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el territorio del nómada |

La posada de las letras

HOY SE CUMPLE EL CENTENARIO DE DÁMASO SANTOS (Villamañán, 1918-2000), el GRAN HOSPEDERO Y CRÍTICO DE POSGUERRA QUE DIO ACOGIDA E IMPULSO AL ARDONÉS SABINO ORDÁS EN SU RETORNO DEL EXILIO. divergente

 

Dámaso Santos, retratado junto al poeta Gabriel Celaya -

ERNESTO ESCAPA
29/07/2018

Dámaso Santos vivió su educación sentimental en Palencia, donde su padre ejercía como maestro. Allí entró en contacto con la literatura de la mano del poeta José María Fernández Nieto, tío del político popular Alfonso Mañueco, y con la militancia falangista, a las órdenes del escritor Teófilo Ortega, suegro de Gustavo Martín Garzo. Desde Palencia se incorporó durante la guerra a la prensa y propaganda franquista, pasando en la posguerra a dirigir periódicos en Soria, Zaragoza y Alicante, hasta que en 1954 recala en Madrid. Después de un purgatorio efímero, causado por las persecuciones del jonsista converso Guillén Salaya (1900-1965), que solventó a base de colaboraciones en revistas secundarias, dos años más tarde ingresa en Pueblo, donde alcanza una de las subdirecciones, a la vez que empieza a colaborar en Arriba con el seudónimo de César Villamañán y forma parte del claustro de la Escuela de Periodismo.

Durante más de veinte años, dominó la crítica literaria en España desde las páginas del periódico de los sindicatos verticales. Y lo hizo con generosidad, cautivo de los compromisos amistosos pero siempre abierto a la acogida de nuevas voces. Con alguna esquirla en el camino, ocasionada a menudo por los furores políticos de Emilio Romero, que fue su director, como el desplante acusatorio de Juan Goytisolo en Señas de identidad.

Recogió en Generaciones Juntas (1962, ilustrada por Grau Santos con una estampa de café literario) la semblanza de 73 escritores de promociones y orientación diversas, desde los poetas del 27 que permanecieron en España hasta los jóvenes novelistas del medio siglo, aunque se lleve el copo el falangisterio literario, una reata de plumíferos de tercera división justamente condenados al olvido. Pero ahí están, tratados con limpieza y perspicacia, Aleixandre, Dámaso y Gerardo; Crémer y Celaya, Hierro, Panero y Blas de Otero. También Delibes, Aldecoa, Gaya Nuño, Matute y Fernández Santos. Aunque abunda la calderilla momentánea de los Torcuato, Alonso Fueyo, Aznar y toda la corte de Laínes, con Pemán, Sánchez Silva y por supuesto el gallo Emilio Romero, su jefe en Pueblo. Pagado el tributo de nombres y silencios, quizá con gusto, en ningún momento se desliza Dámaso por territorios de vileza, como hiciera Gonzalo Torrente Ballester en su Panorama de la literatura española contemporánea (1956), por poner un ejemplo sonado de la época.

En 1947 había publicado en Soria su primer libro de versos: La tarde en el Mirón. Casi veinte años más tarde, en 1965, dará una nueva entrega poética: Segunda edad (1965). Son poemas de resonancia clásica, que revelan buena mano, el leve y escueto testimonio de una vocación asfixiada por la dedicación a jalear la obra de los demás. En 1967 recibió el Premio Nacional Emilia Pardo Bazán por su trayectoria en la crítica literaria militante. Luego publicaría, en homenaje al amigo, Conversaciones con Guillermo Díaz Plaja (1972), algún fascículo palentino y miles de críticas, semblanzas y comentarios. Ya jubilado, después de un achaque serio y del homenaje plural que hizo justicia a su trayectoria de acreditada generosidad, publicó unas memorias literarias con título cervantino: De la turba gentil y de los nombres (1987).

Cuenta Dámaso en su libro memorial cómo descubrió la literatura en la biblioteca de su tío Elías Solís, médico de Villamañán. También su asistencia a las reuniones fundacionales de Espadaña, la fidelidad a Crémer, el trasiego como charlista y mantenedor por ceremonias y concursos diversos de la provincia. Tenía un lejano parentesco con Panero y con Jesús Torbado, por las comunes raíces astorganas. Desde su tribuna de Pueblo le dio un palo desmedido a uno de los números más comprometidos de Claraboya. Pero tocaba de oído, instigado en la distancia, y recibió cumplida respuesta de Agustín Delgado. Más tarde, apenado por el episodio, acogió con entusiasmo la irrupción de los jóvenes y no tan jóvenes escritores leoneses, tanto en el periódico como en el Premio Novelas y Cuentos: Luis Mateo Díez, José María Merino, Elena Santiago, Antonio Pereira.

Desde las páginas de Pueblo dio cobijo y realce a la invención de Sabino Ordás. Durante varios años coincidimos en el jurado de los Premios de la Crítica, primero en Sitges y más tarde en Zaragoza y Murcia. Acudía con los libros leídos y sin prejuicios, alineándose a menudo frente a la intolerancia de sus viejos conmilitones, cuyo número, a pesar de algunas honestas deserciones, podía alcanzar la extravagancia de premiar la bélica 19 de julio, de Ignacio Agustí, relegando una obra maestra de Alejo Carpentier. Los más jóvenes lo nombramos presidente a perpetuidad del jurado y se cuidó de ir distinguiendo con habilidad y finura los libros cimeros de Colinas, de Luis Mateo Díez y de Merino. En su cosecha personal, dejó en yerbas una Antología de la poesía española, en la que había puesto mucho entusiasmo. En sus últimos desvaríos, poco antes de morir, tomaba trenes hacia Pamplona, para encontrarse con su dilecto Ángel María Pascual, fallecido en 1947. Evocando sus años jóvenes en la ciudad del Arga, donde había sido testigo deslumbrado de la Atenas negra del falangismo cultural, a la par que descubría los fulgores del parnaso en llamas.

Finalmente, su hijo Dámaso Santos Amestoy (1942-2009) tramitó el legado de su magnífica y caudalosa biblioteca a la Junta de Castilla y León.