Diario de León | Martes, 12 de diciembre de 2017

La bronca real

al día Manuel Alcántara 06/10/2017

La llamada del rey Felipe VI a restaurar el orden constitucional la hemos oído todos, pero sólo la han escuchado algunos.

Su Majestad no se ha limitado a hablar más claro, sino más alto, y acusa a la Generalitat de llevar la insurrección a las calles.

Es el mundo al revés porque son los independentistas los que hostigan a los guardias civiles y a los que acudieron en su socorro.

Su Majestad emplaza a los dudosos poderes del Estado a asegurar el orden constitucional. Hay que tomar «medidas excepcionales», pero nadie se atreve a nombrarlas porque todos sabemos cuáles son.

La Generalitat ha trasladado la insurrección a las calles de la ciudad de Barcelona y de Cataluña entera, aunque esté parcelada. Felipe VI, en una declaración dirigida a todos los españoles, incluso a los que no quieren serlo, ha acusado a los golpistas de la Generalitat y ha emplazado al Estado a restaurar el orden constitucional derruido.

Su intervención se produjo después de que los separatistas lanzaran una huelga general.

Creen que dejar de trabajar puede ser una solución para evitar trabajos mayores y en Cataluña, «fracturada y enfrentada», según las palabras de Felipe VI, que son palabra de rey y la televisión en el horario de máxima audiencia, las cosas han ido realmente de peor en mal.

La Guardia Civil y la Policía Nacional tienen que alojarse en las comisarías mientras ven quemar la bandera de España en los ayuntamientos. ¿De qué poderes del Estado habla? El asedio callejero al Estado español está en la calle.

El final del verano nos ha traído 30.000 parados más y ha muerto Victorino mientras el toro de Iberia se desmanda. El momento tan temido ha llegado y los culpables están siendo identificados, pero la culpa es colectiva porque lo que más miedo nos produce es nuestra propia cobardía. Hemos oído al rey, pero no le hemos escuchado porque tenemos puestas las orejas en Cataluña y en todo lo que acontece cada jornada en sus calles y en sus despachos.

La asonada puede ser realmente ruidosa. Hemos hecho todo lo posible para conseguir no entendernos en absoluto.