Diario de León | Miércoles, 18 de octubre de 2017

La ciudad de las mezquitas

Nunca se acabará de descubrir Estambul, ciudad de pasiones y sentimientos. Llámese como se llame —Bizancio, Constantinopla, Estambul— es singular y emblemática, posiblemente única en el mundo. Alminares recortando el cielo poblado de cúpulas, olores llenos de nuevas sugerencias, la anarquía del tráfico, gentes que llenan calles, plazas y jardines, mares dispersos pero siempre presentes en la vida diaria, mezcla de culturas, situación privilegiada, geográfica y estratégicamente, base, sin duda, de su innegable protagonismo histórico.

ALFONSO GARCÍA 06/10/2017

Ciudad inabarcable, nunca se acaba de ver porque la sorpresa aparece y nos deslumbra en cualquier momento. Es difícil, por no decir imposible, por ejemplo, saber cuántas mezquitas hay. Me hablan, como mínimo, de trescientas. «Al menos una por cada calle», dice un anciano en ladino. Su acompañante corrige: «Más de quinientas». No lo sé. No tenga el viajero la más mínima tentación de contarlas, sino de disfrutar de su espíritu. Las mezquitas, para todos los gustos, son el símbolo inequívoco de la capital turca.

— Entonces, ¿por dónde empiezo? —me pregunta un amigo que viaja próximamente a la ciudad.

Le hago las recomendaciones básicas que me hicieron la primera vez que llegué.

Hay dos puentes, Atarürk y el de Gálata, sobre el Cuerno de Oro, el canal marítimo que une las dos partes europeas, de aproximadamente siete kilómetros de largo, que se convierte en uno de los lugares más interesantes de Estambul. No hay ninguna dificultad para llegar. Antes de atravesarlo —el de Gálata sirve mejor a nuestras intenciones—, observará cómo en esta orilla se desarrolla una intensa y espontánea actividad. Llama la atención, en principio, por lo inusual para nosotros, incluida la curiosa oferta gastronómica. De usted depende probarla, sin olvidar que la cocina turca tiene fama mundial: el sish kebab o carne de cordero, la dolma o entremeses con hojas de parras, los pilav o arroces cocidos con especias, piñones y pasas, ensaladas de berenjenas, pescados, yogur, té y raki…

Un último apunte antes de cruzar. Muy cerquita, la Mezquita Nueva (Yeni Camii), la última imperial de la época clásica otomana, una inmensa mole con notables y llamativas cúpulas. No puede dejar de visitarla. Al lado mismo, el Bazar Egipcio o Bazar de las Especias, donde, a pesar del nombre, se vende un poco de todo.

Cruzamos el puente buscando la inconfundible Torre de Gálata: una mole de mampostería de unos setenta metros de altura, de planta circular coronada en forma de cono. La contemplación de la ciudad desde su mirador, en todas las direcciones, es una referencia inmejorable para situarnos. Mapa en mano, anote. Al frente, el Cuerno de Oro. Alargando la vista tropezará con la Punta del Serrallo, en cuyo entorno, conformado por los distritos de Sultanahmet y Beyazit, se asienta la ciudad antigua, en la que se concentra la mayoría de los monumentos históricos. La esencia, imprescindible, aunque nunca se deban poner límites aquí. A su izquierda, el Bósforo, que une, o separa, Europa y Asia. Un recorrido en ferry por este mar permite contemplar la belleza del conjunto, con sus lujosos palacios y algunas yali, esas casas típicas que parecen emerger de las aguas. En su libro ‘Estambul otomano’ L. Goytisolo reivindica esta sociedad, sin cuya volubilidad cultural y artística sería imposible entender la literatura y arte occidentales. A servidor le impresionó igualmente la navegación por el Cuerno de Oro: además del señalamiento del barrio de Fener y de la iglesia de San Salvador (Kariye Camii) —fue otra de las visitas posteriores—, era impresionante la vista de los alminares recortando los horizontes de la ciudad y las voces rasgadas de los muecines pareciendo competir a la hora de convocar a la oración. Es un espectáculo inenarrable que sirve de consuelo al espíritu, que se serena sabiendo que la palabra y los mares ponen luz universal a las inquietudes humanas. Si se añade en un característico atardecer de cielo rojizo, nada más que decir.

