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Los vigías del fuego

 

nacho abad
07/10/2018

Nos citamos al amanecer o cuando cae el sol, en la sección de congelados de un 24 horas de los suburbios. Nos reconocemos por las gafas de espejo, las botas de piel, las camisetas básicas, los pantalones vaqueros. Nadie dice su nombre, nadie sabe quién es el resto. Robamos mecheros, gasolina, periódicos viejos. Conocemos el olor de la policía, el ruido del motor de las ambulancias, el latido de los coches de bomberos. Sabemos de dónde viene el miedo. Los astros azules de la noche no están demasiado lejos. Hemos fletado naves espaciales, ataúdes para cruzar el océano, bicicletas doradas como el tesoro de nuestros sueños. Tomamos café de máquina. Anotamos números indescifrables en viejos cuadernos. A veces intercambiamos alguna palabra, pero normalmente las guardamos como si valieran dinero. Caminamos durante horas, durante días. Vemos cómo el otoño asusta al verano, pero teme al invierno. Ardemos como ramas finas y secas, como pájaros de sol. Nuestro pasado está hecho de literatura y no de memoria, nuestra literatura, de voz. Tenemos la risa salvaje de los hombres buenos, la mirada desbordada de algunas mujeres. Somos capaces de ver la ceniza que hay bajo el rostro de todos nuestros enemigos. Hemos aprendido a saltar de un tren en marcha, a suturar con hilo celeste nuestros fracasos, nuestros triunfos, nuestros silencios. Comemos mal, dormimos poco. Debemos a un usurero barriles de petróleo y gasoil. Vigilamos por turnos el fuego. Nos preguntamos para qué morir si no existe el infierno. Tenemos llaves que sólo sirven para cerrar el paso. Hay quien recurre al alcohol, quien lo hace a la cuchara y el papel de plata. Nosotros sólo bebemos el suero de los sueños. No hay abalorios ni oropeles. No hay bestias sagradas ni insectos. Amanece o se cae el sol en algún barrio de las afueras y parece que está desapareciendo el tiempo. Sólo quedamos nosotros echando ramas finas y secas, peces del sol al fuego. Los astros azules de la noche no están demasiado lejos. Nada es tan frágil como un sueño. Alguien fuma en un balcón. Luz de tabaco negro. Cierran los bares y los talleres. El camión de la basura ahuyenta a las ratas. Es hora de seguir. Toso y guardo un pañuelo ensangrentado en mi chaqueta. Luego, cuando lo saco, caen al suelo unos versos.

   
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