Diario de León | Sábado, 27 de mayo de 2017

CONTRACORRIENTE

Héroes

MIGUEL PAZ CABANAS MIGUEL PAZ CABANAS 28/08/2008

COMO SE HA demostrado hasta la saciedad en estos juegos olímpicos, los héroes actuales no son personas que pongan en duda los estereotipos y los prejuicios del mundo en el que viven, alentando a sus congéneres a cambiarlo, sino tipos más o menos musculados que, después de pasarse meses levantando pesas e ingiriendo cantidades monstruosas de calorías, se embuten en trajes ultramodernos o hacen correr a su rival de un lado a otro de una pista simétrica. Se suben al podio mordiendo medallas o chupándose el dedo y en sus declaraciones a la prensa recuerdan con animadversión a algún maestro de su niñez, o balbucean tres o cuatro monosílabos que suenan sospechosamente iguales. No es que a estas alturas les vayamos a pedir que lean a Kafka, pero lo cierto es que, aunque sólo fuese por variar un poco, estaría bien que alguno de estos protagonistas hercúleos soltase una frase original, una velada crítica a la dictadura china, por ejemplo, o puestos a ser más audaces, a su propio país, o a la bochornosa situación en la que viven la inmensa mayoría de los parias de este planeta. Aprovechar su inalcanzable poder mediático para sacar los colores a quienes son capaces de organizar saraos tremebundos, pero no de erradicar la pobreza o la injusticia, y de paso aclarar que todo esto de los récords mundiales, por décimas y centésimas, es una gigantesca tomadura de pelo. Pero naturalmente todo esto es hablar por hablar. Como telón de fondo de la mascarada olímpica, con familias reales y cronistas deportivos salivando de placer, el patético broche final lo puso una antigua y también heroica estrella del rock -quién nos lo iba a decir: algunos deben estar enterrando sus vinilos de Led Zeppelin-, y cómo no, la inefable y universal figura de David Beckham, pegando un puntapié a un balón que luego se peleaban por atrapar un puñado de chinos. No sé a ustedes, pero a mí ese balón me recordó metafóricamente a aquel otro con el que Chaplin, vestido de Hitler, jugaba a ser el amo del mundo en su despacho de Berlí n.