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el territorio del nómada |

Tragos de invierno

HACE MEDIO SIGLO, EL POETA LUIS JAVIER MORENO (1946) HIZO LA MILI EN EL FERRAL CON LA QUINTA DE ANTONIO COLINAS. VENÍA DE SALAMANCA, MIENTRAS ANTONIO SUBIÓ DESDE CÓRDOBA, DONDE DEJARON CUMPLIDOS SUS ESTUDIOS DE JUVENTUD. EL PRIMER FIN DE SEMANA DE DICIEMBRE LO ARREBATÓ UN CÁNCER DE PÁNCREAS, SIN TIEMPO PARA ASISTIR A LA EDICIÓN LEONESA DE ‘DIARIO DE ST LOUIS’. divergente

 

Moreno, poeta y traductor nacido en Segovia, fallecía el día 7 -

ERNESTO ESCAPA
20/12/2015

La está cuidando para Eolas su fraternal Tomás Sánchez Santiago. Recoge encuentros e impresiones de su estancia americana. Aquella experiencia, evocada de cerca, fue el alimento del primero de sus diarios: La puntada y el nudo (1993), escrito durante los dos semestres de 1985 y 1987 que pasó en Estados Unidos. Como Horacio, cuyas Odas tradujo para estrenar el siglo, Luis Javier Moreno «secretamente amaba los inviernos; / esos días de invierno fríos y claros / que no tienen enigma / en el intenso azul». Pero esta vez la muerte no tuvo clemencia y acabó con su desbordante y castigada bonhomía en la antesala del invierno, cuando «la luz exacta del frío devuelve su contorno a las cosas». Así que hemos perdido un cómplice sabio, generoso, irónico y jovial que lo mismo desvelaba en los diarios los trazos de sus ciudades predilectas que mostraba los pliegues melancólicos de una poesía raigal, a menudo vinculada con afectos.

Licenciado en Filología por Salamanca, Luis Javier Moreno había descubierto la seducción de la literatura en las aulas preadolescentes de Segovia, donde tuvo como profesor en el colegio Claret al poeta Jesús Tomé, transterrado a Puerto Rico en 1963. Los primeros libros de Luis Javier Moreno ven la luz en ediciones provinciales y muestran cierta sintonía ambiental con el quehacer de los novísimos, especialmente Guillermo Carnero. Una estética de la decadencia que se expresa en postales belle époque, siempre con atisbos hacia el otro lado del paraíso. Diecisiete poemas (El callejón del gato, 1978) y Época de inventario (Balneario, 1979; Amarú 1992)) recogen sus primeros versos. Ya en los ochenta, publica En contra y a favor (Ámbito literario, 1980), En-Tierra (Balneario, 1983), De cara a la pared y otros poemas (Segovia, 1984) y ya durante su estancia en Iowa, como participante en el Writing Program de aquella universidad americana, 324 poemas breves (Barrio de maravillas, 1986), una antología menguante de sus poemas de diez y menos versos escritos entre 1965 y 1985, que culmina el poema resumido en su punto final. En este tramo inicial de su obra es frecuente la reflexión metaliteraria sobre los fingidos andamiajes de la poesía, cuya inutilidad contrapone a la admirada funcionalidad de la expresión artesanal.

EN EL CUARTEL DE INVIERNO

Además del viaje americano, que completó con el provecho que Luis Javier Moreno sabía extraer de sus andanzas, fueran estas peregrinas o pautadas, la década de los ochenta lo encontró ya en su repliegue segoviano, donde no le faltaron tirones para sacudir la rutina, a veces estimulantes, como la aventura de la revista Encuentros que vieron la luz entre 1987 y 1994, a veces dramáticos, como el terrible golpe de la muerte de Aníbal Núñez el 13 de marzo de 1987, que lo deja aturdido y sin capacidad de reacción. La entrada del diario que encaja el mazazo va enhebrando los pasos de una relación a punto de cumplir ya entonces veinte años y que transita por el mutuo aprecio poético, por la pasión plástica compartida y por el recuerdo de la tutela postal ejercida en las circunstancias tenebrosas del paso respectivo por el centro de instrucción de reclutas del Ferral. Precisamente, Aníbal había sido una de sus propuestas para sucederle en el programa de Iowa, pero no fue atendida. Tampoco la de Ana Rossetti, descartada por una pelea previa de mujeres, coreana y francesa. Aquel semestre tuvo que renunciar Luis García Montero, por asuntos domésticos de la facultad granadina, y el viajero fue Santonja, compañero del poeta en el instituto de Segovia. Uno de los números de Encuentros dedicó su cuaderno central a homenajear a Aníbal Núñez. La revista estuvo durante sus siete años al cuidado de José Luis Puerto, Luis Javier Moreno y Gonzalo Santonja. Es la época de la aclamada ‘movida’ madrileña: «eco de unos cuantos cohetes, petardos quizá: ni perros ni longaniza». Estos años segovianos se tejen con pequeños viajes a las ciudades circundantes, cuya peripecia pasa al segundo volumen de sus diarios: En el cuartel de invierno (Maillot amarillo, 1997), con prólogo de Caballero Bonald, quien pondera la eficacia de su estilo y la habilidad adjetivadora que mueven la «crónica de sucesos particulares» de los diarios de Luis Javier Moreno, encadenando «reflexiones sobre los vínculos entre lo que pasa en la calle y lo que ocurre por dentro de quien lo cuenta». Otros tres diarios (Cuaderno de paso, 2000; Horas marinas, publicado en Cádiz en 2005, y Quinto diario, de 2009) completan esta vertiente más reflexiva de su obra; en la que saltan como sorpresas versos sueltos y poemas que revelan la condición de espléndido poeta de su autor. A mi juicio, lo más llamativo de los diarios de Luis Javier Moreno radica en su capacidad para contar museos y descifrar literariamente la estética de sus cuadros. Viajes, lecturas y paisajes envueltos con la seducción de su prosa. Aunque estamos a la espera de su diario póstumo, sería imperdonable olvidar que Luis Javier fue sobre todo poeta. Poemas escogidos (2005) y Segunda antología (2010) reúnen su obra de cuarenta años, en la que descuellan los poemarios Última argucia de la razón práctica (Premio Alberti, 1989), El final de la contemplación (Premio Gil de Biedma, 1992), Rápida plata (1992), y Figuras de la fábula (2012, Premio Antonio Machado).



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