Diario de León | Domingo, 25 de junio de 2017

COSAS DE AQUÍ

La casa interminable del ‘Gaudí coyantino’

Santiago Nava lleva 26 años elevando en solitario el edificio Centinela, que algunos llaman ‘la casa de Batman’.

Su silueta compite con la del castillo medieval en el ‘skyline’ de Valencia de don Juan. Es la obra única, singular y para algunos delirante de un constructor local que comenzó en 1990 a elevar un edificio con base de ocho octógonos, paredes de tapial, miles de cantos rodados puestos a mano y con todas sus ventanas y habitaciones irregulares

E. GANCEDO | COYANZA 26/01/2016

«Todo esto ha salido de aquí, de aquí y de ningún otro sitio». Lo dice y lo repite Santiago Nava, y se toca la cabeza cubierta por una pelambre larga y fosca. «No me he fijado en ningún otro edificio ni en ningún otro sitio, no he copiado nada. Esta casa es diferente a todo lo que hayas podido ver antes», insiste. Y en eso tiene razón. Si el aspecto exterior del llamado edificio Centinela ya atrae, fascina, asombra o desconcierta al paseante, con su base de cantos rodados, sus torres, sus líneas quebradas y sus enormes veletas en forma de animales o santos —el gran águila, probablemente, es la causa de uno de sus motes en Coyanza, ‘la casa de Batman’—, el interior desafía cualquier intento de descripción exhaustiva, con cinco extensas viviendas cuyas formas, disposiciones y aberturas son todas irregulares y diferentes, en mezcla inaudita de materiales autóctonos (barro prensado, canto de río) e industriales (hormigón, forja, pizarra, mármoles), así como maderas de la más variada procedencia.

La insólita aventura del edificio Centinela comienza en 1987, cuando Santiago Nava, diestro albañil y constructor, heredero de una saga de artesanos del adobe y el tapial naturales del cercano Carbajal de Fuentes, compra una casa de estilo popular ubicada entre las calles Victoria y Barrio Nuevo. Tres años después (el 20 de septiembre de 1990, las fechas clave no se le escapan de la cabeza) inicia las obras de algo que va muchos pasos más allá del tiempo y el dinero —incontables e inconfesables las horas y capitales invertidos—, un «sueño personal» que algún día verá terminado. Eso lo tiene claro.

Nava, hombre de pocas palabras y prácticamente inmune a las opiniones que sobre su edificio tenga o deje de tener la vecindad, venía de dos años oficiando de legionario en Melilla («me había indultado el Rey. ¿Que qué había hecho?, pues tener la boca cerrada, no largar», cuenta a medias, enigmático). Luego desembarcó en el puerto de Málaga y de allí a Carbajal decidió venirse andando, un mes entero echó. Buen ejemplo de la resolución y de la tozudez del paisano. Y en Valencia decidió llevar a efecto el proyecto que le venía rondando la cabeza. Adquirió la citada casa, la tiró abajo, y afrontó la proeza.

El edificio Centinela tuvo sus planos con firma de arquitecto, y diseños y bocetos de los que se encargó el dibujante e interiorista Roberto Soriano, en un principio muy vinculado al proyecto aunque después rompieron toda relación. Lo cual no quita para que este hombre alabe sobremanera la singularidad del asunto: «Es algo original y, sobre todo, muy laborioso. Toda la planta mide 400 metros cuadrados, tiene pisos enormes, bajos comerciales... ya sólo la entrada es espectacular, con una cúpula de cantos rodados suspendida sobre el techo», cuenta Soriano.

Y lo confirma y enseña Santiago Nava en una ‘visita guiada’ que hace para el Diario y que comienza con una puerta monumental en la que «habrá un metro cúbico de madera». Después va la aérea cúpula, sostenida en el forjado, y dos curiosas estatuas a modo de guardianes que representan a los primeros artífices del Centinela, Nava y Soriano, el primero hecho de cantos y el segundo, todo de fragmentos de vidrio. Después viene una abrumadora panoplia de espacios amplios y siempre desiguales: no hay dos pisos idénticos, ni dos ventanales, aun los más pequeños («mira esa ventana, la podía haber hecho recta, normal, ¿no? Pues ahí la tienes, en diagonal. A mí me gusta lo complicado»). Terrazas voladas sobre la calle, piedras de una cantera propia, mármoles e incluso ágatas que él mismo corta, dispone y pule, como ha colocado toda la carpintería de los vanos («hay que estar muy loco para hacer esto», concede), y automatismos, curiosas ideas para entradas, armarios y sanitarios, juntas de dilatación en los suelos... La solidez del conjunto es, por otro lado, admirable —ni una grieta a pesar del tiempo transcurrido—, sobre todo gracias a unas gruesas paredes de barro prensado, paja y cal, de 45 centímetros en su parte más estrecha («la primera obra de la historia con cuatro alturas de tapial, asegura»), hasta alcanzar un gran loft superior y una surrealista cubierta de pizarra con buhardillas, pasarelas y chapiteles presididos por cuatro figuras de cobre: un águila, una cobra, un moro y San Miguel pisando al Diablo. «La base de la casa son ocho octógonos, la parte superior es el doble que la inferior, vierte a cien aguas y hay tejado sobre tejado, ¿dónde has visto tú eso?», reta Nava, cuya ‘criatura’ entró en conflicto con la normativa urbanística municipal en tiempos del alcalde Alberto Pérez Ruiz —tuvo que tirar un saliente—, pero no con el actual. Aparte de la inmensa complejidad de la obra y del hecho de sacarla adelante prácticamente sólo una persona en sus ratos libres (Nava ha hecho también viviendas convencionales, naves industriales y muchas cosas más) con algunas ayudas puntuales, el proyecto sufrió parones y percances como la caída de un hermano desde el tercer piso y el accidente que sufrió él mismo, 21 días en la UVI y casi dado por muerto.

Lo que queda, dice, «lo hace un tonto». Equipamientos y acabados. Lo ‘gordo’ está listo. ¿Y por qué haces esto, Santi?, se le pregunta. «A ver, tú, ¿a cuántas personas conoces que, al final de su vida, se sientan realizadas?», interroga a su vez. «No muchas, ¿verdad? Pues mira, yo quiero ser una de las que sí».