+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

La poesía leonesa en el año 2011

En su conjunto, y salvo excepciones, el año 2011 no ha destacado por su originalidad ni por la aparición de un gran libro nuevo o novedoso. Contamos las cosas por años naturales y eso puede desfigurar las cosas. Pero más allá de la publicación, festivales y actos poético-sociales, premios y reconocimientos han hecho que la poesía de uno u otro cariz esté presente a lo largo de toda la geografía leonesa. Dada la cita habitual en años anteriores con los grandes nombres de la poesía leonesa, uno se pregunta si las nuevas voces serán capaces de alcanzar la altura de sus progenitores literarios. Esas nuevas voces se escriben ya en presente, aunque su futuro se vea sucesivamente enriquecido.

 

Antonia Álvarez, Sergio Fernández Salvador, Abel Aparicio, Rafael Saravia. - ARCHIVO

JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
04/03/2012

Desde mi punto de vista, el acontecimiento lírico del año fue la publicación de la Obra poética completa (1967-2010) de Antonio Colinas, cuarenta y cinco años de emoción concentrada, de «pensamiento inspirado», de búsqueda de un ideal de vida y de poesía. Emoción, belleza, plenitud y humanismo son palabras que pueden sintetizar su mundo poético, que alberga algunos de los grandes textos de la poesía española contemporánea, como Preludios a una noche total (1969), Sepulcro en Tarquinia (1975) y Noche más allá de la noche (1983), libro este que representa la fusión de inspiración y composición y la poetización del misterio existencial y de los momentos culminantes de la historia del hombre. Colinas completó su obra con el poemario titulado El laberinto invisible; dentro del mismo están los Catorce retratos de mujer, que conoció edición exenta, como la conoció también La tumba negra (largo poema del Libro de la mansedumbre), con estudio de Francisco Aroca. El 2011 fue, en poesía, el año de Colinas que añadió también a su obra en prosa Nueve ensayos en libertad, reflexiones sobre aspectos del mundo (China, Castilla y León), de la cultura (el olivo como símbolo perenne) y de la poesía, de la suya propia y de la ajena, consolidando los ejes de entendimiento de su obra lírica y de su pensamiento sobre la poesía, de su «poética» en suma.

Fue, asimismo, año de rescates, cifrados en dos religiosos: el agustino Gilberto Blanco Álvarez, natural de Valencia de don Juan, que vivió entre 1872 y 1938 y el fraile capuchino Ildefonso Fernández Guerra (Segismundo de Santibáñez), que lo hizo entre 1913 y 1990. Del primero se publicó el Cancionero del Bendito Cristo de Santa Marina de Coyanza y otros poemas, de temática leonesa e inspiración cristológica y mariana (donde hay que situar su himno a la Virgen del Camino, reina y madre, tantas veces cantado por los devotos); son poemas instalados en la tradición literaria española del pasado, pero es apreciable el sentido poético-religioso. De menor y escaso interés es la poesía del segundo, recopilada por Domingo del Prado en Segismundo de Santibáñez, un poeta del pueblo, versos fáciles, populares, agradables al oído, con el característico sonsonete del romance popular, y apropiados para declamar en la plaza del pueblo o en el refectorio del convento.

En el capítulo de rescates hay que situar también el poemario póstumo de Antonio González-Guerrero, He venido de nuevo, elaborado a partir de los materiales dejados inéditos por el poeta de Corullón, pertenecientes a distintos ciclos, y escritos, salvo alguna excepción, en la década del noventa y en los inicios del siglo; el libro es variado y diverso, por lo tanto, y muestra distintas facetas del poeta, distintos tonos y metros en los que el poeta se muestra seguro y hábil, aunque no añada novedades a lo ya conocido.

De Antonio Pereira se publicó la antología Sesenta y cuatro caballos, cuidados por Úrsula Rodríguez, la que fue su mujer, y presentados por Juan Carlos Mestre. Insertados entre los poemas algunos de sus cuentos, podríamos decir que, al fin, el gran texto pereirano de sus versos y de sus cuentos es un solo cuerpo movido por vientos líricos, los vientos del noroeste acaso, los vientos del alma siempre.

Poetas más o menos vivos

En la generación mayor, aparte de Reflexiones en mi atalaya, de Javier Lozano, y, mejor, Transfiguración, de Isidoro Álvarez Sacristán, destaca, Memoria y desconcierto, el nuevo libro de Gaspar Moisés Gómez, en el que poetiza el tiempo y la muerte, en soliloquios que evitan la cadencia marcada, acomodando el metro al discurrir del pensamiento y la emoción, con hábiles pausas interiores que pautan la andadura meditativa del poema. Así van brotando hondas y luminosas piezas cuajadas de lirismo, emotivas y reflexivas a la vez, melodiosas y expresivas en torno al irremediable transcurso mortal del hombre.

