Diario de León | Jueves, 21 de septiembre de 2017

más que un colegio

Los cien años de las monjas de Benavides

Miles de chicas y chicos de la comarca aprendieron las primeras letras y hasta el Bachillerato o un oficio en el colegio que fundaron hace un siglo las Franciscanas Terciarias y que para muchos fue también hogar.

13/08/2017

ana gaitero | benavides

Llegaron en tren a Veguellina muy temprano, puesto que a las ocho de la mañana ya estaban en Benavides. Fue poco antes de que se tendiera una línea de teléfono entre ambas villas del Órbigo. Arribaban a un tiempo el progreso y unas religiosas que, entre sus hábitos, traían la prometedora educación. Eran y son las Religiosas Terciarias Franciscanas.

El 17 de enero se cumplieron cien años de la apertura del colegio de San Antonio, que a partir de 1973 pasó a llamarse de la Divina Pastora, de Benavides de Órbigo. Miles de personas, sobre todo niñas, desde la montaña hasta la Cepeda, se educaron en sus aulas e internado hasta que en 2008 cesó la actividad educativa al cerrar la guardería, la última misión pedagógica de las monjas.

Ahora son una «comunidad de sabiduría». El largo pasillo del colegio está vacío aunque parece guardar el recuerdo de tanta niñez crecida bajo sus luces. La casa se ha convertido en residencia de las religiosas que llegan, ya jubiladas, desde todos los puntos cardinales. «Nunca hubo tantas madres», comenta la superiora, Pilar Martínez Carrizo.

Mañana abrirá de nuevo sus puertas para inaugurar una exposición con más de 300 imágenes para el recuerdo —el fotógrafo Rafael Palacio ha recopilado y escaneado más de 700— y la recreación de un aula con piezas que muestran la evolución de los diferentes hábitos de las monjas y uniformes de las niñas.

El día que llegaron las monjas Benavides se vistió de gala. Salieron a recibirlas, cuenta una crónica de El Faro Astorgano, «las distinguidas fundadoras, señoras doña Concha Ballesteros, doña Felicitas Sirera, doña Ana María Sánchez y doña Luisa Fernández». Se habían comprometido con el obispo a sostener el colegio durante cinco años con una subvención de 2.000 pesetas anuales. Cien años después lo celebran con una fiesta, el 20 de agosto, en la que se reunirán antiguas alumnas y alumnos, religiosas, profesorado y todas las personas que de una manera u otra estuvieron vinculadas a la Divina Pastora de Benavides.

A punto estuvieron de no celebrarse los cien años. Ni diez. La superiora general, madre María Sierra, retiró a la comunidad de Benavides en 1919 «dado que el local, la primera casa, era insuficiente y falto de condiciones higiénicas», según consta en el archivo.

La continuidad fue posible gracias a una junta que formaron las fuerzas vivas (capellán, el médico, juez y un comerciante), de manera que el 20 de marzo se colocó la primera piedra en el solar cedido gratuitamente por el médico Gerardo Barrios y se empezó a edificar el edificio nuevo con los planos, también sin coste, que hizo el ingeniero militar Juan Noroña Echevarría. El 25 de septiembre de 1921 se inauguró el nuevo colegio, que sigue su vida de «manera normal» hasta que en 1939 el Ministerio de Educación la declara escuela subvencionada y se construyen nuevas aulas para hacer frente «a las necesidades que van surgiendo». Así fue hasta 1953, aunque también era de pago.

La población escolar iba en aumento con la llegada del baby boom. En 1957 sale la primera promoción de Bachillerato, que aún tendría que examinarse en el instituto de León para obtener el título y, en 1969, en vistas de que el edificio «amenaza ruina» la madre superiora Carmen Gutiérrez empieza a buscar permisos, presupuesto y dinero para hacer un colegio nuevo que se hace en tiempo récord y se inaugura en 1970.

El cierre de las escuelas de segunda enseñanza en los pueblos propicia la creación de la escuela hogar, que funcionaría desde 1975 durante 28 años. En 2003, el Ministerio se llevó el grupo de niños y niñas que quedaban. La Divina Pastora se quedó solo con la guardería, única necesidad que no se cubría oficialmente. Hasta que en 2008 se hace cargo del servicio el Ayuntamiento de la villa.

La fundación de Benavides fue un proyecto personal del obispo de Astorga, Antonio Senso, motivo por el cual fue bautizado con el santo de su onomástica. Ya existía un colegio en Villafranca del Bierzo y se abriría otro en Valderas. En 1957, hace sesenta años, se abriría el de la capital en el barrio de El Crucero. Las discípulas de María Ana Mogas ampliaban la labor educativa y a la adaptaban, como otras órdenes religiosas, a los cambios sociales.

Las de Benavides llegaron a impartir enseñanzas de Formación Profesional, cuando se establecieron estos estudios. Fueron centro oficial de las ramas de Administración y Moda y Confección desde 1975. Todavía se recuerdan los desfiles de modelos que se organizaban en el salón de actos del colegio —el único espacio que permanece igual que cuando se inauguró el nuevo centro— para dar a conocer el trabajo de las alumnas.

