Diario de León | Sábado, 19 de agosto de 2017

Código de honor

LA LIEBRE. ÁLVARO CABALLERO 08/01/2017

Recuerdo aquel viento que barría la pista del aeródromo de La Virgen del Camino, el azul limpio de la última hora del atardecer que dejaba una cenefa anaranjada en el horizonte, el avión militar que abrió la trampilla de su enorme barriga con marcialidad, el silencio roto por la orden de firmes con la que se cuadraron los soldados de la Academia Básica del Aire al paso del féretro, las cinco figuras abrazadas que habían perdido un hijo, un hermano, un nieto, un novio. No era mi primer muerto. No ha sido el último. Desde entonces he tenido que cubrir noticias de varios otros: accidentes, crímenes, ahogados, fallecimientos naturales. Pero ninguno como Javier Gómez de la Mano: un muerto sin explicación.

Un muerto que no tenía que haberlo sido, como admite 13 años después el dictamen del Consejo de Estado, emitido en octubre y guardado con cálculo político hasta ahora para aumentar un poco más la infamia del caso. Ni él, ni los otros 61 compañeros que se precipitaron dentro del Yak 42. Ninguno tendría que haber volado en esos aviones ruinosos sobre los que habían advertido, esos cacharros contra los que se armaban los soldados con dos noches anteriores sin dormir para montar y no enterarse de nada hasta el aterrizaje en la base. Pero les abandonaron quienes habían ordenado alquilar los traslados aéreos con un presupuesto que perdía tantos por ciento por el camino. Los mismos que luego recogieron sus restos a toda prisa, barajearon los huesos y los facturaron en cajas para enterrarlos ajenos a la recompensa que les habían prometido cuando juraron la bandera: la patria, ni se lo agradeció, ni se lo premió. Para acallar las voces, el Gobierno se limitó a juzgar a los tres médicos militares que identificaron los cadáveres, aunque después los indultaron y ascendieron entre bambalinas. Por entonces ya, el Ejecutivo, con Rajoy ascendido a presidente, se despachó con la beca Erasmus al exministro Federico Trillo para que se fuera de embajador a Londres por los servicios prestados al PP en sus chanchulleos judiciales, mientras condenaba a las familias a la ignominia por exigir que se depurasen responsabilidades. No las ha habido. No las habrá. La única justicia es esta verdad a la que se han tenido que rendirse los miserables que no tienen código de honor, ni divisa que guardar. Esa es la razón para la muerte de 62 soldados. Ahora me explico por qué murió Javier Gómez de la Mano.