En la generación hoy llamada del 68, además de la presencia de Antonio Colinas, ya comentada, publicó también su poemario Vidrio y alambre José Luis Rodríguez, construido sobre los cimientos de la desilusión vital. Uno de los poemas, «Sin título», puede entenderse como una poética que incide en dicha tonalidad, afirmando que la palabra poética «concede un pobre sentido a los días amargos». En cualquier caso, no es una poesía complaciente, no busca la tranquilidad del lector, sino el sacudimiento; la belleza es un ámbito difícil, porque en el horizonte hay siempre una nube sombría que se llama muerte.

La generación siguiente (la de Mestre, Rabanal, etc.) fue la más pródiga. Juan Carlos Mestre, que ya ha anunciado un próximo libro, La bicicleta del panadero, reeditó, o por mejor decir rescribió, aquel La visita de Safo de 1983, ahora titulado La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon, con poemas nuevos (unos catorce), de diferentes momentos, mientras los poemas del libro inicial sufren un proceso de deconstrucción para ser refigurados después. Mestre, copioso y feraz, compone poemas extensos, como «Ruiseñor y misericordia», elegía de amor y muerte, con más de setecientos versos libres y largos, lo que para otro poeta sería ya un libro y aquí son sólo las primeras páginas del mismo. Los espacios y los tiempos revisitados ahora encallan en el amor, la soledad, evocan a Pasolini o a las islas griegas, máscaras de los sentimientos del joven poeta de entonces, entremezclado todo con vivencias posteriores en poemas posteriores también.

Lugares es el título del nuevo libro de Luis Miguel Rabanal; los distintos lugares van pautando el poemario, dando concreción a lo que de otro modo acaso fuera más evanescente. Estos lugares tienen un centro, ya mitificado por la poesía toda de Luis Miguel Rabanal: Olleir, anagrama de Riello, donde nació el poeta, convertido en vivero de la memoria herida, acaso cicatrizada. Rabanal poetiza, en efecto, los recovecos de la memoria, la conciencia de ser extraño o extranjero en el posible retorno, el transcurrir temporal, los procesos de desarraigo y reconocimiento, la identidad borrada, la derrota vital, los primeros (sin)sabores del amor, el dolor físico y las palabras que hieren.

José Antonio Martínez Álvarez publicó De emboscadas, que nos introduce en un ámbito existencial dominado por sentimientos poco complacientes, dentro del cual es el miedo, un miedo ambiguo, inconcreto, existencial acaso, el que acaba impregnando los poemas. Paulatinamente, el tiempo y sus emboscadas irán adquiriendo presencia insoslayable. En ese ámbito hay, al menos, un agarradero vital: el amor.

Podemos citar aún, Gradería de la gloria, de Máximo Cayón Diéguez, y los siguientes poemarios que, por diferentes causas, no han llegado a mis manos: Balances parciales, de Felipe Zapico, Lapidaria fluidez de la nada, de José Ángel Magadán, y Tentación hembra, de Nieves Álvarez.

Desembocamos ya en la generación más joven. No conozco libros como Luz inmóvil (poesía en sms) del músico berciano Aínda, (Par(entes)is), de Carlos Huerta, y Almendra, de Luis Luna. En cambio, he podido leer con agrado textos de Rafael Saravia, Abel Aparicio, Sergio Salvador Fernández, Julia Conejo Alonso y Sara R. Gallardo, además de Te recordaré cuando despierte de Miguel Ángel Lozano

Llorar lo alegre es el poemario de Rafael Saravia, actual alma de Leteo. La paradoja del título responde a la ordenación del libro en tres partes, las dos primeras alusivas al llanto y la última a la alegría. Atribuye lo alegre a amistades y familiares, si bien, leído el libro, lo alegre pende de un tú despierto al amor. La «extrañeza» que produce esta poesía reside en el fraseo, que tiende a la frase sustantiva, esencial. Es el de Saravia un libro de cuidada ordenación, retazos de biografía personal en ese camino que va de lo incierto a la certidumbre, del llanto a la alegría. Tintero de tierra, de Abel Aparicio, se estructura en cuatro partes que poetizan, respectivamente, los conflictos del mundo en que vivimos, una época que aún marca el presente, como es la guerra y la posguerra, el reconocimiento de ciertos valores antiguos pero perennes y el amor. Como aspecto novedoso consideramos la edición del poemario en castellano y en leonés. Muñecas recortables, de Julia Conejo, supone el encuentro con una voz nueva y distinta, con calidades que brotan de un fondo emocional y de la delicadeza en el decir, un decir con suavidad y finura y un fiar parte del efecto poético a la insinuación, de modo que con el poema no termina la conmoción anímica, pues las palabras siguen vibrando internamente. Es, por otra parte, una poesía que rebosa afectuosidad, pero de «abrazos contenidos». La contención, en efecto, preside la expresión de la emoción, que, sin embargo, mana de cada poema. La delicadeza no supone obviar las realidades amargas, las heridas, la soledad, el dolor, etc., acordes con la tonalidad sentimental que emerge de esta poesía, tonalidad que roza con la amargura. Voz nueva es también la de Sergio Fernández Salvador en su primer libro, Quietud, título que semeja una actitud vital. El poeta desliza sus palabras por un cauce clásico de versos medidos, cauce que lo es también de aguas o contenidos transparentes. Nos habla de lo que ve y siente, del paisaje que contempla; y en la contemplación surgen evocaciones, vagos ideales, nostalgias vagas. En síntesis, paisaje, emoción y nostalgia en la corriente clara de una poesía que no busca novedad, sino calor y acompañamiento. Epidermia, de Sara R. Gallardo, es un poemario fuerte, con versos que semejan brochazos sueltos en el gran cuadro del poemario, latigazos que resume esta poética: «Poesía, / esa palabra muda / que sangra».

