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Diario de León | Martes, 22 de mayo de 2012
SATURNINO ALONSO REQUEJO 29/01/2012
H ace algunas fechas, con motivo de una conferencia sobre Don Antonio Pereira, coincidí en el vestíbulo de la sala con Don Miguel Cordero del Campillo, leonés donde los haya, amante de las tradiciones de los pueblos.
Había sido invitado Don Miguel, en cierta ocasión, a decir unas palabras sobre una exposición de viejos utensilios, ya en desuso.
Sucedió que a su lado había un grupo de mozalbetes que hacían chacota y escarnio de un viejo orinal desconchado. Como el indefenso artilugio no abría la boca, a Don Miguel le agarró la indignación al constatar, una vez más, el atrevimiento de la ignorancia. Y se propuso sacar a relucir en su charla al paciente orinal.
Mientras se desgranaba este episodio, yo me dije a mí mismo:
—¡Ya lo tengo!: ¡hablaré del orinal!
Y este es el motivo por el que ahora mismo pongo delante de ustedes al Orinal.
En el Tesoro de la Lengua Española dice Covarrubias que orinar viene del griego ourein, que es derramar el orín, faena que los nobles llaman «hacer aguas». Esta necesidad se hacía en el bacín o «vaso de contumelia», porque vaciamos en él los excrementos humanos. Los griegos llamaban a este utensilio baceios, que es lo mismo que profundo o hueco donde se vacía algo.
Este personaje, el Orinal digo, tenía varios nombres: Bacín, Bacinilla, Dompedro, Perico, Dondiego, Orinal, y otros.
Para vergüenza del Orinal, se llamaba perico a las mujeres del partido, que sería por recibir en ellas las inmundicias de la sociedad.
El Orinal o Bacín pertenecía, por su origen lingüístico, a una familia extensa. Así, la bacía había sido el vaso sagrado que se utilizaba en los sacrificios y libaciones a Baco, dios del vino. En el caso de los barberos, era la palangana o jofaina para enjabonar las barbas de los clientes, por lo que se decía:
«Cuando las barbas de tu vecino veas pelar,
echa las tuyas a remojar».
Y llamaban Aguamanil la que utilizaban los pudientes en sus banquetes para lavar las manos, ya que comían con los dedos.
El Bacinete vino a ser el yelmo de los nobles para sus luchas y torneos. El mismo que llevaba Don Quijote por los caminos de La Mancha. Que vete tú a saber si para Cervantes se trataba de un yelmo, una palangana o un Orinal.
La Bacinilla vino a ser el recipiente que se utilizaba en las iglesias para recoger las limosnas de los fieles.
Pues esta es la familia del Orinal en la que, ya se ve, había nobles y siervos, ricos y pobres, locos y cuerdos, creyentes y descreídos.
Pero, en fin; vayamos al Orinal, que es en lo que andamos metidos.
Como utensilio práctico, necesario e imprescindible, podemos aplicar al Orinal aquellas palabras que José Ángel Valente decía del poeta:
«Un poeta debe ser más útil
que ningún ciudadano de su tribu».
Quiero decir con esto que el Orinal ha prestado más servicios a la humanidad que la espada, la hoz, el martillo, la tarja de contar las deudas o el mismísimo Número Pi. El Orinal ha sido el criado más fiel de la casa. No es de extrañar que lo llamaran «tío Bacín» a aquel paisano que llevaba una de aquellas hernias asomadas y reventonas, como si llevara de continuo un orinal debajo de la bragueta como parte esencial de su persona.
Supongamos ahora que está nevando a manta de Dios sobre la aldea. Los gallos ya han cantado la medianoche y al patriarca de la casa, que ha cenado sopas de ajo, le acomete a aquellas horas la apretura de la vejiga o de la próstata mismamente. Levantarse, sin luz, a tientas, es un peligro; salir del calor de la manta rajona, es coger una pulmonía; bajar a la cuadra donde rumian calmas las dos vacas, la Paloma y la Galana, es un desatino. Así que… ¡El Orinal! Que no hay que hacer más que meter la mano debajo de la cama y sacar el Orinal de Talavera que está allí más callado y devoto que un santo hermano lego. Y, ¡hala!: un chorro largo y sonoro como el arroyo claro que cruza el pueblo. Que se queda uno relajado como después de limpiar la era o echar «adelante» la corrida de las cabras.
Descargado de lo suyo, el patrón vuelve a dormirse como un bendito. ¡Buena prisa tiene él para ordeñar dos vacas, según está la noche de inverniza! Y sueña con sus tres hijos, uno a cada lado del mayor, como los tres brazos de un candelabro. Que ya se dan maña para poner trampas a las alimañas y guiñar a las rapazas. Su mujer, al lado, se hace la dormida, no sea que, después de tanto, se le despierte ahora la apetencia.
En fin, lo que decía el Ponciano:
«Duermas bien o duermas mal,
con el Orinal».
O lo del otro:
«Siesta que no siente mal,
con camisa y Orinal».
En las tertulias de la taberna, que según Covarrubias «si no bebo en la taberna, huélgome en ella», pues unos cantan y otros lloran y todos tienen «muy poca firmeza en los pies y gran modorra en la cabeza», el Sornas aseguraba que el cura del pueblo se metía en la cama rezando de esta manera:
«Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
con la Virgen María
y el Espíritu Santo.
Y, en esta vida mortal,
con el Santo del día
y el Orinal».
Y daba un puñetazo en la mesa para apuntalar su afirmación.
Si alguien cae enfermo en el pueblo, llega el médico, ata el caballo en la argolla de la pared y sube a la habitación del paciente.
—¿Cómo estamos, tío Anselmo?
—Ya ve usted… ¡Jodidamente!
—¿Meó usted anoche?
—Pues… tres o cuatro veces.
—¿Y esta vomitona?
—De allá contra la mañana.
El galeno, que ha había sacado el Orinal de debajo de la cama, mira las deposiciones, con los antiojos en la punta de la nariz; olisquea aquello y se queda pensativo… Y diagnostica: andancio, pulmonía, fiebres de malta, cólico miserere…, según los casos.
El contenido del Orinal había sustituido al termómetro, el microscopio, el fonendoscopio, los rayos X y demás instrumentos modernos.
¿Se percatan ya ustedes de que el Orinal es el útil más útil de todos los de su tribu?
En primavera y otoño llegaba el cacharrero detrás de su mulo negro, y salían las paisanas a comprar lo necesario: una cazuela, una sartén, media docena de platos… ¡Y el Orinal!, que había que tener uno debajo de cada cama. Y a regatear el precio, que es parte esencial de todo trato.
La tía Dominga ya tenía uno de porcelana en la mano, esmaltado en blanco con una cenefa azulona. Pero el caso era el precio: demasiado caro. Pero el cacharrero, como si nada. La tía Dominga, gastando el último cartucho, argumentaba: es que es algo pequeño, porque yo meo muy esparramao. Y el cacharrero, con los pulgares en el cinto, le espetó:
«Tía Dominga:
mee usted bien
o mee usted mal,
el Orinal le cuesta un rial».
En la hila, los mozos le cantaban al Abundio, al que le faltaba un hervor:
«Puede no tener calzones
ni botijo en el portal,
pero debajo la cama
que no falte el Orinal».
Ciertamente el Orinal es el pasado, como lo son las madreñas y las alpargatas de esparto. Pero estos útiles fueron la columna vertebral de nuestra biografía y nuestra historia.
¡Brindo, pues, por el Orinal que ha sido nuestro compañero de viaje!
Aquí termino, pues ya me están entrando ganas de mear.

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