una de aquellas robustas y baratísimas que venían de Rusia. Antes, comprender la fotografía y sus múltiples secretos era muy complicado, con la era digital las cosas se han facilitado enormemente, porque los resultados en la pantalla de la propia cámara son inmediatos y se pueden resolver los fallos sobre la marcha. El analógico era otro mundo, cuando acababas el carrete de 36 exposiciones ya no te acordabas de lo que habías hecho».

Técnicas aparte, el artista vive de la percepción de las emociones y de su manera de interpretarlas. «La ironía -asegura- es una de mis mejores armas. El primer año después de acabar la carrera trabajé en publicidad, y en la agencia siempre me decían que tenía mucha «sorna». A mí me hacía gracia. Me encanta buscar doble sentido a las palabras, me gusta mucho reírme un poco de todo lo serio que me rodea. Y eso, como es lógico, queda plasmado en mis trabajos».

Los fantásticos retratos inventados

Uno de los capítulos más sorprendentes de la obra de Pablo García García, son sus retratos inventados, seres mágicos que sorprenden por su fuerza y por su potencial pictórico, a pesar de haber sido realizados a través de innumerables fragmentos fotográficos y muchas horas con el fantástico bisturí que es para él el ratón del ordenador en la mano. «Mis personajes inventados son seres de ficción, pero a mí me hacen mucha gracia los parecidos con seres reales que les encuentra la gente. Los que los ven están siempre buscando referentes y me preguntan si es una u otra persona la representada. Pero se trata de composiciones realizadas a base de pegar pedacitos-¦ son monstruos muy parecidos a los que creaba el doctor Frankenstein. Soy una especie de cirujano plástico que la mayoría de las veces aumenta la fealdad de los modelos, en vez de embellecerlos».

Los seres que pueblan el escenario fantástico de Pablo tienen una cosa en común que, además, con el paso del tiempo ha ido acentuándose, todos tienen rodeando sus cabezas un aura de santidad. «Les hago santos -dice Pablo- porque a mucha gente le parecen personajes terroríficos. A mí eso me pone de mala leche, porque no lo creo para nada. Por eso quiero dotarles de una cierta santidad-¦ no todos somos bonitos, pero todos podemos llevar en nuestro interior un espíritu seráfico».

Una mirada a la historia

El artista es joven, está empezando, pero tiene tras de sí una larga trayectoria, con muchas exposiciones, muchas alegrías y muchos desengaños. «Mi primera exposición individual la realicé en la Escuela de Arte de León y fue una cosa muy emocionante. Creo que cualquier creador hace las cosas para compartirlas y para que las vean los demás. El hecho de poder exhibirlo es realmente excitante. Aunque esa emoción desbordada se va perdiendo con el tiempo, se va diluyendo poco a poco. Ahora mis exposiciones no son ni la mitad de emocionantes que aquella primera. Quizá para renovar ilusiones y emociones es por lo que me he lanzado a la calle».

Hasta cierto punto, si el artista es sincero, su trabajo debe reflejar su interior, su compromiso vital. «Creo que la obra contiene toda mi circunstancia, no sabría decir qué temas trabajo especialmente ni por qué. En mis fotografía hay mucho paisaje, naturalezas muertas, muchos silencios tormentosos-¦ y en mi parte más pictórica es muy recurrente el tema de la vejez, una vejez que refleja de alguna manera el paso del tiempo, lo inexorable del tic tac del reloj que acaba minándolo todo. Es algo que siempre me ha preocupado y se refleja claramente en mi trabajo, con un toque de ironía, claro».

En este tiempo, quizá mientras «tiende» sus lienzos en las calles de Húmedo, el artista recuerda sus principios: «Yo estudié Bellas Artes en Salamanca, permanecí allí durante cinco maravillosos años. No sé si de verdad me sirvieron para algo. Mientras estuve allí era todo muy divertido y si hubiera sabido el mundo que me esperaba hubiera hecho el periplo mucho más largo, puede que aún siguiera estudiando. Hubiera repetido unos cuantos cursos. Cuando sales de la Escuela empiezas a volar un poco. Aquello me pareció un proceso que hay que pasar obligatoriamente, aunque no vas allí para convertirte en un artista, simplemente vas a aprender y hacer mil veces todo lo que no te gusta, todo lo que los profesores te exigen. Como todo el mundo sabe Bellas Artes es una carrera que está llena de salidas: la educación, la educación y la educación-¦ a no ser que te conviertas en un artista maravilloso, que por ahora no es el caso. Casi todos mis compañeros de facultad se han convertido en sesudos profesores con los que suelo reunirme cada año en una animada comida en la que parece que todos hubiéramos estudiado para maestros».

 

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