He de citar también, finalmente, el libro Veo la luz, ejercicio poético-fotográfico de Amando Casado en torno a los ramales varios del Camino de Santiago, sobre textos de Antonio Gamoneda y otros de Mestre, Eloísa Otero, Luis Grau y Roberto Castrillo; el libro incluye un audiovisual en el que Gamoneda lee sus versos; en las imágenes de Amando, la materia se espiritualiza, lo concreto cobra abstracción, la mera imagen deriva hacia la mancha y el reflejo, hacia la luz, en suma. «Todo el libro está en calve poética», explicó el fotógrafo en su presentación cuando el año estaba terminando.

Premios y festivales poéticos

Año tras año hay un capítulo de premios. A nuestro «Filandón» le correspondió el premio «La Armonía de las Letras», dentro del proyecto cultural Camparredonda, a cuyo frente está Gregorio Fernández Castañón. Destaca por encima de los demás el Premio Castilla y León de las Letras concedido a Andrés Trapiello, poeta, novelista, ensayista, diarista y mucho más; Antonia Álvarez consiguió el importante Premio Leonor de Poesía; Raquel Lanseros, el primero de los Premios del Tren 2011 de poesía; Ruth

Miguel, el accésit del Adonais con Hombre en la niebla; en este apartado hay que situar también a José María Merino, nombrado Leonés del año 2010. Por su parte, la Universidad leonesa instituyó un premio de poesía que en su primera convocatoria correspondió a Jaime Siles por Horas Extra. Alguien debiera haber ganado el González de Lama, que, inexplicablemente, quedó desierto, cuando, a ciencia cierta, se había presentado al mismo Leopoldo María Panero; no puedo juzgar la obra presentada, pues no la conozco, pero sí lo que su nombre supondría de prestigio y publicidad para el premio. Vistas así las cosas uno se pregunta si un premio de tanto arraigo seguirá convocándose en el futuro.

A encuentros ya tradicionales, como los «Poemas del Claustro» catedralicio en las fiestas de junio, con Luis Artigue al frente, las «Poesías a orillas del río Órbigo», los viernes del mes de julio, organizadas por Tomás Néstor Martínez, la «Poesía para vencejos», a principios de agosto, en el castillo de Palacios de la Valduerna, con Felipe Pérez Pollán como oficiante, y, también en agosto, los «Versos en el Hayedo de Busmayor», organizado por la conocida poeta, se sumaron otros actos de indudable trascendencia pública: la celebración del «Día mundial de la poesía» (21 de marzo) contó en León con el «Buzoneo poético» (iniciativa de la Concejalía de Cultura) de trece poetas (Gamoneda, Moisés Gómez, Eloísa Otero, Barragués, etc.); por su parte, el Instituto de Estudios Bercianos celebró sus VI Jornadas de Autor (21 y 22 de marzo), este año dedicadas a Antonio González-Guerrero; el Club Leteo, con R. Saravia al frente, organizó en León sus Jornadas Culturales, este año con la presencia del poeta brasileño Lèdo Ivo (Premio Leteo), acompañado de Gamoneda, Mestre y otros; Antonio Pereira estuvo vivo en la exposición fotográfica sobre su obra, titulada «El oficio de mirar» y expuesta en Carnicerías, del fotógrafo villafranquino Robés; el 30 de diciembre, veinte poetas (Pajares, Lanseros, Muñoz, V. M. Díez, Zapico, Jorge Pascual, etc) y seis músicos actuaron el Laboratorio Social, entendido como lugar de encuentro, espacio alternativo y autogestionario para el desarrollo de ideas; el Foro Quevedo, comandado por Tomás Álvarez, convocó un encuentro (14 de octubre) en torno a Tagore, con motivo del 150 aniversario de su muerte, en el que participaron Gamoneda, Marifé Santiago y Violeta Medina; quiero citar, finalmente, el Primer Festival de Poesía Infantil Ciudad de León, «Verso en nubes», celebrado en el Ayuntamiento de San Marcelo los días 13 y 15 de mayo. Puede que se haya llevado a cabo algún otro festival poético (no se pretende ser exhaustivos) pues distintos ayuntamientos han hecho de estos festivales un signo de distinción cultural.

En estas líneas queda resumida la poesía leonesa del 2011, un episodio dentro del magma de la poesía en español que en tal año vivió la pérdida de uno de sus grandes miembros, el poeta chileno Gonzalo Rojas.

Noticias relacionadas