Diario de León | Martes, 24 de octubre de 2017

del campo al museo etnográfico

Las 1.300 utopías de los palomares leoneses

Irma Basarte realiza el inventario más completo y actual de las ‘casas rurales’ de las palomas y hace un llamamiento a su conservación y protección para salvar un patrimonio de origen ancestral muy arraigado en la provincia de León .

21/05/2017

ana gaitero | león

Lo que empezó como una nota utópica en su blog se ha convertido en el inventario más completo de palomares leoneses. Una obra con la que ha pateado León en los últimos siete años y que, a falta de un 10% de trabajo de campo, ha anotado la existencia, en pie o a punto de la ruina, de 1.300 ejemplares a lo largo y ancho del territorio provincial.

Es la primera fase de un ambicioso trabajo que incluye «grabar a los paisanos», recoger los testimonios de los propietarios más antiguos para conservar la memoria de lo que significaron estas ancestrales construcciones en las economías agrarias locales. Falta el tiempo y los recursos porque todo lo que ha hecho Irma Basarte Diez, fundadora de la Asociación de Amigos de los Palomares de León, ha salido de su tiempo libre y de su esfuerzo personal. «Nadie me ha subvencionado nada, pero no tengo problema», aclara.

Los palomares salieron de ‘La utopía del día a día’, nombre de su publicación en Internet, para convertirse en utopías esparcidas por toda la provincia. La publicación de Santiago Díez Anta, un ingeniero agrónomo que se interesó como nadie en León por los palomares, fue su guía inicial. «Jesús Celis, del ILC, fue quien me habló de don Santiago».

«Al pasar junto a estas joyas de la arquitectura popular leonesa, obsérvenlos con atención porque tal vez estén contemplando los últimos palomares de esta provincia», escribió el ingeniero hace casi tres décadas. «Falta un estudio y catalogación de los palomares», alertó. Anta realizó un inventario básico por pueblos y comarcas, del que se desprende que había entre 1.400 y 1.500 palomares en casi 300 pueblos de la provincia localizados sobre todo al sur de la capital y en las comarcas de Astorga, La Bañeza, La Cabrera y el Bierzo.

No obstante, también localizó ejemplares curiosos en Omaña, como el palomar de Bonella. Este es uno de los favoritos de quien sigue sus pasos 35 años después. «Es el pueblo de mi madre», señala Irma Basarte Diez, la utópica que se ha convertido en la defensora de los palomares leoneses, arropada en su momento por la etnógrafa Concha Casado Lobato (León. 1920-2016), que aceptó ser presidenta de honor de la asociación.

«Concha Casado además de ser defensora de la arquitectura popular, impulsó la restauración de los palomares de Cabrera», añade, a través de la Asociación de Amigos de La Cabrera. Los palomares cabreireses son de los más pequeños de la provincia y además de su forma circular destacan por su adaptación a la topografía, al estar construidos sobre laderas. Destacan sus tejadillos de pizarra negros sobre las construcciones pintadas de blanco.

Por el trabajo de Basarte se sabe que el palomar más antiguo de la provincia, que esté fechado, es el del monasterio de Carracedo, fechado en 1769. O que el más alto está en Mansilla de las Mulas y destaca por su torre de diez metros. Y que el más grande es uno que aún se conserva en Villacelama, con un cuerda o perímetro de 55,8 metros.

La mayor parte son de barro, hechos de tapial y adobe, pero también los hay de piedra y alguno hay que es de ladrillo. En cuanto a las formas, las hay muy variadas: circulares con o sin patio, rectangulares con o sin patio, cuadrados y poligonales, como el octogonal de Reliegos.

Muchos están coronados por troneras o sus tejados aparecen decorados con pináculos, cenefas o filigranas, o bien presentan formas que recuerdan a las construcciones orientales, como las pagodas chinas. Se cree que estos detalles son influencias del gusto por lo oriental que se propagó en España durante el siglo XIX.

La existencia de los palomares en León data, como mínimo, de época romana pues puede que ya los astures practicaran la cría de palomas. En este sentido Díez Anta, señala que Plinio a su paso por estas tierras del noroeste peninsular se sorprendió por la «existencia de torres y atalayas de barro de gran antigüedad» que bien pudieran ser palomares.