Estambul es un paraíso para las compras. Comprobará que las opciones son infinitas. Actúe con paciencia. Pero ya que estamos en los alrededores de la Torre de Gálata, hay que recordar que es una buena zona para adquirir instrumentos musicales tradicionales turcos. Eso sí, no olvide que son auténticos maestros del regateo.

Lo propuesto hasta ahora llevaría, aunque apretados, dos días. Otros tantos, mínimo, lo que llega a continuación del referido centro histórico. Una semana permite formarse una idea de la ciudad, teniendo en cuenta que el callejeo es fundamental, y más por las calles apartadas, las más auténticas. Nada de extraño sería encontrarse, por ejemplo, con el Nobel de Literatura Orhan Pamuk. En el barrio Cihangir está el Museo de la Inocencia, basado en su novela homónima.

Estamos en el centro esencial. Le anticipo la existencia de varios museos notables: Artes Turcas e Islámicas, Tapices y Kilims, Mosaicos, del Antiguo Oriente y la Antigüedad… Visto lo que queda del Hipódromo, encaminamos hacia Santa Sofía, o iglesia de la Sagrada Sabiduría, ‘la maravilla entre las maravillas’: enormes cúpulas, voluminosos y pesados contrafuertes, cuatro elegantes alminares. El interior, tenuemente iluminado, de gran superficie, con nave central y dos laterales. Observe siempre las mezquitas, vivas, sus mosaicos, la decoración y el ambiente, con el ritual de las abluciones para estar purificados ante Alá. Le sorprenderá igualmente, enfrente, la Mezquita Azul, con este color dominante, sin duda para mí la más hermosa, equilibrada y armónica, cuyas dimensiones y silueta invitan al conocimiento. La de Santa Irene es un espacio dedicado a conciertos. Asistir a uno es una experiencia inolvidable. Como lo es la Mezquita de Solimán el Magnífico, el monumento más visible de la ciudad, el más grande y para algunos el más hermoso, en el que suelen subrayar sus refinados alminares.

Cambiamos de tercio. Mirando hacia el Bósforo, con hermosas vistas, el Palacio Topkapi, que lo fuera de los sultanes otomanos, hoy magnífico museo, con el tesoro del imperio y colecciones de porcelanas, platería, armas… Singularice la sección de la capa del profeta, las reliquias, el puñal Topkapi, el diamante de Cucharero o el trono indio. Y el harén, cuyas historias no tendrían fin. Pregunte por la sultana Kösem. No olvide, en otro punto ya, la Cisterna subterránea (Yerebatan Sarnici), mucho más que una simple cisterna para suministrar agua. Hablando de aguas, no debería abandonar la ciudad sin un baño turco (hamam), sorprendente y relajante (le anoto, de pasada, la recomendación del baile de los derviches). Hay quienes se relajan más de compras en el Gran Bazar, un laberíntico e intrigante mundo de calles, callejuelas y rincones, cubierto de cúpulas, con infinidad de tiendas. Doscientos mil metros cuadrados. Uno de los centros comerciales más grandes y antiguos del mundo. Ni se puede uno imaginar cuanto allí puede comprarse. O venderse. Sea cauto y educado, pero sin dejar embaucarse.

Prepare el viaje incidiendo en sus gustos y preferencias, innumerables, sin olvidar que la intensidad es en Estambul la mejor consejera. Simple consejo es esta recomendación lectora: Estambul. Paseos, miradas, resuellos, de Javier González-Cotta.

En fin. Pura pasión turca.