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Le Big Mac

Título magistral

 

nacho abad
17/12/2017

Que qué tiempo lleva insistiendo el escritor Yago Ferreiro en que lea cierto libro cuyo título no te lo digo, no te lo digo. Seguro que coincide con la de veces que he declinado la invitación con la excusa de que no saco un rato para leer libros porque estoy muy ocupado leyendo libros. Pero Yago sigue. No a mí, en concreto. Al aire. Es un decir. Lo hace por ejemplo en un grupo de Whatsapp que se llama Lo del avión, y que está formado por mucha gente que no conozco aunque puede que tú sí, porque son columnistas, o poetas, o escritores, o músicos: a nuestras conversación le conviene testigos, que no lectores. Lector es quien te ríe los chistes, y esta gente ni abre los mensajes, como para echar la boca a reír. Pero estábamos hablando del libro que finalmente compro, pero del que no voy a decir nada porque no he leído del todo. Si fuera crítico literario, como Alberto Olmos, habría puesto una bandera en la página 25 y lo habría proclamado el mejor libro del año, que es exactamente lo que hizo, pero en 2016. Los lectores siempre llegamos tarde. O mejor, siempre llegamos después. Quizás fue en la página 45, ahora dudo.

Se titula Magistral (Jekyll & Jill editores, 2016), y lo firma Rubén Martín Giráldez. También es el mejor libro del 2017, digo yo, aunque esto no lo sabré hasta el año que viene, si lo he leído entero. Así que no corramos tanto. Hablemos primero del argumento, que es lo que más me está gustando: no hay. O si hay es el propio libro. Magistral trata de Magistral. Y los personajes, ¿adivinas?: «¿Habrá algo más pueril que necesitar un personaje a modo de pan para empujar la comida?» La opereta trata de repartir hostias en el mundo de las letras y hacerlas pasar por panes. Resulta fácil, porque somos dados a la metáfora. Literatura para escritores, que se dice. Ésa podría ser su frontera, su techado, si no hubiera tanta pornografía en estas páginas: «sospecho que los relatos que prescinden de una trama «de peripecias» y fían gran parte de su potencial al verbo se escriben hoy para los amigos, es decir, para quien no nos lee». Yo continúo leyendo sólo por ver cómo esta lágrima piroclástica que brota de libro y se abrasa a sí misma, me corre luego por las mejillas. No sé si es de risa o de tristeza, porque el lector también es quien te llora los chistes.