Los palomares llegaron a tener tal importancia, pero a la vez eran tan vulnerables al saqueo, que el rey Enrique IV concedió una ley para protegerlos en las Cortes de Castilla y León celebradas en Salamanca en 1465.Eran propiedad de los más pudientes.

La cría del pichón, que tuvo un valor gastronómico en España hasta finales del siglo XX, no era el único recurso que se obtenía del palomar. Además, estaban la palomina, que se usaba como abono para las tierras, y el plumón, que también tenía salida como relleno de almohadas, entre otras cosas. Riqueza inmaterial son los topónimos, vocablos y descripciones asociados a estas construcciones.

La despoblación, las concentraciones parcelarias y el cambio de los usos agrarios (las cosechadoras se llevan todo lo que antes era aprovechado en las tierras para las palomas y el uso de fertilizantes) además de la amenaza de las escopetas que ya denunció Santiago Díez Anta, han dejado los palomares sin sus milenarias habitantes y las construcciones, que requieren cuidados constantes, al albur de las inclemencias y del paso del tiempo. Para conservar este patrimonio Irma Basarte ve necesario que las ayudas del Instituto Leonés de Cultura para la conservación del patrimonio se abran a particulares porque, tal y como están, «sólo pueden optar a ellas juntas vecinales o ayuntamientos y los palomares en el 99% de los casos son de propiedad particular», precisa.

Sólo el palomar de Carracedo, recientemente restaurado con una donación de 24.000 euros de un matrimonio holandés a la Asociación de Amigos de los Palomares, y el del monasterio de Sandoval, cedido por 25 años a la junta vecinal de Villaverde de Sandoval, en el municipio de Mansilla Mayor, «pueden optar a estas ayudas con la normativa actual», precisa.

Así se lo espetó al presidente de la Diputación, Juan Martínez Majo, al inaugurar la exposición Palomares de León. Utopía en camino compuesta de fotografías, maquetas, unos nidales de adobe trasladados ad hoc y la reproducción del interior de un palomar, a modo de laberinto, que acoge el Museo Etnográfico Provincial hasta el 27 de junio.

Irma Basarte decidió invertir en estas fotografías los 1.500 euros del premio Palacio de Canedo a la restauración del patrimonio del Bierzo por la recuperación del palomar de Carracedo, que concedió a la asociación la Fundación Prada a Tope el año pasado. El palomar, que estaba en el limbo en cuanto a propiedad, ha pasado a ser patrimonio municipal. Ahora el Ayuntamiento de Carracedelo se ha comprometido a conservarlo y a que esté habitado por palomas.

Utopía tras utopía, ahora su reto es que cada uno de los 1.300 palomares que se conservan en León, algunos en franca ruina, sean restaurados y vuelvan a ser repoblados por parejas de palomas. «Dicen que la carne de pichón es exquisita y si los restaurantes se involucraran podría ser un revulsivo para volver a repoblar palomares. En Palencia ya hay restaurantes con el pichón como plato estrella», afirma.

Ella y su pareja, Miguel Pastrana Bermejo, pieza clave en la asociación y en el proyecto, también han querido poner su granito de arena a la conservación de los palomares. «Compramos uno en Santas Martas, lo restauramos y tenemos algunas parejas de palomas. Estamos muy orgullosos», comenta.

«Su exclusión del actual sistema de producción y mercado ha dado como resultado un generalizado deterioro de su estado de conservación, por lo que esta seña del paisaje se está viendo abocada a su desaparición de no ser por las utopías», comenta José Ramón Ortiz, director del Museo Etnográfico Provincial.

La exposición pretende sensibilizar a la población y exigir a los poderes sociales su conservación y restauración como «seña de identidad cultural y paisajística popular, de elementos no sólo de valor funcional sino patrimonial, histórico y cultural como son los palomares tradicionales de León», señala Ortiz.

A la exposición no le falta un toque lúdico, con el laberinto de nidales, y un guiño al palomar que fue la famosa ‘Mezquita de Ben-i-Mea’ en el corazón de León.