Se cumplen cien años y en Benavides hay familias enteras en las que se cuentan cuatro generaciones de alumnas y alumnos. Es el caso de la familia Salvadores. Fueron al colegio la abuela Marcelina, sus hijas Carmen y Candelas y también su hijo menor Toribio. Cuenta Carmina que nació en 1941 y en 1943 ingresó en el colegio, con tres años. «Mi madre tenía que ir al campo», señala. Después fueron al mismo colegio los hijos de Candela y, por último, su nieto mayor, Hugo, uno de los alumnos del último curso que funcionó como guardería.

También salieron muchas vocaciones de Benavides en estos cien años. A los nueve años, Carmen ya quería ser monja. «Mi madre me dijo que esperara a después de la siega, que era muy pequeña», recuerda. La hora llegó cuando cumplió los 17 años. «Quería hacerme hospitalaria, pero mi madre me aconsejó que ya que había estudiado en el colegio no estaría bien ir con las otras monjas», añade.

Así fue como se convirtió en Franciscana Terciaria. Han pasado más de 50 años desde que vistió los hábitos por primera vez, aunque ahora ya no los usa. A los 74 años sigue trabajando en Cangas de Onís, en una residencia de ancianos atendida por la orden. Después de profesar los votos obtuvo la titulación de auxiliar de clínica en el Politécnico de León.

Su hermana Candelas, ocho años menor, recuerda los tiempos del colegio como una breve etapa de su vida. No tuvo ocasión de estudiar mucho, pero lo que aprendió lo recuerda bien y no se les escapan ni las más mínimas erratas o faltas de ortografía del periódico. Su oficio fueron las tierras y sostener un hogar con cuatro hombres, tres hijos y el marido.

Angelita Alija Carbajo, antigua alumna y también profesora en la etapa de la Formación Profesional, ha escarbado en los archivos y recogido los hitos más importantes del colegio. Su mano también está en la comisión organizadora de los actos del centenario. Guarda un recuerdo muy especial de sor Emilia, la madre que estaba encargada de la biblioteca en su etapa de estudiante. «Me recomendó leer algún libro como La dama de las camelias, de Alejandro Dumas», comenta. La alta exigencia que había en las aulas se traducía, apostilla, «en los buenos resultados que teníamos en los exámenes de Bachillerato. No suspendía ninguna», apostilla.

Severino Fuertes Pérez, concejal de Cultura de Benavides, resalta que el colegio «tuvo su función en cada época, cuando no había preescolar en la enseñanza pública lo asumieron ellas», comenta. Así era a principios de los años 90, en la época en la que estuvieron sus hijos.

El colegio «supuso una mejoría importante para Benavides» porque «educar siempre trae progreso», sentencia. Forma parte de la vida de muchas personas. Y de algunas de manera muy especial. Es el caso de Candelas Yugueros Gutiérrez, de Camposagrado. Con cinco años recién cumplidos y casi sin haber soltado el chupete corría por el pasillo hoy vacío. La admitieron el mismo curso que entró su hermana, un poco mayor.

A los siete años se quedó huérfana de madre y a los nueve de padre. Así que a partir de entonces iba al pueblo muy poco. Hacía la vida en el colegio. Salió con catorce años diciendo que no volvería a Benavides y ahora es una vecina más. Para su propia sorpresa se casó con un compañero de clase, el hermano de su mejor amiga.

Candi, como la llama todo el mundo, es voluntaria en la comunidad. Colabora con las actividades de ocio y manualidades que dirigen las hermanas. «Candi representa el proyecto de la madre María Ana Mogas», opina Angelita Alija. «Cuando estaba en la escuela hogar yo iba al colegio del pueblo, pero la educación y los valores como persona los adquirí aquí: aprendí a bordar, a comportarme en el comedor, a hablar en público», señala Candelas.

Ahora es un eslabón de cariño con las monjas más mayores, la «comunidad de sabiduría» que habita en la primera planta, en las antiguas habitaciones del internado. Mujeres que han ejercido la enseñanza en Córdoba, León, Santander... misioneras, como la madre Pilar Llamazares que se fue a Buenos Aires y enfermeras veteranas como Manuela Guerra, de Benavides, que regresó a su pueblo natal después de pasar por Pamplona, Lérida, Madrid y estrenar la primera residencia de la Seguridad Social de España, la de Teruel, centro hospitalario en el que trabajó durante 35 años. Es la única que viste el hábito: «Por comodidad», dice.

También está la madre Alicia, recordada maestra del colegio, y la cocinera, madre Fátima, que vino desde Villafranca del Bierzo y cocinó durante 22 años para las chicas y las monjas de Benavides. Las que tienen buena salud son animadoras de las más dependientes y también realizan labor pastoral en el pueblo, visitando a enfermos. Las monjas de Benavides cumplen cien años y «la antorcha sigue viva».